“Barcos de papel” – Capítulo 24 a

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

1.- ¿Dónde estará mi bebé?

Habíamos acordado que entraría ella sola a la pensión para no alarmar al resto de los huéspedes, pero salió del coche con la mirada perdida, arrastrando los pies y apoyándose en mí. Era la viva estampa de la desgracia. Subí la escalera con ella y la acompañé a su habitación para evitar las inoportunas preguntas de los curiosos, que no le quitaban los ojos de encima. Cogí la jaula del hámster que estaba sobre la mesita y la puse al lado de la ventana. El animalito, después de pasar solo tanto tiempo, no se movió de la jaula para olisquearnos, ni empujó la rueda con sus patitas; seguramente, para darnos a entender que una mascota no es un juguete que se toma o se deja de manera caprichosa, sino que, aunque era tan pequeño, tenía también sus sentimientos y reclamaba un trato leal y bondadoso.

Catalina, dispuesta a curiosear, vino hacia nosotros muy zalamera.

—¡Olga, hija mía! ¿Qué te pasa? —dijo abrazándola con muchos aspavientos—.

—Hola Catalina —contestó ella con una voz apenas perceptible—.

—¿Qué necesitas? ¿Quieres una taza de caldo? Hija mía, pídeme lo que quieras.

—Gracias, Catalina, pero ahora necesito descansar. Berto, entorna la puerta y quédate a mi lado.

Se marchó la patrona, cerré la puerta sin hacer ruido, y me puse a leer la receta con detenimiento. Parecía la lista del supermercado: analgésicos, un relajante muscular; un protector gástrico, un ansiolítico y unas píldoras para dormir. A pesar de su palidez, sus ojos empezaban a recuperar el brillo y la profundidad de siempre.

—¿Te duele?

—No. Ahora no me duele. De verdad, Berto.

—Si quieres, voy a la farmacia a comprar las medicinas.

En vez de responderme, se puso a contarme, a su manera, la razón de su zozobra.

—¿Sabes, Berto? Iba a tener un bebé y lo han arrancado de mi vientre. Dice el médico que ya tenía casi tres meses. ¿Te imaginas? ¿Qué habrán hecho con un angelito tan pequeño? ¿Habrán quemado a mi pequeño? ¿Lo habrán tirado? ¿Dónde estará? ¿Tú crees que Dios puede castigarme por haber hecho una cosa así?

Le pedí por favor que no siguiera hablando, porque no me veía capaz de contener mis ganas de llorar.

—Quizás te parezca extraño que te hable de mi hijo, pero es algo de lo que nunca podré hablar con nadie. ¿Cómo tendría los ojos? ¿Te imaginas? Ni siquiera sé si era niño o niña.

—Olga, por favor, deja de torturarte.

—Te lo digo a ti porque te tengo confianza, pero prométeme que no hablaremos del niño nunca más y que jamás se lo dirás a nadie.

—Puedes estar tranquila.

—Esta será la última vez que hablemos del bebé y tú tampoco volverás a recordármelo. ¿Vale?

Cómo me gustaba aquel tono tan infantil y su manera de ser, abierta y sencilla, tan diferente al resto de la gente que había conocido.

—¿Sabes? Hace bastante tiempo tuve una pesadilla que no puedo olvidar.

—Olvídalo; a partir de ahora todo saldrá mejor.

—No, por favor deja que te la cuente.

—Como quieras.

roan82@gmail.com

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