Nuevo encuentro de los Sánchez Cortés en Francia, 10

24-01‑2011.

DÍA 15 DE AGOSTO, DOMINGO
Al final, no he retomado la crónica de estos dos últimos días, cuando yo pensaba ya que ha habido muchos mandados y cosas que hacer en Úbeda, además de deshacer las maletas, forrar libros, ir a bancos y a Peal de Becerro con el primo Antoñito. En fin que hoy, miércoles día 18, al filo de la media noche, retomo estas memorias de viaje.

Nos hemos levantado todos más o menos temprano. Yo, especialmente, he estado retocando la crónica en el ordenador para hacer hora y almorzar. Por si no estábamos bastantes en el chalé, los amigos de Guillermo Daniel, ayudante de piloto de avión que calculaba la ruta y que ha viajado mucho por todo el mundo, estando ya jubilado a sus 48 años, y su esposa han pernoctado, en la tienda de campaña que ellos mismos traían, en el jardín del chalé y se encuentran tan frescos.
Margui, Nicolás, Christiane, Guillermo, Fernando y dos amigos: Daniel y esposa, en la Sala de los Ilustres del Ayuntamiento de Toulouse.
Hasta que todo el batallón se ha puesto en orden, nos han dado más de las diez de la mañana. Después de desayunar y asearnos, todos hemos partido en dos coches para, por fin, ver Toulouse en lo que nos dé tiempo y matar el gusanillo de haber venido a esta gran ciudad que, por pocas, nos vamos sin verla. Antes yo había llamado a Úbeda para saber cómo se encontraban en las tres casas…
Antonio entre dos amores: los dulces y los libros antiguos.
En el coche de Guillermo iban él y su esposa, así como Nicolás, Daniel y su esposa; y en el nuestro, que marchábamos detrás, los tres peregrinos españoles que habíamos ido a visitar a los “Sánchez Cortés” franceses en este nuevo año santo compostelano.
Entramos despacio por sus calles, donde vimos diversos canales que son característicos de esta inmensa población de cerca de dos millones de habitantes, más casi otros tantos de los pueblos que forman su conurbación.
Vimos algún que otro mercadillo callejero y la multirracialidad que esta ciudad alberga, donde el moro también abunda. Llegamos a la Plaza del Capitol, donde hay un aparcamiento subterráneo de varios pisos que nos sirvió para recordar cómo se puede hacer uno sin tener que poner la puerta de metro como en la Plaza Vieja de Úbeda… Vas entrando al aparcamiento de Toulouse y ni te enteras…
Hacía un día muy fresquito y con momentos y ráfagas de lluvia que más parecía un día de invierno que de pleno mes de agosto. Luego, a pie, visitamos el Capitol, que es el Ayuntamiento de la ciudad construido en el siglo XVIII, donde nos encantaron las estancias abiertas para la visita gratuita del público, todas ellas ornadas de cuadros preciosos, donde abundan los desnudos femeninos y las esculturas, especialmente en la Sala de los Ilustres, donde se casan diariamente ‑por lo civil‑ más de 30 parejas, según nos comentaron nuestros anfitriones. Margui fue leyendo y deteniéndose en cada cuadro o sala, aprovechando la cámara digital para inmortalizar, con o sin personajes humanos visitantes, todo lo que le pareció más característico.
En la Place du Capitole, un día de lluvia de agosto…
Aprovechamos para hacernos fotos en la conocida plaza, recordando Margui y yo, cuando vinimos con los “Amigos de los Castillos” para visitar Los Castillos del Loira, que pernoctamos una noche aquí. También teníamos en la memoria la irrepetible Plaza del Capitol y de los Canales, entre otros lugares de esta bella urbe, que es la más parecida a las de España de todas las ciudades francesas, y que se la conoce con el nombre de “Ciudad Rosa” por el ladrillo que usan en sus construcciones.
Andando, nos adentramos por la calle principal que nos conduce a la Basílica Saint‑Sernin, con su torre característica, que en el pasado y mencionado viaje visitamos por fuera y de noche, da la que tenemos fotos que así lo atestiguan; pero que ahora, al ser de día, pudimos visitar detenidamente con Margui de improvisada y magnífica guía.
En las afueras de la catedral había otro mercadillo donde se vendían muchas cosas, entre ellas libros, por lo que Antonio prefirió quedarse sin entrar en ella y, al final, compró un misal del siglo XIX ‑muy barato‑ para su extensa colección bibliográfica. Nosotros admiramos esta construcción que tiene cierto parecido, en sus arcos y estructura, a la Mezquita de Córdoba y donde vimos que también los patrones de la ciudad andaluza estaban allí representados: San Acisclo y Santa Victoria. Guillermo nos invitó a entrar en la cripta. Sus amigos, Daniel y esposa, se quedaron fuera, deambulando por el mercadillo y no entraron a la catedral. También echamos bastantes fotos dentro de ella, que luego enviaremos a familiares y amigos; pues ¿qué es un viaje si los familiares y amigos no lo comparten?
Primer plano del tatuaje de Guillermo.
En amor de crepería. Un peregrino a las puertas de Saint–Sernin.
