Historia de otra rosa

03-09-07.
En mi modesta opinión, admitir la posibilidad de que todo aquello que ayer nos parecía correcto hoy no nos lo parezca, y aceptar que nuestra manera de pensar en la actualidad pueda cambiar mañana, son unas muestras de madurez y de talento. Eso no es cambiar de chaqueta ni bajarse ante nadie los calzoncillos o las bragas ‑dicho sea con el debido respeto y para que no se molesten conmigo las feministas‑.

«De sabios es rectificar», dice el refranero; y también, «No hay mayor error que persistir en el error». Reservarse el derecho de pensar en el futuro de forma distinta, siguiendo el recto dictamen de la conciencia, no sólo es digno sino honorable.
Con más de doce lustros a cuestas y muchos kilómetros recorridos, la mayoría por caminos rurales y de cabras, creo que para vivir en paz, tener amigos, y morirnos de viejos cuando Dios quiera, pero sin prisas, son suficientes cuatro o cinco ideas útiles y provechosas: amor a la libertad, culto a la verdad, respeto por uno mismo y por los demás, generosidad para atender las razones de los otros y humildad para modificar nuestras ideas, cuando honestamente pensemos que estamos equivocados.
A mi modo de ver, exactamente eso es lo que ha hecho la señora Rosa Díez; y, tal y como hicimos ayer con el señor Molina, hoy le manifestamos a ella nuestra admiración, nuestro respeto y la animamos a seguir.
No nos parece elegante en absoluto que se la acuse de desleal y quintacolumnista, sencillamente porque es mentira y no se lo merece. Y es mucho menos elegante aún, que ninguno de sus compañeros salga en su defensa. El hecho de cambiar de camino, cuando aquel por el que transitamos nos parece inadecuado, no debe ser objeto de escarnio por parte de aquellos que prefieren continuar el recorrido sin salir de él.
Rosa Díez se ha declarado siempre tan vasca como española. Rosa Díez eligió un camino arriesgado y difícil. Para recorrerlo se necesita un corazón capaz de soportar los insultos, despreciar las amenazas, resistir las agresiones y vencer el miedo; y ella lo ha soportado, lo ha sufrido y lo ha vencido. Ha demostrado ser una mujer decente que desprecia la manifestación folklórica, el aplauso incondicional, la sumisión cobarde, el halago fácil y la pasión por los fondos de armario y los modelitos de marca. Yo creo que en estos momentos de soledad, muchos nos sentimos socialistas y estamos al lado de Rosa Díez. Parece mentira que a una persona así se la pueda acusar de desleal. Seguramente a aquellos que lo hacen les gustaría ser como ella y tener su valor y su entereza; pero saben muy bien que no están a su altura.

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