Reinvolución

Hay una revolución en marcha.

Sí, existe una revolución puesta en marcha, que se pretende sea sorda o amortiguado su conocimiento, soterrada, infame por lo perniciosa. Hacia atrás marchando rápido.

Lo andan advirtiendo y avisando ciertos escritores o comentaristas políticos y económicos en los foros a los que se les permite asomarse. Lo hacen sabiendo que, casi, van ellos a contracorriente, a contracorriente de la contracorriente, pues entonces en la buena dirección. Que no es la que declaran quienes reman en contrario, claro. Pero ellos porfían en la seguridad del retroceso. Y en la seguridad del desconocimiento y adormecimiento del personal, confundido.

Porque sí que hay cosas que están pasando que son de todos conocidas y que causan alarma y protestas. Protestas que en orden a la contra instaurada se tratarán como delitos, atentándose claramente contra el derecho de opinión y el de manifestación; y esto es una muestra palpable de lo que vengo diciendo, que vamos hacia atrás sin freno.

También hay decisiones vías órdenes y decretos que se meten de tapadillo, camuflados o sin publicidad, de mucho calado y consecuencias para la sociedad en general, para el estado de derecho, para el ejercicio de las libertades, para las relaciones laborales y los resultados económicos del país, que nos llevan cada vez más hacia años y decenios, hasta casi siglos atrás. Y lo que resultará de todo ello será aterrador (¡y ya andan maravillándose de estas cosas hasta algunos de sus incondicionales!).

A la merma directa de libertades (¿qué es eso de prohibirle a un parado, por serlo declarado, salir del territorio cuando le apetezca?), se junta la merma de oportunidades, a favor de la casta dominante, que es la de siempre y en perfecta conjunción de intereses (cleptocracia institucional y permanente de todos los que roban y engañan al pueblo). Así lo fue antaño y, tras un paréntesis ensoñado e ilusionante, así volverá, pues para ello se trabaja.

La merma de oportunidades se ve ya en la mal llamada reforma judicial, que pone el acceso a la Justicia (y a sus mecanismos) al servicio del que pueda pagársela, al igual que colocan la sanidad en el brete de tener seguro particular o no tenerlo, previo pago, o la enseñanza, cortadas por lo sano las ayudas económicas a la misma para quien no puede pagar las matrículas (encarecidas todavía más)… Las oportunidades en estos supuestos como en otros que se van determinando (léase, el aborto) quedan pues supeditadas meramente a la capacidad económica de quien accede a estos servicios que debieran serlo públicos y generales. Las limitaciones siempre vienen por los de abajo, no teniéndolas los de arriba, aunque también encarezcan el sistema y se aprovechen del mismo.

Esta contrarrevolución fue demandada y muy deseada por lo más recalcitrante e infecto de la derecha tradicional española. Los que siempre consideraron que el orden de las cosas, establecido tras la muerte de su dictador, no era el normal ni el que acá se debía tener. Por eso escribía más arriba que tuvimos una paréntesis ensoñado, que fue calderoniana la época, sueño que sueño fue y no realidad permanente. Los ultramontanos consideraron que lo que se hizo fue un “trágala” que hubieron de soportar, dadas las circunstancias, pero que ya llegó la hora de revisarlo todo, de desmontarlo. Hasta se insinúa que se podrían traspasar militares a la administración civil… ¿Les suena? Y esas órdenes a la policía para que no “moleste” a los políticos (determinando los que gobiernan a quiénes sí se les puede), aunque se les pille con las manos en la masa, ¿cómo se justifican?

Semeja demasiado esto con lo ocurrido durante la II República, durante el llamado “bienio negro”… En cuanto se impuso la derecha por vía democrática, se lanzó a desmontar todo lo que el gobierno de Azaña había intentado (con sus grandes dificultades, de las que no era tampoco inocente esa misma derecha cerril), principalmente en los avances en las relaciones laborales. Había broza y puso el fuego en la seguridad de que las fuerzas represivas controlarían el incendio. La derecha civilizada intentó advertir del peligro, mas la soberbia amasada de siglos no atemperaba a los otros. Cierto, el fuego se controló siquiera momentáneamente. Mas todo estalló luego en un incendio formidable, que ya no se pudo parar (máxime, porque muchos de los bomberos se habían tornado en pirómanos).

Supuestamente la guerra civil se hizo inevitable.

Ahora se confía también en la represión. En el control. Lo que se está haciendo en estos días es ir en esa línea. A quienes protesten o emitan sus proclamas inflamadas, se les penalizará duramente, aunque en muchos de sus escritos, discursos o mensajes habite la razón y el deseo de justicia. Aunque el personal se sienta pisoteado, despreciado, robado, habrá de callar. Aunque observe el espectáculo de la corrupción y de la mentira descarada, habrá de callar. Aunque esté en permanente zozobra, en inestable trabajo, aunque se le aprieten más las condiciones laborales (cuando las tenga), habrá de callar.

Porque, al igual que Hitler cuando ganó las elecciones, los supuestos diez millones de votos les dan a nuestros gobernantes carta blanca para decidir de nuestras vidas, de nuestras haciendas, de nuestro porvenir y el de nuestras generaciones. Sin rechistar. Quienes tienen la sartén por el mango son estos de ahora (y de siempre, que reverdecen sus brotes y vástagos) y esta involución presupone espíritu de permanencia ante lo que no deben dar explicaciones de nada ni a nadie. Y punto.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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