Palomas, y 2

Por Jesús Ferrer Criado.

El comando encargado de llevar a cabo la primera y principal fase del plan, y sin duda la más arriesgada, estaba formado por Antonio Lara, Juan Vargas y un servidor. Una documentación minuciosa, basada sobre todo en la película italiana Rufufú que, además de aportaciones personales extraídas de nuestros respectivos historiales delictivos (?), configuraron un plan preciso que, de salir bien, sería un verdadero milagro.

En el arriesgadísimo trayecto, desde nuestros aposentos en la Siberia hasta el palomar situado junto al Grupo Escolar de Primaria ‑una bajada de cinco pisos‑, sabíamos que seríamos descubiertos, sí o sí. Y tres tipos como nosotros, mal encarados con ropa negra, un saco, un paraguas y una linterna, a las once de la noche no tenían defensa posible. No sé; quizás podríamos decir que una voz interior nos impulsaba o que no recordábamos por qué estábamos allí, o gritar eso de «¡La luz! ¡Otra vez la luz!», que argüían los que fingían ser locos. Que el padre Teotonio tragara era improbable y que Navarrete Loriguillo nos sometiera a un tercer grado, inevitable. Así que, con el alma en vilo, atentos a cualquier ruido, una puerta, unos pasos, fuimos descendiendo cada tramo, amortiguando nuestros pasos y haciéndonos mutuas y continuas señas de cuidado. La costumbre del colegio de mantener encendida, hasta muy tarde, la luz de las escaleras, nos facilitaba la labor, pero era un arma de doble filo. Era imposible no ser descubiertos, pero fue que no y no nos encontramos a nadie.

Salimos al exterior, por una puerta metálica, cuyo cerrojo hizo un alarmante chirrido al descorrerse. Con infinito cuidado, la dejamos entornada, pues esa era también nuestra vía de retorno.

Era noche cerrada; pero, a la luz macilenta de alguna trémula farola, podían distinguirse las siluetas de los edificios. Moviéndonos como sombras, nos acercamos al lugar del delito, el palomar del coto, cerca del cual, ya por la tarde, habíamos dispuesto una escalera. Se trataba de subir unos tres metros. El intrépido Juan Vargas, piedra angular del equipo, acercó la escalera al sitio, trepó ágilmente por ella, separó algunos ladrillos medio sueltos, entró a una sección del palomar con su linterna y echó un breve vistazo a la situación. Subí tras él y presencié con qué admirable eficacia retorcía el pescuezo de las defecadoras que tan preocupado tenían al padre Bermudo. El paraguas garantizó el secreto, impidiendo que la luz de la linterna descubriera el “palomicidio”.

Cuando Vargas hubo despachado la veintena de plumíferas que se pusieron a su alcance, salió del palomar; repuso, como pudo, los ladrillos desplazados y descendió por la escalera. A continuación, la volvió a poner donde estaba para evitar sospechas y se reunió con nosotros. Mientras, Lara y yo llenamos el saco con los cadáveres aún calientes y lo atamos. Los tres regresamos, en silencio y a oscuras, hasta el pie del alto edificio de cuya ventana superior, abierta y encendida, colgaba una cuerda a la que atamos el saco. Un par de tirones avisaron a los de arriba para que izaran el fúnebre cargamento y así evitar el arriesgadísimo traslado de semejante encargo escaleras arriba.

Nos dirigimos, en silencio, a la puerta, que veinte minutos antes habíamos dejado entornada; entramos y muy despacio echamos el ruidoso cerrojo y, alumbrados esta vez por la linterna, subimos de nuevo los diez tramos de escalera que se nos hicieron eternos. Cuando ‑sin obstáculo alguno, pero “acongojadillos” por lo que habíamos hecho‑ llegamos a nuestro rellano, una rendija de luz asomaba aún por debajo de la puerta de Teotonio. Recorrimos los veinte metros del pasillo sin tocar el suelo y, por fin, llegamos a la camarilla central, donde estaba reunido el curso. Algunos estaban ya enzarzados en la limpieza del “género”. Había que deshacerse de los desperdicios y sacar el material aprovechable, para ser cocinado. Ahí venía el papel indispensable de Joaquín Vera, “nuestro hombre del exterior”; o sea, que era externo y salía y entraba con total impunidad. Su trabajo fue discreto e impecable. Se las arregló para sacar la mercancía y retornarla dos días más tarde, una vez cocinada, sin despertar sospechas, a pesar del respetable volumen del traslado.

Al día siguiente, don Julio, el encargado del coto, y alguno más, hicieron notar que esa mañana se veían menos palomas que en días anteriores; pero nunca sospecharon la verdad. Nosotros nos mirábamos al oír los comentarios y esbozábamos una risilla cómplice que ya, en privado, se hacía carcajada.

A las cuarenta y ocho horas del delito, el curso al completo se reunió por la noche, en una orgía silenciosa, para dar cuenta del fruto de su incalificable burrada. Éramos jóvenes y nos divertimos con ella. Lo que nos hacía felices era haberla hecho sin ser descubiertos.

Esa ha sido la única vez que he comido paloma. No me gustó, a pesar del magnífico y meritorio trabajo de la mamá de Vera. En general, no soy consumidor de aves. Me gusta verlas volar.

Aunque parezca broma, los “tres mosqueteros”, que iniciamos la masacre, teníamos ‑creíamos tener‑ una coartada para ejecutar nuestro macabro plan: nos refugiábamos en las palabras del padre Bermudo, quejándose del daño que las palomas hacían a la estética del centro. Era nuestro único asidero y quizás hubiera valido, llegado el caso. Pero lo que hizo nuestra gesta “poco meritoria” fue comérnoslas. Eso envileció nuestra hazaña, aunque estuvieran riquísimas. Haberlas suprimido simplemente por amor al arte y a la noble blancura de las fachadas, hubiera sido elegante y caballeresco; pero comerse al delincuente queda feo.

Es como si los que mataron a Bin Laden, ya puestos, le hubieran robado la cartera y se hubieran llevado el televisor.

Esta gamberrada ha sido, durante años, nuestra carta de identidad; la de mi curso: un trabajo de equipo en el que, con evidente riesgo, burlamos completamente las normas del colegio. Fuimos chicos malos, jugamos a complots, a secretos y usábamos nombres en clave (“libretas” = palomas), para referirnos al asunto, sin despertar sospechas; y todo eso nos divertía un montón.

La complicidad que nació entre nosotros ha dado mucho juego a lo largo de los años y todavía hay alguno que la rescata como tema de conversación, ponderando detalles de los que fue protagonista o apuntando otros que los demás ya han olvidado.

En lo que a mí respecta, el episodio me trae un recuerdo agridulce. Hubiera preferido una cacería de langostinos.

jmferc43@gmail.com

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