El fulgor de la juventud, y 2

29-05-2010.
Junto con Melanipo y Arcesilao, hijos de Crises y Dica, me entregaron al anciano maestro Cleotas, que tenía una escuela al otro lado de la ciudad, junto a los juncales de la ribera, pasado el primer cuerpo de muralla, y una casa pegada a la escuela y recostada sobre un ribazo en donde solía recogerse a la caída del sol una bandada de tórtolas que él mismo alimentaba con semillas de majoletas y arvejones.

Cuando el sol estaba en la mitad de su carrera, Cleotas nos subía a la terraza y, bajo un toldo de cañizos, nos repartía una torta hecha de harina con higos secos y almendras, que él mismo metía en el horno y que con el tiempo fue enseñándonos uno a uno a cocer, y nos daba a morder raíces de apio silvestre o de hinojos. Algunas veces, lo acompañábamos al bosquecillo a cogerlas. El nos instruía en el arte de la observación, y nos descubría los secretos para encontrar las raíces más sabrosas. La torta de higos y almendras la sustituía algunos días por carne de pescado seca al sol y salada.
Melanipo era diestro en trenzar la esterilla de junco sobre la que Cleotas oreaba el pescado, pero torpe en el arte de tocar la flauta y pulsar la lira, aunque muy eficaz para retener en su memoria largos pasajes de los cantos de Homero, himnos y leyendas. Se los hacía repetir ante nosotros y en tan tierna edad que aquellos versos nos oprimía el ánimo:
Pero de todo lo que se agita y respira en la tierra
no hay ser más digno de lástima que el hombre.
A mí, a la edad de siete años me hizo aprender el pasaje en que Aquiles dice al sufrido Príamo:
Así tienden los dioses el destino a los pobres mortales
para que vivan en sufrimiento.
Cuando nos quería aleccionar sobre la veleidad de la fortuna, acudía a la vieja interpretación del bien y del mal. Nos explicaba que en el umbral de Zeus hay dos urnas: una llena de bienes y otra llena de males; que dichoso era el hombre que recibía una mezcla de ambas, aunque no en equidad; y desgraciado aquel que recibía sólo de aquella de las desgracias, ya que siempre se vería perseguido por la adversidad. El tercer caso, el que un hombre fuera agraciado sólo con la urna de los bienes, no se consideraba nunca, por imposibilidad matemática.
Dicen que cuando más virgen es la cera más fácil es inscribir en ella. Si demasiado tierno era nuestro corazón como para dejarse anonadar, más maleable era nuestra memoria, y fresca, como para poder retener aquellos versos y no entregarlos al olvido. Puedo decirte, amigo mío, que me es más fácil repetir todo cuanto pasó en aquellos años y otros más tardíos de mi juventud, incluso pasajes difíciles de poetas ya desaparecidos, que recordar los versos míos que anoche mismo escribí a una puta, que por caridad me acogió en su cama sin pedirme nada a cambio. Lo que delata a la claras mi irremediable vejez.
Con aquellos cantos y con aquellos himnos me entristecía, sin poder encontrar razón alguna, y me ensimismaba en una contrición de ánimo que no encontraba en Melanipo y Arcesilao. Luego comprendí que bien podía obedecer a mi calidad de mestizo y a lo que luego sería mi predisposición para la poesía. La parte que había en mí de pario se adecuaba a las enseñanzas, pero la parte de sangre extraña rechazaba aquellos pronunciamientos que no mantenían raíces firmes y se marchitarían.
Arcesilao siempre permanecía en silencio, como ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor. Podría tenérsele por mudo, aunque su voz, cuando la dejaba oír, era tan musical como débil, semejante al lamento de una paloma moribunda atravesada por el dardo del cazador. Me complacía escucharlo. Cleotas le encargó la selección de las cañas para fabricar las flautas y el tensado de las cuerdas de las liras, así como el cuidado de la carne de pescado puesta a secar al sol en la terraza, sobre las esterillas de junco.

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