Melanipo

27-08-2010.
Pero estábamos hablando de Melanipo, creo. El hijo mayor de mi padre Crises y de su mujer Dica. Junto a él me instruí en el arte de la guerra, con otros compañeros de la misma edad: Yolao, el de los bucles negros y los párpados siempre cansados de sueño, hijo de Epiménides, impulsor de la nueva muralla de la ciudad, y que murió en la miseria, según supe más tarde, a causa de las cuantiosas deudas que contrajo con los canteros de Eubea; Biaquis, el de tobillos tan ágiles como los de las muchachas, hijo del perfumista Cariadis ‑venido de la ciudad de Helo cuando Esparta la destruyó‑ y proveedor de las principales familias no sólo de Paros, sino de todas las islas pobladas del archipiélago; Folo el bizco, de suave voz y pulso

firme para el arco, hijo del médico Demócedes, que atendió en los partos a Dica, la mujer de mi padre, siempre muy difícil a la hora de alumbrar por la estrechez de su cadera, y a mi madre, cuando quedó preñada de mí, que, aunque esclava, mi padre quiso que recibiera los mismos cuidados que su mujer legítima; Peleo el citarista, joven de alargados muslos, excelente nadador, cuyo padre era armador de barcos, al que nunca conocí; y Foco, rubio y blanco como una cordera lechal, huérfano del juez Palamedes, muerto violentamente en la revuelta que hubo la víspera de las fiestas dedicadas a Dioniso, a causa de las elecciones de arcontes, cuando el niño apenas contaba seis años.

Melanipo era experto en el manejo de la lanza y en el combate de espada. Su cintura se quebraba al evitar el ataque fingido de algunos de nosotros. Con el yelmo parecía un dios guerrero pero enano, un caudillo heroico en miniatura. Casi con furia celeste se lanzaba contra el escudo de Yolao repetidamente, a izquierda y a derecha, como en una danza, arriba y abajo, para desorientarlo, sin dibujar los golpes. Nunca adivinábamos por dónde nos llegaría su machetazo. Su esgrima era casi perfecta y Efialtes, nuestro maestro de armas, apenas tenía que corregir sus movimientos: la excesiva curva de su hombro, el juego algo rígido de su brazo, la posición de la pierna adelantada, la colocación del escudo, el leve retraso al retraer la espada a su lugar, el giro equivocado del mentón, la excesiva confianza con que ofrecía al enemigo su cabeza. Si acaso, tendría entonces doce años. Sin embargo, su fuerza y excelente esgrima no se veían complementadas con la precisión en el arco. En esa disciplina siempre destacó Folo, “el Bizco”. Su defecto no le restaba tino ni exactitud con la saeta. Tensaba el arco, apostaba firmemente la pierna izquierda, curvaba el brazo en la medida justa y la flecha llegaba siempre al corazón del objetivo. A pesar de ser de la misma edad, aventajaba a Melanipo en dos palmos, pero no tenía su dureza. Su cuerpo lacio y su dulce voz de doncella le acarreaban nuestras despiadadas burlas.
Efialtes seguía el endurecimiento de nuestros músculos con la misma atención que una madre vigila el peso de su recién nacido. Con la carrera, nos procuraba elasticidad y firmeza en las piernas y ritmo en la respiración, tan necesarios para el combate; para los brazos nos prescribía ejercicios de pesas que sirvieran para endurecer también los músculos de la espalda y del pecho; con la natación se completaba la flexibilidad general de nuestro cuerpo. Después de los ejercicios violentos, y para relajarnos, con un pandero de pellejo de cabrito, acompasaba unas danzas monótonas que ejecutábamos desnudos, en círculo, en torno a él, con las manos en la cintura, los ojos cerrados, dejándonos llevar por el ritmo, por el sonido del pandero, por la imaginación, sin un orden preestablecido.
Mucho antes que nosotros mismos supo él que habíamos llegado a la adolescencia y fue el primero en gozar de nuestros cuerpos.
No fui yo aventajado en la esgrima, ni en la carrera, ni en el arco; pero sí era al último a quien rendía la danza, pues el ritmo es algo que siempre sentí dentro como un caudal de un río secreto o el aleteo de un ave que emigra. Tal vez por eso recibí el primero sus caricias, y porque mi piel era más oscura y se estiró con más flexibilidad. Cosas semejantes las he oído relatar a los viejos y nobles maestros de esgrima en invierno, sentados en blandos almohadones, junto al fuego, después de haber comido bien y estando bajo el sopor amable del dulce vinillo y royendo garbanzos asados, si conservaban aún en su sitio las muelas, o saboreando unas rosas de miel y trigo. Todos daban pelos y señales de las gracias de sus discípulos predilectos. Algunos llegaron a ser heroicos generales y otros reputados arcontes. Debo decirte que estas monsergas de viejos caducos me hastiaban entonces, pues era yo muy joven y no veía próxima mi vejez.
El que tú, mi joven Cirno, estés escuchando estas palabras mías en este rincón de taberna, entre el vaho de los sudores de las rameras, los eructos de los borrachos y los humos de las lámparas infestas, el tufo del pescado rancio y los tumbos de los marineros que entran y salen buscándose a sí mismos, no viene a cubrir otra cosa que el ceremonial de las contradicciones; de esas de las que antes te daba noticias. Tu juventud y gentil porte contrasta con estos despojos del naufragio; pero ten presente que, bajo estas máscaras que somos, hay una razón única, tal vez la misma para todos, aunque con sus ligeras diferencias, que ahora no viene al caso relatar.
De los hijos varones de Crises y Dica sólo Melanipo prosperó. Arcesilao, tan diestro en la limpieza de las flautas y en el afinamiento de la lira, apenas cumplió los once años. Fue cuando el tiempo de las fiebres de Taras, en el que fue preciso incendiar fuera del muelle, en pleno mar, los barcos de aquella ciudad que habían traído un cargamento de cereal, y algunos de sus remeros, aún vivos, tenían los síntomas de la fiebre. Nadie clamó por aquellos hombres sacrificados al fuego; es más, parecían aquellas llamaradas un castigo justo. Fue un espectáculo gratuito para la isla. Pocas voces se alzaron piadosas; menos se oyeron condenando aquella decisión inhumana. Una hoguera surgía de las aguas y se reflejaba en ellas. Durante algún tiempo se escucharon, confundidas, las voces de los marineros y el crepitar de las llamas.
Dica quiso culpar de la muerte de Arcesilao a Sirialis, mi madre, por haber dado deliberadamente a beber agua infecta, y exigió de Crises que del mismo cántaro me diera a probar. Dica no quería reconocer que Arcesilao llevaba la muerte dentro, a pesar de su poca edad, y al que se la había cumplido su tiempo sobre la tierra; y la mía, hoy ya escasa, era entonces larga, aunque imprevisible. Quizás Melanipo, recordando la acusación de su madre, cuando Efialtes nos emparejaba en el combate, se empleaba con mayor bravura contra mí que contra los otros compañeros. Yo me dejaba herir por sus golpes para que luego, en la danza, Efialte lamiera mi pómulo herido, mi mentón, mi ceja o mi hombro.

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