Las décadas, 15

25-03-2010.
Mágina, 15
Era la primera vez que se veían después de las vacaciones de Semana Santa.
—Pues te juro que yo no le he dicho nada a nadie —te repetía Antonio Lanzat, cuando le contaste lo sucedido.
—Ya sé, Antonio, que puedo confiar en ti. Si te he contado lo que ha ocurrido no es con ánimo de hacerte un reproche, sino sencillamente para que estés enterado del asunto.

—Además —prosiguió Lanzat, queriendo dejar en claro su total inocencia—, yo he pasado las vacaciones en Coín, con mi familia. No; no me explico qué puede haber pasado durante esta Semana Santa.
Como todos los sábados, por la mañana, tras las vacaciones de Semana Santa, don Antonio Domíguez reunía al equipo de la selección Safa para el entrenamiento o para la preparación de algún encuentro próximo. Y, efectivamente, dos domingos después irían a jugar a Villanueva del Arzobispo, el pueblo en donde se dice que vivió un tiempo el Cervantes recaudador de impuestos, que por él pasaron Santa Teresa y San Juan y en donde, siglos después, nació el primer brote de las Escuelas de las Sagrada Familia. Y era también el pueblo de “La Pava”, como contaba una maliciosa tradición oral. Resulta que, durante unas Navidades, a unos vecinos de Iznatoraf, aldea que está situada a unos centenares de metros por encima de las alturas de Villanueva, se les escapó un pavo que estaba destinado a alegrar los estómagos durante el San Silvestre. Con las alas desplegadas, el buen gallináceo, buscando la libertad, se lanzó al vacío, planeó unos instantes, describiendo círculos por encima de la iglesia parroquial de San Andrés. Los vecinos de Villanueva ‑recalca la socarrona leyenda‑, creyendo que era el Espíritu Santo, salieron en procesión, rezando por las calles del pueblo. Hoy, nadie pone en duda que todo fue un invento de algún vecino procaz de Iznatoraf, cuando hacía unos cientos de años las rivalidades entre su aldea y Villanueva de Arzobispo se enconaron de mala manera.
Naturalmente, a los villanovenses no les gustaba que los llamaran “pavos”. En el Quinto curso de Magisterio había un “pavo” a quien, por su pausado andar con el prominente mentón inquisitivo, por su manera de hablar reposada y, a veces, petulante y, finalmente, por ser un sabelotodo y cuentalotodo, lo apodaban “El Maestro”. Andando el tiempo, llegaría a ser durante años alcalde de Villanueva. Pero según se pudo leer en periódicos provincianos, la historia de este “pavo” no terminó como él hubiera deseado.
Pues bien, el equipo de la selección Safa iría a enfrentarse en menos de quince días con el del Villanueva del Arzobispo, el pueblo fundador de las Escuelas Safa. El entrenador, don Antonio Domínguez, por jugarse este encuentro en el pueblo de la “Casa madre”, quería preparar con especial cuidado ese partido. Todos los seleccionados, titulares y suplentes, concurrieron en el campo de fútbol de la Primera División. Como de costumbre, cuando se entrenaban, los dos amigos vagueaban juntos durante la fase de calentamiento, correteando de un lado a otro a lo ancho del campo de fútbol.
—Pues te puedes imaginar, Coíno —le decía el amigo de Villajara mientras correteaba a su lado—, ya te puedes imaginar cómo fue el primer día de clase con el cura Nieto. Ni siquiera, al entrar, nos dio los «Buenos días». Se colocó erguido delante de su sillón, se notó que bajo la sotana negra entreabría las piernas y, apoyando los nudillos de los puños en la mesa, espetó esta frase que, como un navajazo, recuerdo palabra por palabra: «¡Estoy al corriente de todo y os aseguro que las vais a pasar canutas!». Un como escalofrío remontó por nuestra espina dorsal hasta la nuca. La cosa terminó, como te he dicho, haciéndome el haraquiri porque, a fin de cuentas, el responsable y, por lo tanto, culpable del asunto era yo. El padre Nieto me respondió: «Pues ya sabes lo que te espera» e, inmediatamente, sin decir nada más, se fue. La hoja de la puerta del aula estuvo abanicando el aire durante unos segundos.
—Pero, ¿cómo es posible que se haya enterado? Te digo que el cura Nieto no se puede haber dado cuenta de nada —y el Coíno interrumpió de pronto su trote. Porque el Coíno, cuando quería llamar la atención de su acompañante sobre lo que iba a decir, se paraba en seco, ponía su mano sobre el antebrazo o el hombro de su interlocutor y lo obligaba a detenerse—. En serio te digo y te redigo —insistió— que dejé el cuaderno de las pastas verdes en el sitio exacto donde lo encontré, y el cajoncillo también lo cerré como estaba. El único fallo mío quizás fuera que se me olvidó cerrar la ventana. No me lo explico; de verdad, que no me lo explico.
—Te repito, Coíno —y reanudaron el trote—, que tú no has cometido ningún error. Y lo de la ventana entreabierta no es, ni mucho menos, un indicio que le permitiera al padre Nieto sacar conclusiones. Sin embargo, la realidad se impone; y esa realidad dice que el ex legionario se ha enterado. Lo cual significa que alguien se lo ha dicho. Y el único que lo podía saber o, mejor, los únicos que lo podían saber eran, además de nosotros dos, los compañeros de curso. Recuerdo que, durante la filípica que nos echó, el padre Nieto dijo esta frase que me llamó la atención: «Todo se termina sabiendo, porque todo consiste en saber preguntar a la persona adecuada». ¿A quién le habrá preguntado? ¿Y preguntarle qué, si él no sabía nada en concreto?
