El internado, 5

02-09-2010.
José Luis Carrascosa realiza la siguiente evocación de su vida en el internado:
Fui externo en los jesuitas de la calle Morales hasta el penúltimo curso (con don Antonio Sotomayor). Con ocho años pasé al internado; si no me equivoco, el curso 1956-1957.
Mi padre tenía mucho interés, porque decía que era muy nervioso y los jesuitas en el internado «me meterían en vereda». Mi madre lo aceptó, porque siempre pensó que la mejor educación, sobre todo en lo referente a la conducta, se impartía allí.

El padre Pérez y dos profesores me hicieron las pruebas previas de aptitud, con algunas operaciones matemáticas y preguntas como «¿Quién tardaba menos tiempo en llegar a la estación, la locomotora o el último vagón?» o «¿De qué color era el caballo blanco de Santiago?». Por cierto, entonces yo iba con el brazo escayolado, por una fractura que me hice, saltando sobre los rosales del quiosco de la música, y tuve que escribir en la pizarra con la mano izquierda.
Don Rogelio era argentino y un día nos dijo en clase que los españoles no teníamos nada de qué presumir con nuestra historia y que, en Argentina, los trigos eran mucho más altos. Aquello me mosqueó y, con el tiempo, me hizo pensar. Contraataqué y le bordé un examen de Geografía. Fue mi primera nota destacada.
Siempre que los niños íbamos de la clase al campo de juego, al comedor, a la iglesia o a los dormitorios, había que marchar en fila de uno, en silencio y mirando hacia adelante. Don Rogelio tenía una libreta, donde te apuntaba si hacías algo incorrecto. Una vez me sancionó, por mirar hacia atrás en la fila, con no ver a mis padres, en su visita de los domingos, durante un mes. Pero mi madre lo arregló (todavía no sé cómo) y pude estar con ellos.
Me encantaban los juegos que nos enseñaban. Por ejemplo, el de las banderas. Cada equipo, con capitán, ayudante y soldados, tenía que tratar de arrebatarle la bandera al contrario. El orden casi militar era evidente en todo.
También se organizaban partidos de fútbol con las otras escuelas del pueblo (ganábamos siempre los internos).
En primavera, como cosa excepcional, nos llevaron en un camión a ver el nacimiento del río Segura. A cada uno, nos dieron un bocadillo de jamón. Fue una excursión fantástica, aunque con muchos mareos.
En el salón de estudios el silencio era absoluto. Alguna vez se hizo un acto literario. Recuerdo que Antonio Tornero (era externo) recitó “Margarita está linda la mar” con gran éxito. En clase compartí pupitre con Faustino Fraile, que ya entonces hacía figuras con los trozos de tiza. Todo un artistazo y estupendo amigo. Otro buen compañero fue Matías Molina Navarrete. En cambio, uno de El Centenillo me la tenía jurada, porque no lo dejé copiar en un examen y trataba de hacerme la vida imposible.
Una vez que me puse malo, las cocineras me hicieron un puré de patatas, con un chorreón de aceite, para cenar. Aquello hizo creer que estaba enchufado.
Me chocaba la pobreza de algunos alumnos internos, casi todos de fuera de Villanueva. Uno, que era bastante bruto en los recreos, me dijo «Dame algo», cuando vio que guardaba algunas cosas de comer que me había traído mi madre. Aquello también me impactó mucho.
El día del Corpus salimos en la procesión del pueblo y yo conseguí ir de monaguillo, con unas campanillas triples que me encantaban. Las fiestas de fin de curso eran apoteósicas. Se unían internos y externos y venían los familiares. A mí no me premiaron nunca, por mi comportamiento “rebelde”, lo que contrariaba a mis padres, que me lo echaban en cara: «Con lo listo que eres y vas y lo estropeas». A lo máximo que llegué fue a cantar en el coro.
Al acabar el curso, nos dijeron que se cerraba el internado. Estaba previsto que yo estuviese un año más y marchase a Úbeda a la Formación Profesional. Los planes cambiaron y, gracias a eso, tuve de profesor a don Ricardo en las Escuelas Nuevas. Un año sensacional, que acabó con el aprobado de mi ingreso en Bachillerato.
El año del internado en los jesuitas me marcó pero, al contrario que Almodóvar, no pienso que aquello fuese La mala educación. No presencié ni tuve noticia de ningún episodio de abuso sexual. Sí que recuerdo que me asustaba bastante con lo del demonio y el infierno. En todo caso, el sentido de la disciplina, que me ha sido valiosísimo en la vida, lo adquirí aquel año. Así mismo, el gusto por la lectura y la capacidad de concentración. El balance, por lo tanto, me parece ahora de notable alto.

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