Confesión general

—¡Ave María Purísima!
—Sin pecado concebida.
—Padre, me acuso de haber pecado gravemente, de pensamiento, palabra y obra; de ser un poco holgazán y bastante gruñón; de criticar a algunos políticos que no me gustan; y de no vivir, con el fervor debido, la virtud de la caridad.

—¿Hay más, hijo mío?
—Sí padre, mucho más.
—Pues continúa; no dejes que el maligno cierre tu boca por miedo o por vergüenza. Descarga tu conciencia para que puedas dormir plácidamente y soñar que las puertas del Paraíso se abren ante ti y los ángeles vuelan, a tu alrededor, cantando los más bellos salmos.
—Es que me da mucho corte y no sé cómo empezar.
—Ten fortaleza, hijo. Posiblemente tus pecados los he oído mil veces y nada de lo que digas será nuevo para mí.
—No lo creo, padre. Seguramente se asombrará de lo que va a oír, perderé su estima y no sé si podrá concederme la absolución.
—Me preocupas. ¿Quieres que te vaya preguntando para hacer más fácil la confesión?
—Sí, padre; lo prefiero.
—Vamos a ver. Esos pecados que tanto te avergüenzan ¿los has cometido sólo o en compañía?
—Unas veces sólo y otras acompañado.
—Y…, ¿desde cuándo los vienes cometiendo?
—Desde hace unos siete años.
—Mal asunto, hijo. Mal asunto. ¿Cuántas veces?
—Pues al principio una vez a la semana; pero cuando le cogí el gusto, no podía parar. Necesitaba hacerlo mañana y tarde; y hasta hace poco, tres o cuatro veces al día.
—¿Y, durante este tiempo, no podías dominarte, decir basta y arrepentirte de todo corazón?
—Imposible, padre. Era más fuerte que yo. La pasión me quemaba.
—Lo que dices es terrible. No sólo has ido matando tu alma, poco a poco, sino que podrías haberte quedado ciego, tísico, paralítico o haber sido víctima de un soponcio o de un patatús.
—Soy muy consciente de lo que dice, padre.
—Lo importante es que has vuelto al redil y estás arrepentido de todo corazón. ¿Verdad?
—Pues el caso es que no estoy muy seguro. Quiero que vuestra paternidad me aconseje qué debo hacer, después de oír las circunstancias que me llevaron por la senda del yerro y del extravío.
—Así lo haré, hijo mío. Pero dime: ¿quién fue el “zorrón” que te apartó de la gracia divina y a punto estuvo de arruinar tu vida?
—Fue más de uno, padre. Esos “zorrones” a los que se refiere fueron mis antiguos compañeros de colegio y, sobre todo, de la página web. ¡La puñetera página web!
—Perdona hijo. Me he dejado llevar por la costumbre. Olvida lo que he dicho.
—Está olvidado, padre. Admito que he sido irónico, individualista, cínico, orgulloso, presumido e irascible. ¿Qué le parece? Pero, a pesar de todo, no he perdido la fe; y, al final, espero, como don Juan, «un punto de contrición que me dé la salvación».
—¿Y cuál era la causa que te llevaba a poner tanto coraje y tanto empeño, tratándose tan sólo de escribir en una página web?
—Pues porque, para mí, escribir es una vocación parecida a la de ustedes. Los curas se empeñan en salvar a la gente, aunque sea en contra de su voluntad; y yo hacía lo mismo, pero escribiendo. ¿Lo entiende, padre? Ustedes predican para ganarse el cielo y vivir felices eternamente; y a mí me movía la ambición de conseguir que mis antiguos compañeros vinieran a formar parte de la Asociación, para hacerla cada día más divertida e importante.
—En esto no advierto materia grave. Prosigue.
—Pues ya verá como sí hay. Al principio, escribía unas historietas de la Safa que le gustaban a todo el mundo; pero, luego, empecé a meterme con los políticos, aunque sin mala intención. A mí, en el fondo, los políticos no me caen mal; pero me gustaría que se preocuparan más de la gente y fueran más honestos, más sencillos y más humildes.
—¡El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado! No lo olvides.
—No lo olvido; pero cuando lo decía, siempre había alguien que se cabreaba y se metía conmigo. Entonces, me aficioné a dar vida a las fantasías de mi imaginación. Hacía como San Francisco, que amaba a los pájaros y al sol, y los llamaba hermanos. Fíjese padre, que llamé mirlo a un compañero, con el que tenía excelentes relaciones y, desde entonces, no ha vuelto a dirigirme la palabra.
