«Domund» negro

La memoria, que acampa a su capricho en tal o cual paraje de los ya vastos territorios de mis vivencias, se deja a veces convencer por fechas o circunstancias de más o menos fácil explicación; y por una vez, hoy, resulta oportuna. Pretende así que le perdone los innumerables ridículos que me hace pasar cuando no recuerdo nombres o fechas a los que estoy, por bien nacido, obligado. Salgo del paso, es un decir, cuando correspondo al “adiós don Jesús” de algún antiguo alumno con un sonriente “adiós artista” ,o “adiós bonica” o “hasta luego campeón”.

“Han sido treinta y nueve años de maestro y muchos cientos de niños”, se justifica la ingrata. En los encuentros cara a cara, puedo ponerme a un tris del soponcio, pero este octubre me trae un entrañable recuerdo que para muchos resultará familiar.
En tiempos del padre Galofré, que era maestrillo a mi llegada a Úbeda allá por la mitad del siglo pasado, enfervorizados como estábamos con las misiones y la extensión del evangelio, el DOMINGO DEL DÓMUND constituía una demostración de entusiasmo tal, que ahora resultaría francamente agresiva, pues el acoso al que sometíamos a los viandantes se saltaba cualquier norma de respeto social tal como lo entendemos hoy. Oleadas de zagales con aquellas huchas tan expresivas ‑el chinito, el negro o el indio‑ se esparcían por la ciudad como una plaga, entrando en bares, llamando a las casas, importunando a todo quisque:
‑Déme usted algo para el DÓMUND; venga, écheme algo.
‑Niño, vete para allá, que ya he dado tres veces.
Que a lo mejor era verdad, porque aún no se había inventado esa etiqueta adhesiva que ahora actúa como justificante.
El padre Galofré, que era un exaltado, experto en arengas religiosas, revolucionario e inconformista, y que luego, en el siglo, volcó su talento en la venta de ollas a presión, no estaba contento con el DÓMUND de siempre; así que tiró de audacia y formó un comando de choque para concienciar adecuadamente a la amodorrada ciudadanía. El PLAN era sencillo en su planteamiento y ejecución siempre que se contara con tres víctimas ya concienciadas.
A José López Barrera, a Rafael Toscano y a un servidor nos pusieron una camiseta y un pantalón blanco, nos pintaron la cara de negro riguroso, los labios como tomates y nos dieron una hucha y mucho ánimo. Toscano tenía el pelo rizado y daba el pego; Barrera y yo, con los pelos como chuzos, parecíamos gitanos renegridos. Hoy día, con la cantidad de subsaharianosque hay, no llamaríamos la atención; pero en aquel tiempo, unos niños corrían detrás de nosotros y otros se metían bajo las enaguas de sus madres. Los perros se limitaban a ladrarnos. El tinte a base de aceite nos hervía en la cara, pero estábamos satisfechos porque hasta los que ya habían echado tres veces nos llamaban y entre risas soltaban un par de pesetas.
‑Pero, ¿de dónde habéis salido? Toma una peseta, ea.
Verdaderamente era un número, pero la santa codicia nos hacía indemnes a las burlas. “Todo por el DÓMUND”, pensaba yo entre chorretones grasientos que se me metían por los ojos.
Un poco más arriba del Ideal Cinema, en la acera de enfrente, me llama desde un portal una criada con cofia y delantal blancos sobre un uniforme negro impecable:
‑¡Ven, sube, que mi señora quiere darte algo!
Entro en el zaguán detrás de la chica, subimos una escalera, recorremos un pasillo amplio y me hace una seña para que entre en una habitación. La casa era grande y señorial y podía esperarse una buena limosna; pero el trámite ya parecía excesivo. Bien, pues empujo la puerta y oigo un grito terrible: es un niño de seis o siete años, medio incorporado en una cama enorme y con un pijama celeste, a quien su mamá, de pie a su lado, no consigue hacerle tragar una cucharada de algo. El grito me asustó a mí más que al niño. Mientras se cierra la puerta del dormitorio, oigo el tono amenazador de la madre:
‑¡Y ya sabes: si no te tomas el jarabe lo llamo otra vez!
Me dieron cinco duros. Así da gusto. Merece la pena freírse un poco, si con tu sacrificio no sólo ayudas a salvar las almas de los paganos, sino la salud de una criatura que ahora rondará los cincuenta y muchos, que se habrá casado, que será un honrado terrateniente y hombre de pro; y todo eso gracias al susto que le dio un negrito de pega que tuvo que comer de aquella guisa, porque luego había que seguir la función en el campo de fútbol del Úbeda. Y que medio se desolló la cara y las manos para deshacerse de aquella pringue negra. Pero todo cuenta y yo creo que Dios todavía se acuerda, para bien, de aquel DÓMUND. Porque es lo que yo digo: eso de postular el beneficio lo tendrá arriba, porque lo que es aquí abajo no está pagado.
Toscano estuvo dos o tres años en el Colegio, se marchó a Sevilla, su tierra y no lo he vuelto a ver. Me dijeron que trabajaba con el Padre Galofré, cuando éste se convirtió en don Arturo. Barrera, por su parte, era un tipo serio con una voz ronca, casi afónica, alto y fuerte, y hacíamos buenas migas. Se quedó de educador en Úbeda, lo vi alguna vez más y me han dicho que murió hace un par de años. Era del Cerro del Águila, en Sevilla, y representaba para mí la nobleza en estado puro. Está arriba, sin ninguna duda.
 11-10-05.
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