Aquellos amores imposibles

El padre Mendoza solía decir que la estadística estaba en contra de nosotros y que ninguno se casaría con aquellas maravillosas jovencitas ubetenses. Sabía que en materia amorosa éramos unos ingenuos y unos pardillos y le preocupaba que los desengaños nos hicieran sufrir y sacar malas notas en Química o en Filosofía. Siempre sabía cuándo suspendíamos por leer a Bécquer o hacer poesías, en lugar de estudiar. El padre Mendoza era nuestro director espiritual y también lo era de las señoritas más distinguidas de la ciudad. No se cansaba de repetirnos que debíamos tener mucho cuidado con ellas, porque desde siempre las chicas han sido más listas y más astutas que nosotros y él, naturalmente, lo sabía muy bien.

Se hizo famosa la historia de un alumno de último curso que se gastó en regalos el dinero destinado a pagar los gastos de reválida en Granada. No tuvo más remedio que soportar el bochorno de pedir prestadas, al Padre Rector, las mil quinientas pesetas que sus padres, con mil esfuerzos, le habían girado. También era muy comentado el caso de otro alumno que durante el curso «tonteaba» ‑así nos lo decía el padre‑ con una chica «ligerita de cascos», como se decía entonces. Ella, durante el curso, atendía solícita los galanteos de nuestro compañero hasta que su novio, que estudiaba Medicina en Madrid, regresaba a Úbeda por vacaciones. Un día, se la tropezó paseando por la feria muy acaramelada junto al futuro facultativo. Ella ni lo miró. En cambio, él estuvo varios días sin comer ni dormir, con un soponcio de aquí te espero, a causa de la desilusión. De ahí la insistencia del sacerdote. Pero la juventud… ya se sabe. Dale que dale al octosílabo, a la rima y al arte menor.
Otro alumno siempre afrontaba sus retos literarios con las mismas palabras: «Cielo azul, golondrinas». Y de aquí no pasaba. ¡Qué capacidad de síntesis! Con sólo tres palabras alcanzaba la cima de la elocuencia. Un manantial de paisajes y fantasías fundidos en sólo tres palabras: «Cielo azul, golondrinas». Parece fácil, pero no lo es. Probadlo.
Otros, más fecundos, llenaban las fichas ‑que nos vendía Márquez‑ de perlas y gotas de rocío para describir los dientes de la amada; y de llamas de fuego, corales y cerezas para glosar los labios de la susodicha. Los cabellos siempre eran de oro o azabache, y estaban mecidos por la dulce brisa de la tarde, inexcusablemente. En los ojos, limpios como espejos, se bañaban temblorosas las estrellas. Y los pechos… ¡Ay, los pechos! Los pechos eran «cálidos nidos de palomas» con los que había que tener especial cuidado por si la composición, cuajada de metáforas y recursos estilísticos, caía en manos del Padre Prefecto. Nadie confiaba en que su sensibilidad apreciara la excepcional vena lírica y la genialidad de las que hacíamos gala.
Como siempre, los más inteligentes se tomaban a broma aquellas cosas y componían con pasmosa facilidad estrofas “picantes” ‑como esta‑, cuyo autor me reservo por razones obvias.
Cuando me voy a dormir,
Pensando en tus ojos verdes,
Sueño con lo que tú sabes.
¡Y siento lo que te pierdes!
El padre Mendoza siempre sabía qué chicas nos gustaban más y si nuestros amores eran correspondidos o no lo eran. A ellas les encantaba hablar de Adamo y de los Beatles, y coleccionar cartas y postales. Nosotros, en cambio, nos inclinábamos por los temas humanos y sociales. Pero, sobre todo, criticábamos sin piedad la intolerable falta de libertad a la que el Régimen nos tenía sometidos… especialmente en materia de sexo.
La recuerdo con un vestido negro y una blusa de seda, blanca y brillante, paseando por el Real o camino de misa, cogida del brazo de su madre. En sus ojos aprendí a leer los sentimientos del alma, con la inseguridad con que leíamos las primeras letras, en aquellos libros viejos que el maestro guardaba en un armario, bajo llave. Yo la admiraba por su expresión dulce y agradable, por su mirada tímida y solitaria, por su aspecto silencioso y resignado, impropio de una muchacha de diecinueve o veinte años.
Una tarde, representábamos en el instituto San Juan de la Cruz La muerte de un viajante. Allí estaba, rodeada de amigas, con su falda estrecha y sus zapatos de tacón discreto. Al terminar la función, la acompañé hasta su casa, un edificio antiguo de porte señorial. Sus ojos reflejaban una infinita soledad. Cuando me miraba, yo me sentía la persona más importante del mundo, porque siempre decía lo que debía decir, con especial afecto y sencillez. Caminábamos muy juntos. Yo la notaba inquieta y azorada.
Poco antes de cruzar por delante del quiosco de la plaza, le dije en voz muy baja: «Eres la mujer más maravillosa del mundo». No contestó. Seguimos caminando. Noté en sus ojos el brillo misterioso y profundo de las lágrimas. ¿Quién podría explicar la sublime ternura que encierran las lágrimas de una mujer? Habíamos llegado. Por un momento permanecimos callados, mirándonos, en silencio. Abrió la puerta y me tendió la mano. Me acerqué a ella como si fuera a decirle un secreto y la besé en la mejilla suavemente. Entonces, muy apenada, me miró con sus enormes ojos y me dijo: «¿Qué has hecho? ¿Y ahora, cómo le cuento yo esto al padre Mendoza?».
Desde aquel día, fui a verla muchas veces a su oficina para tener la oportunidad de mirar de nuevo aquellos ojos. Han pasado más de cuarenta años. Me contó muchas cosas que prefiero callar por si casualmente pudieran llegar hasta ella estas letras, tan mal escritas; y las lee y se acuerda de mí y se pone a llorar otra vez.
He recordado esto porque mi hija tiene ahora veinte años. Los que ella tenía entonces. Y cuando vuelve a casa por la noche, revivo aquellos sentimientos y la miro a los ojos tratando de adivinar en ellos si alguien la ha besado suavemente o le ha dicho al oído con cariño que es la mujer más maravillosa del mundo.
Barcelona, 17 de enero de 2007.

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