Historia de una rosa

01-09-07.
Cuando alguien, con setenta y cuatro años a las costillas, dirige una institución tan importante como la Biblioteca Nacional y va diciendo por ahí que se alegra de que cada vez se vendan menos periódicos; que no lee la prensa, ni ve la tele, ni escucha la radio porque la crispación le inquieta tanto, que le impide trabajar; y cuando uno piensa que, seguramente, por eso le roban documentos de la Biblioteca, en estos casos,

lo que hay que hacer por respeto a los ciudadanos, a los años y a la salud de la señora Regás es lo que acaba de hacer el señor César Antonio Molina, titular de la cartera de cultura. O sea, liberarla de una carga tan pesada, recomendarle un buen centro de salud para mayores y explicarle las razones de la decisión: «Porque, durante tres años al frente de la entidad, usted no ha hecho nada». Así de claro. Y eso exactamente ha hecho el señor Ministro y por ello le manifestamos nuestro respeto y le animamos a seguir.
Cuando alguien, al frente de una entidad tan importante, fracasa por incompetencia, falta de fe o simplemente por mala educación, lo que debería hacer es bajar las orejas y marcharse a su casa a descansar dignamente, a reflexionar, a dejar en paz a los demás y a no seguir dando la tabarra a los honestos ciudadanos y a los compañeros de partido que un desafortunado día le otorgaron su confianza. Pero, generalmente, no se obra de esta forma; el fracasado apela al tópico, organiza un montaje, empuña otra bandera –pongamos, por caso, la del feminismo‑ e intenta seguir viviendo en la gloria, como si mereciera por su gestión los más encendidos aplausos y felicitaciones.
«Viva er Beti manque pierda» es una frase genial y salerosa y también un soberano disparate. Prueba de ello es que cuando «er Beti güeno» pierde tres partidos, la gente mira al palco y abronca a don «Manué», como es lógico y natural. Lo ilógico sería lo otro. O sea, «Viva er Beti, en segunda».
Huir hacia adelante, «mantenella y no enmendalla», no reconocer los errores e intentar justificar lo injustificable, es propio de personas sin principios. Para dedicarse a la política, o sea, al servicio de la sociedad y de los ciudadanos, se necesitan grandes dosis de sabiduría, prudencia y humildad; y conviene despojarse del más mínimo indicio de vanidad y de soberbia. Eso lo sabe todo el mundo y también sabe que en las sociedades modernas no se perdonan las imposiciones, las jerarquías ni los modos despóticos y autoritarios.

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