—¿Le llamaste mirlo?
—Sí, padre. Mirlo.
—Y…, ¿le llamaste mirlo con animus iniurandi?
—No, padre; sólo con algo de animus iocandi.
—Siendo así, no me parece grave.
—¡Qué peso me quita usted de encima!
—No divaguemos y vuelve a la confesión, hijo mío.
—Ustedes animan a la gente a ser santos y tener en los altares un lugar de privilegio; y, a pesar de ello, la gente cada día va menos a la iglesia. ¿Verdad? Pues bien; yo he procurado que cada día participaran más compañeros en la Asociación y ya ve los resultados. Me ha pasado como a ustedes.
—La sensibilidad del político y la misericordia divina, son infinitas. Continúa.
—También me acuso de haber escrito que a todos nos gustan algunas cosas de la derecha y también de la izquierda.
—¿Y qué?
—Pues que me dijeron que la idea era ramplona y mediocre y no me hicieron el más omiso de los casos, hasta que escribí un artículo muy bonito ‑perdón por la inmodestia‑, que se llamaba “Taller de adultos”.
—¿Qué sucedió entonces?
—Que este sí que les gustó; y hasta el compañero que me había dicho lo de mediocre y ramplón, dijo que le parecía genial.
—¿A qué atribuyes tú el cambio?
—Pues a que sugería que, en adelante, a los curas se les llamase “Obispos técnicos auxiliares, de grado medio”.
—Pero, ¡eso es una irreverencia!
—Ya lo sé padre, pero ahora es lo que vende.
—Renunciar a los principios y ceder a la lisonja, es pecado. Tienes que ser humilde y fuerte. El dolor purifica.
—Si, padre; como el yodo, pero duele.
—Así es. Lo he predicado desde todos los púlpitos: «La críticas son como los cuernos: muy dolorosos al principio; pero, con el tiempo, se convierten en fuente inagotable de sabiduría».
—Lo sé, padre; lo sé. Pero no me gusta que para mover el corazón de las personas pongan cara de mosquita muerta, hablen de generosidad y digan que sólo buscan el bien de los ciudadanos. Yo estas cosas no me las creo; tampoco me fío de los que hablan así. A mí, que estudié con jesuitas, cuando me arreaban un guantazo, el cura ponía siempre cara de “atontao” y decía cariacontecido: «Me duele a mí más que a ti, pero lo hago por tu bien».
—Y, posiblemente, así era.
—Permítame que lo dude. Catorce años de internado le malician a uno. Yo creo que los curas tienen la culpa de que saliéramos tan desconfiados; pero no les guardo rencor. Sé que habré perdido alguna oportunidad pero, seguramente, también me he librado de más de un revés. O sea, que lo dejamos en empate.
—Hay que ser generosos y desterrar la desconfianza de nuestros corazones.
—No, si yo no desconfío de nadie. Lo que sucede es que uno busca rodearse de personas parecidas, personas afines en sentimientos; ya sabe. Yo creí que, como tuvimos los mismos maestros, coincidiríamos en los criterios y en los valores. Hay un refrán que dice que «Los pájaros de la misma pluma vuelan juntos».
—Así lo dispuso el Supremo Hacedor.
—Sí, padre; pero olvidé que también dispuso que «Nadie se baña dos veces en el mismo río», como nos enseñaba nuestro profesor de Filosofía.
—Ciertamente, así es. Cambia el río y cambia la persona que se baña.
—Pues eso fue lo que pasó; que yo me metí en esto de la Asociación y de la página web, porque estaba seguro de que la amistad es la mejor medicina para curar ese microbio que penetra en el alma y nos causa aburrimiento, soledad y tristeza.
—Y así es, ciertamente.
—Bueno, padre; pues la primera vez que nos reunimos, encontramos una Safa diferente y nos costaba trabajo reconocer físicamente a algunos compañeros que habíamos querido como hermanos. ¡Cómo habíamos cambiado! Y si éramos tan diferentes en lo físico, ¡imagínese, en cuanto a la forma de pensar!
—Ten confianza. No te des por vencido.
—No; si confianza tengo. Uno sabe muy bien que no es gran cosa y no intenta enseñar a nadie verdades transcendentales. Únicamente, busca en los compañeros esos modos de entender la vida, esas pequeñas partículas de verdad, que quizás para algunos carecen de valor, pero que para muchos de nosotros eran tan importantes.
