Un comentario sobre «La familia de Pascual Duarte», 1

¿Cómo consigue Cela acercarnos a Pascual Duarte, hasta comprenderle y casi justificar su criminal circunstancia? Por encima de cualquier interpretación patológica, existencial, moral o tremendista, queda esa pregunta. Porque es la que se dirige en profundidad a la justificación de la misma novela.

No hay que engañarse: la novela es Pascual. Justificar a Pascual es dar validez a lo que cuenta y hace; hacerle personaje vivo, impasible o tremendo, cercano y entrañable (sí: entrañable). Lo otro es más accidental. Duarte se tiene que mover en un entorno social y moral primario, del que no puede distraerse, una vez empezado el rumbo fatal de su vida.
La justificación de sus crímenes tiene que provenir de un análisis de fuera a dentro y viceversa. Las fuerzas externas vienen dictadas por las demás personas. Las internas las modula el mismo Pascual. En el plano externo, podemos estudiar el ambiente social, la moral que obliga a los personajes, revisar lo patológico que puedan encerrar estas personas, o acuciarnos por ese morboso y fatal tremendismo que persigue al narrador Pascual.
Bien; pues todos ellos parecen distantes del Yo del protagonista. Toda la novela es maldad y arrepentimiento. Maldad de las personas con Duarte y de este con ellas; arrepentimiento constante de Pascual, ya por su crueldad, ya por su pasividad impotente en determinadas tensiones.
Y es que en Pascual Duarte encontramos un doble Yo: uno, instintivo, racial; otro, libre y tímido. El ambiente presiona entre ambos, hasta hacerlo saltar descompuesto. Está claro que debemos condenarlo. Pero, aunque comprendemos que debe ser así, también nos inquieta la duda: ¿ese fatalismo, de que hace queja el protagonista, tiene que llevarlo indefectiblemente al crimen?; ¿por qué es tan fuerte su impotencia y su conformismo a veces?; ¿no ha podido Cela modificar estas circunstancias, o es un ingrediente inmerso en su alma inculta, e intocable, por tanto?
Es la intimidad de Pascual la que nos inclina a comprenderlo. Y en ella nos queda diáfana la anterior distinción: Pascual Duarte tiene un agradable Yo, recatado y tímido, que se aparta del mal; pero también un patológico Yo asesino.
Acabamos de afirmar que debemos condenarlo, como hace la Justicia. Pero esto queda muy fuera del hombre. La Ley es una realidad impuesta para convivir, pero no sirve en absoluto para premiar. Cambiemos los términos. Supongamos que la muerte no es un castigo, sino el premio que Pascual se merece. ¿Premiamos así su desgraciada vida y nos premiamos nosotros con ello?
Quiero ir al convencimiento de que la Justicia se queda a niveles muy superficiales de criterio. Sus veredictos son un cumplimiento de la Ley del Talión. Las implicaciones humanas que aparecen en la novela no cuentan para ella. Luego, a nivel externo, muy externo y muy superficial, la sociedad mata a Duarte y está bien. Pero quizás cada uno de nosotros no nos atreveríamos a llevarlo al garrote vil. Claro que nosotros tenemos conocimiento de las razones más íntimas de este hombre.
Esto parece tan brutal como la misma novela. ¿Qué bondad puede tener un hombre que mata a su madre? Me atrevería a indicar que el peor defensor de sí mismo es Pascual, por no saber explicarnos lo que su madre es para él. Lo insinúa, lo apunta en cuatro borrones de opinión. Él sabe que aquello no va, y le basta. Comprende que su madre tiene mal de entrañas; pero a nosotros, lectores asombrados que lo seguimos en su trágica pelea con la vida, nos quedan cortas sus impresiones. Y otra vez la duda: ¿puede Cela cambiar las cosas?; ¿se autolimita?; ¿cumple con las formas que ha imaginado desde un principio? La novela está ahí, lineal, y hay que aceptarla en su simplismo.
«Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo». Así empieza. Esta afirmación de un hombre condenado ya a muerte, tiene valor de documento. Debemos aceptarla en lo justo, porque previamente nos ha dicho en una carta «quiero descargar, en lo que pueda, mi conciencia con esta pública confesión, que no es poca penitencia».
La novela es una sucesión de matanzas. Al fondo, queda dibujado un estrato social deprimido, agrícola o proletario. El tono moral queda a nivel de unos principios mínimos, de ley natural, mezcla de creencias religiosas algo supersticiosas y de trasgresiones violentas a normas de respeto tan elementales como el honor, el pudor o la vida.

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