A la salida, volvimos a encontrarnos todos y ya nos quedamos en la calle principal a comer, pues era más de la una de la tarde, en una crepería donde Guillermo nos invitó a todo. Pasamos un rato agradable comiendo dos crêpes, una de primer plato y otra de segundo o postre que nos supo bien, mientras veíamos pasar y deambular todo tipo de personas: turistas franceses, extranjeros y de todas las razas y nacionalidades, en una amalgama impresionante ‑y normal‑ en esta ciudad encantadora, pero que se ve mucho más sucia y menos cuidada que Burdeos, de la que quedamos impresionados. Es otra compostura distinta y otra forma de cultura que, aunque francesa, está más influenciada por la española y magrebí. Antes habíamos comprado unos regalos para las que se quedaron en casa y después, ya lloviendo, volvimos a comprar más regalos para que cuando llegásemos las tuviésemos contentas…
En una de las calles principales de Toulouse.
Sobre las tres y media nos fuimos hacia el aparcamiento, que nos costó nueve euros y medio, e hicimos el viaje de vuelta hasta Beauzelle, donde nos esperaban los perros y la gata. Mientras nos despedíamos y cargábamos el coche, estibándolo, como siempre, Antonio el experto, eran más de las cinco de la tarde cuando tomamos rumbo a nuestro destino: Burgos.
La despedida fue muy cordial, especialmente la de Guillermo que, aunque estaba eufórico y triste a la vez por nuestra partida, es muy familiar. Los abrazos y besos los repartió muy efusivamente.
Teníamos más de quinientos kilómetros por delante, que habíamos de cubrir antes de que fueran las once de la noche, que era la hora a la que nos pedían llegar para guardarnos las habitaciones. Margui llamó al hotel para decirles que, a lo peor, llegaríamos más tarde de las once y que nos guardaran las dos habitaciones que teníamos reservadas. Ellos le dijeron que lo harían sin problema, pues tienen la cláusula de las once de la noche porque hay gente que, después de reservar la habitación, no llama ni se presenta y es entonces cuando le cargan el precio a su tarjeta de crédito.
En la Cripta de Saint‑Sernin.
Ya más tranquilos, Antonio fue llevándonos por la autopista que nos conducía a la frontera con España mientras, cada dos por tres, nos paraban para cobrarnos peaje. Menos mal que no había “bouchon” y que el viaje y comidas nos habían salido baratos ‑o gratis‑; si no, tendríamos que vender el coche para pagar tanto peaje. Pasamos cerca de Lourdes que, en otro viaje anterior, también visitamos y que, por entonces, poco nos gustó, especialmente por el montaje que tienen montado, valga la redundancia…
Y, como no podía faltar la anécdota del día, ahí va: estuvimos en un tris de quedarnos sin gasóleo con el consiguiente disgusto por parte de todos y, especialmente, de Margui, el ama del coche. Resulta que quedaban dos quesitos ‑como ella le llama a las subdivisiones que hay en la regla del cuadro de mandos que indica la capacidad de gasóleo que se dispone‑ y, creyendo que eso iba a durar más, pensábamos también que cada dos por tres habría gasolineras en la autopista, como en España. Y nos equivocamos de plano, pues ni había gasolineras desde que salimos de Toulouse ni nos duró tanto el depósito, por lo que llegó un momento en que hubimos de optar por salirnos de la autopista y buscar en un pueblo cercano una gasolinera; pero, como era domingo, todas estaban cerradas. Menos mal que encontramos una abierta y pudimos respirar, pues nos veíamos varados en medio de la autopista y sin poder llegar a nuestro destino. Gracias a que todo se solucionó, pudimos reemprender el viaje, ya más tranquilos, sin que Antonio quisiese dejar el volante, pues se encontraba fresco tras haber tomado un café en el desayuno. Fuimos avanzando, con ansias de pasar el País Vasco para llegar a Burgos, pero necesitábamos hacer alguna parada para ir al servicio y estirar las piernas; al final, poco antes de salir de esta región española, no tuvimos más remedio que parar en una área de servicio que se encontraba abarrotada, con tres o cuatro autobuses que allí habían desembarcado.
Aquello parecía la guerra de Corea, por lo que optamos, sin ir al servicio y solamente estirando un poco las piernas, por salir pitando.
Desde allí ya cogí yo el coche y lo llevé hasta Burgos, que distaba poco más de cien kilómetros, adonde llegamos sobre las once de la noche. Como ya estaba todo cerrado, pedimos una pizza familiar para que nos la trajeran al mismo hotel y eso es lo que cenamos, en la propia habitación.
Cuando entramos en las habitaciones 405 y 406 del hotel Marqués de Berlanga, no nos lo podíamos creer: qué limpieza, qué espaciosidad, qué camas más cómodas y limpias. Total, que nos acostamos y, casi de un tirón, dormimos hasta las nueve en que sonó el despertador.

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