Turismo

Perfil

Por Mariano Valcárcel González.

Paseo por mi ciudad, con frecuencia, por la famosa y única plaza de don Juan Vázquez de Molina; y, en especial, los fines de semana, me alegra el corazón ver la cantidad de grupos de gentes ‑turistas de interior, principalmente‑ que discurren por la misma, tras los obligados guías.

Me alegra, porque pienso en mi ciudad y en esas personas que se nos acercan para conocerla. Albricias tengo por que confluyan, en la misma, tantos intereses adecuados. No porque espere algo de la Presidenta de la Junta, en visita también hace unas jornadas, por el tema, precisamente, del fomento del turismo de interior en nuestras tierras. Y no espero nada de la administración, pues en esto ‑que es como en todo‑, todo se mueve por impulsos políticos que luego y casi invariablemente decaen cuando decaen los que los originaron.

 

Pienso en aquel Centro Andaluz de Turismo Interior que levantó el Partido Andalucista (que a la sazón mantenía la Consejería de Turismo) e instaló en el habilitado Palacio del Marqués del Contadero (discutida y discutible rehabilitación, que, de lo antiguo, quedó solo la fachada); esa oficina se murió de muerte lenta y únicamente quedó la de Información Turística, dislate mayúsculo, pues este palacio está en un apartado recóndito indetectable y, por lo tanto, difícil de servir para lo que fue concebida.

A raíz del nombramiento de Ciudad Patrimonio de la Humanidad, se esperaban unos resultados de promoción y afluencia turística espectaculares, cosa que, en verdad, así no sucedía, siendo más bien discreto el efecto que sobre nuestra ciudad tuvo esta distinción. Es ahora, y eso se nota, cuando la Asociación de Municipios y Ciudades Patrimonio de España ha permitido, por fin, que en la misma se integrasen Úbeda y Baeza, cuando la actividad turística ha adquirido más volumen. Sea enhorabuena.

Pues, que retomo el hilo de lo empezado. Paseo y me alborozo ante esta actividad visitadora. Y me fijo en esos grupos de veteranos que no perdonan un viaje o una excursión, a media pensión del IMSERSO o de otras organizaciones o agencias de viajes. Viajan los jodíos, aunque les duela la cadera, les falle la vista o el oído, o se tengan que tomar las pastillas a voleo. Pasan calles y cuestas siempre tras la banderola del guía o de la guía, armados de sus gorrillas, sus botellas de agua y sus cámaras de fotos o de vídeo. Se empapan de todo y todo les interesa.

Las estancias vienen siendo más cortas de lo que desearían los afectados ubetenses, que bares, restaurantes y hoteles bendecirían más noches de permanencia. Se hace un esfuerzo en la ciudad por poner en oferta visitas guiadas, documentadas, dramatizadas, exposiciones, actos culturales y populares que atraigan y fijen a esa masa de visitantes. Intentos plausibles los hay y se han multiplicado con la iniciativa pública y privada. Ahora, por ejemplo, hay una maravillosa exposición en el Hospital de Santiago y, en la dicha plaza Vázquez de Molina, hay otra de piezas de hierro o acero de Méjica que a unos pueden gustar y a otros no, pero ahí estarán unos meses para darle variedad al conjunto monumental.

Aunque permanecen ciertas carencias o defectos. Ya los he denunciado alguna vez, pero veo que, si no se corrigen, mal iremos (o continuaremos yendo). Uno de ellos es el considerar que el visitante se lo ha de tragar todo y con todo ha de tragar; que, una vez ido, otro vendrá en su lugar y, por eso, no ha de haber disgusto. Craso error que correspondería a un aprendiz o principiante en el negocio, a quien lo tuviese por mero entretenimiento o capricho, pero no a quienes deban vivir de ello. El visitante es digno del mejor tratamiento. Pues, en ese tratamiento, lleva valor añadido, que no se ve al principio, pero que rendirá sus frutos; si ha sido maltratado, el turista no volverá, es cierto, pero también es cierto que no recomendará la visita a quienes tengan esa intención de hacerlo. Mala propaganda, que encima es gratuita, nos hacemos, si esta mala conducta la permitimos.

No es de recibo ni marca señal de inteligencia alguna, actuar en bares o restaurantes como miembros de la banda de Curro Jiménez (alguien nos puede decir: «¡A robar a Sierra Morena!»), cobrando en demasía lo que a veces no lo vale, siendo cicateros con el servicio de tapas o complementos, atendiendo mal o tarde (incluso dejando sin atender) a quienes esperan ser atendidos con presteza. Las buenas costumbres de atención y deferencia, de esmerado servicio y cumplido aporte de bebida y comida (especialmente del tapeo, que nos fue ‑y ya no lo es‑ seña de identidad) son sumamente necesarias y eficaces, de cara a la promoción de locales y de la misma ciudad. Que esto se nos vaya olvidando, a fuerza de la adquisición de otras modas y modos ajenos a nuestras costumbres, es algo que nos debería hacer reflexionar.

En cuanto a los hoteles, ya variados y que pueden absorber la demanda, no hay duda de que se ha hecho un gran esfuerzo y de que se han puesto en circulación recursos que pueden, o no, ser rentables a sus promotores. Pero no se debe presentar una oferta que peque por lo excesiva de su precio, porque se da el caso (comprobado) de que el personal se desplaza a la vecina ciudad, si allí las habitaciones resultan más baratas. Y también hay que tener en cuenta que, el hecho de ostentar cierto nivel de estrellas (supuestamente indicador de la categoría hotelera), hay que demostrarlo no solo en los precios sino también en los servicios. Y, en esto, hay mucho que arreglar.

Tal vez, cuando esperamos el maná de la siempre solicitada administración pública, nos estemos olvidando de que ese maná y esos recursos los tenemos en nuestras manos, pero que no sabemos utilizarlos.

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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