—Tienes toda la razón. Las cosas pequeñas son muy importantes. Dice el Eclesiastés: «Quien desprecia las cosas pequeñas va muriendo poco a poco».
—Qué bonito padre. ¿Usted ha leído el Eclesiastés?
—Sí, hijo, sí. Y añade: «En consecuencia, el que desprecia las cosas grandes, o está muerto o muere de repente, como si le atravesaran con un cuchillo el corazón».
—¡Vaya frase, padre! No puede imaginarse cómo me “ponen” sus palabras. Con el debido respeto: ¡Es usted un crack!
—A quien más se le dio, más se le exigirá. Recuerda la parábola de los Talentos.
—Nosotros también fuimos unos privilegiados. Y, después de tantos años, nos queremos, padre; de verdad. Tenía tanta alegría por haber reencontrado a mis compañeros, que había semanas que escribía dos o tres artículos; pero luego, tenía la sensación de que algunas opiniones podían molestar y no los enviaba. A mí, escribir a los amigos me divierte y me gustaría hacerlo hasta que sea viejo. Lo que no me gustaría, cuando sea viejo, sería…, ir en autocar a Benidorm, vestido con un chándal, y bailar pasodobles junto a la piscina de un hotel.
—La prudencia es recomendable y la dignidad imprescindible; pero la fortaleza es necesaria.
—Sí, padre; lo que pasa es que algunas réplicas frenaban mi fogosidad. Tenían el mismo efecto que aquel bromuro que ponían los jesuitas en la sopa y en los garbanzos, para frenar nuestra concupiscencia y evitar que cayéramos en la degradación del pecado solitario.
—Las diferencias de opinión no deben preocuparte. Dice Unamuno que «Las uniones fecundas son las que se hacen sobre un fondo, no ya de indiferencia, sino de oposición».
—Esa frase la pongo yo en el próximo artículo de la página web. ¡Es usted un monstruo!
—Y también dice que «Se acaba siempre por simpatizar con todo aquello que se estudia, serenamente y sin prejuicios».
—Pues de esto también me gustaría que alguno se enterara, padre. Además de un monstruo, ¡es usted la leche en polvo!
—No caigas en la ordinariez, hijo mío. Recuerda que estás confesando tus pecados.
—Perdóneme; es que últimamente veo demasiado Telecinco.
—Continúa.
—Yo creo que ustedes los curas, como viven en un mundo irreal, no lo saben; pero la sociedad está llena de gente muy extraña. Y lo peor es que nuestros mayores enemigos son quienes están más cerca de nosotros. Lo decía Marlon Brando en El padrino.
—No pienses así. La susceptibilidad y el recelo nos impiden amar al prójimo y nos alejan de la virtud de la caridad. Hay que confiar en la Divina Providencia.
—No estoy yo muy seguro; pero, movido por el ánimo que me infunde, le prometo olvidar y superar los reveses sufridos. ¡Qué quiere que le diga! Sus palabras me elevan y me disparan.
—Muy bien, hijo mío. Muchas gracias.
—No las merezco. Le he contado estas historias porque, como dice Cela: «Las cosas es mejor airearlas que ocultarlas»; y también, ¿por qué no decirlo?, por la necesidad de ordenar algunos aspectos de la conciencia, confesar las culpas y mostrar, por ellas, pública contrición.
—¿Estás arrepentido de verdad?
—¡Si, padre; de todo corazón!
—Siendo así, recibe mi bendición y la absolución por tus pecados. No tardarás en sentir los efectos beneficiosos de la gracia en tu vida. Del mismo modo que una casa se barre con frecuencia y abrimos las ventanas para que se llene de sol y de aire del campo, así debemos obrar con nuestra alma. Es necesario refrescar la conciencia y airear las faltas, aunque su efecto sólo sea ex opere operantis y no ex opere operato, como sería de desear. Pero de eso hablaremos otro día. En penitencia, escribe un artículo, procurando no meterte con nadie; y la próxima semana me dices cómo lo han acogido tus compañeros.
—Así lo haré padre; les contaré la “Historia del padre Antoñete de Jerez”, un cura que era un santo del cielo, y… ¡Que Dios nos ayude!
—Que Él te bendiga. Puedes ir en paz.
—Amén.
Barcelona, 20 de julio de 2008.

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