Niños de la guerra

18-01-07.
El árbol solo y seco.
La mujer como un leño
de viudez sobre el lecho.
El odio, sin remedio.
¿Y la juventud ?
 
En aquellas etapas, lecciones vivas de miedos, muerte y odios, los chiquillos de la escuela, en vez de caballos, perros y pájaros, pintarrajeaban sus cuadernos de yugos y flechas, hoces y martillos. Y a veces, pelotones de fusilamiento signados con los nombres de sus vecinos…
Tras la contienda, ¡cuánta tinta y celuloide se gastó sobre los niños de la guerra! Todos eran niños de la guerra. ¡Y muchos todavía son un poco niños de la guerra! Burguillos no tuvo que hacer colas, sucio y harapiento, para recibir en una lata un cazo de bazofia. Y tampoco en casa recibió un odio cordial. Sus padres, situados en la derecha por su modesta posición, y por supervivencia, nunca en nada, sin duda por carácter, fueron extremistas.

Bien que le costaba perdonar a aquel Villaverde… Aquel sí que era enemigo de cuidado. Criaba piojos, le robaba estampas y hablaba mal del P. Marcos. Bueno y de todos los curas.
Pero estos enemigos de su pueblo eran más serios y problemáticos. «¿Cómo ‑pensaba‑ amar y perdonar a algún comunista que si perdiéramos la guerra nos quitaba el Amoroso? ¡Seguro! Y cuidado con mi padre…».
Los frailes habían clavado en su conciencia infantil ideas, principios de conducta. Eran como velas encendidas en un altar invisible, íntimo y secreto. Aquel día del prado, ‑ojalá no hubiera amanecido‑, apagó Burguillos casi la que mejor ardía. Y ahora apagaba otra sin tanta angustia. El aire que se respiraba en ese ambiente y en todos los sitios, menos en el majuelo, le llevaba a dividir en dos al pueblo y a España entera: ellos, los suyos, eran los buenos; y los otros, los malvados que gritaban «Viva Rusia».
Dramático espaldarazo para iniciar en la vida a un adolescente. Justamente en la etapa, en el momento más bello y arriesgado de la vida humana.
La adolescencia. Abril y mayo, la llave del año. La gloria primaveral es preludio y prenda de cosechas.
En el alma adolescente de Burguillos también era primavera y apuntaban vigorosas las virtualidades que, maduras luego, le transformarían en persona cabal y creciente.
Ser del campo. ¡Qué bendición! Vivía Burguillos las cuatro estaciones del año con fervor, como cuatro partes gozosas, irrepetibles del misterio de la Naturaleza. Las cuatro eran cuatro realidades inagotables. Estéticamente las cuatro le abrumaban. La primavera le excedía, le aplastaba. Pero su encanto es débil a la hora de contemplar la primavera en la evolución de un niño o de un adolescente. Es algo mucho más sublime que ver levantarse el sol. Más misterioso que admirar cómo una florecilla se hace fruto dulce y hermoso. Es contemplar la aurora de la vida.
Mas aquel año, fue una pena. El campo todo era un vergel. La mies se salía de las tierras… ¡Qué cosecha, Dios mío! Fue el 20 de mayo de 1932. Día de San Bernardino. Se cruzaron las nubes, chocaron y se rompió el cielo en truenos, rayos y pedrisco… Todo lo arrasaron.
Mismamente los hombres, cuando se les atraviesa el corazón, van y sin más dicen: «¡A por ellos! ¡A muerte!». Y tampoco se preocupan de si el alma de los niños y adolescentes está en flor. Hierven y rehierven sus odios hasta que les suben a los ojos. Y ciegos, los adultos olvidan que cada niño comporta un proyecto único, ideal, llamado a desarrollarse para la grandeza y bienestar de un mundo en paz. Y ese olvido es un pedrisco sobre la vida infantil… A muchos les privó de pan, de hogar, de familia. Y a todos les mermaron la seguridad y aumentaron patógena la angustia.
Personalmente, en su intimidad, Burguillos siempre se ha considerado como un niño de la guerra. La guerra le marcó. La guerra drásticamente interrumpió su primer camino iniciado con tanto gozo. La guerra estremeció, agredió su psiquismo en ciernes. Y a la brava, hizo añicos su mundo infantil, bucólico, fraternal… ¿Pero es que los mayores, los hombres, podían golpearse así hasta matarse?
[…]

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