—Pero, joder, hombre —y abriendo esta vez los brazos, el Coíno se paró de nuevo—, no me vengas ahora con que alguien de tu propio curso nos ha traicionado.
—Nada de «nos», Coíno: a ti nadie te puede traicionar en este asunto, porque de ti nadie sabe absolutamente nada. Tú pasaste la tarde del domingo encerrado en el cuarto del padre Nieto y punto. Lo demás son conjeturas que nadie puede demostrar. Por lo tanto, tú tranquilo. Y sigamos corriendo, que Domínguez se va a enfadar con nosotros… Mira —continuaste—, también a mí me cuesta pensar que un compañero nos haya vendido. Además, el padre Nieto será lo que sea, pero un legionario, aunque sea un ex, no acepta ni engaños, ni chivatazos, ni traiciones. Pero, ¿y si, en vez de alguno de los nuestros, se lo ha dicho alguien de los Profesionales?
—Pero, ¿cómo va a ser uno de los Profesionales, si acabas de decirme que sólo estaban al corriente los de tu curso?
—Pues sí; porque lo que no es imposible es que alguien de mi curso se lo haya contado a alguien de los Profesionales, y que este, a su vez, haya ido con el chisme al padre Nieto —y, como pensando en voz alta, añadiste—. Aunque, también puede ser que, sospechando algo, el ex legionario le encargara a alguien de los Profesionales que sonsacara durante las vacaciones de Semana Santa a alguno de mi curso. Lo cual significa que el cura Nieto tenía claro que, tanto quien sabía lo que pasó (es decir, alguien de tu curso) como el que preguntaba (es decir, el espía), tenían que ser del mismo pueblo y que se verían durante esta Semana Santa.
—¡Oye, muchacho! —dijo el Coíno, volviéndose a parar en seco—, tú te estás montando una que ni el “Cherol” Holmes ese de las películas…
—¡Eeh, vosotros dos! —se le oyó clamar al entrenador, don Antonio Domínguez—. ¿Estáis de entrenamiento o estáis de cháchara? ¡Venid para acá!
—Oye —le dijiste al Coíno—, es mejor que lo dejemos para otra ocasión. ¿Qué te parece si nos vemos mañana por la tarde, en la Plaza de Santa María?
—De acuerdo. Alrededor de las tres, junto a los leones.
—¡Espera! —le preguntaste al Coíno, señalando a uno que corría por el campo de fútbol como un desaforado—. ¿Quién es ese nuevo?
—Se llama Aquilino Muñoz. Es del equipo de Profesionales. El padre Nieto le ha pedido a Domínguez que lo ponga a prueba y que, si le parece bien, lo integre en la selección. Aquilino es de Villanueva del Arzobispo y, como dentro de dos semanas jugamos allá…
—¿De Villanueva del Arzobispo?
—Sí. ¿Pasa algo?
—No, nada. Ya te diré. Quedamos en que mañana a las tres nos vemos en la Plaza de Santa María junto a los leones.
Y se fueron corriendo a reunirse con los otros muchachos del equipo; don Antonio Domínguez los estaba esperando para completar los dos grupos y poder empezar el partidillo de entrenamiento.
Las tres de la tarde sonaban en la imponente Torre del Reloj de la Plaza del General Saro, cuando el Coíno bajaba, dando grandes zancadas por el Real. En la Plaza de Santa María de los Reales Alcázares lo esperabas pacientemente, tú, su amigo de Villajara, paseando por el senderillo que custodian los dos leones asentados en sus altos pedestales de piedra, mientras sus grises zarpas sostenían el escudo de Mágina.
En ese mismo momento, tendido sin sotana sobre la cama de su cuarto, el ex legionario y jesuita padre Nieto, se solazaba, rememorando la desagradable escena que les montó a sus alumnos de Quinto curso durante aquella primera clase de Literatura. ¡Qué magnífico órdago se había tirado con ellos! Porque, hasta entonces, de lo único que disponía era de pequeños indicios concretos ‑la zorrería del Coíno, el hilo caído, la viruta desplazada, la ventana entreabierta‑, que le permitían acusarles de haber copiado, pero que le era imposible demostrarlo. Ni siquiera podía considerar como una prueba concluyente el que todos los alumnos hubiesen obtenido buenas notas cuando, normalmente, varios caían. Cómo tenía aún presente, en la memoria, el ansia con que estuvo deseando que, después de haberles dicho cobardes, alguno de ellos se levantara y le dijera que no era verdad, que no tenía pruebas para acusarlos. «¡Ah! ‑recordaba‑. ¡Qué lástima que ninguno se atreviera a protestar!». Porque, de haberlo hecho, le hubiera respondido que la mejor y más rotunda prueba de que disponía la tenían allí mismo en la sala. Delante de sus propias narices. Y entonces, triunfante ‑la cumbre del órdago, pensó‑, les habría señalado con el dedo a aquél que los embaucó y que estaba allí sentado con ellos, temblando por dentro, de miedo y de vergüenza. Pero nadie dijo nada ‑recordaba casi con despecho‑. Nadie se atrevió, ni siquiera, a levantar la mirada. Solamente al final, y ante el ultimátum del suspenso generalizado, se produjo la honrosa autodelatación del que había montado toda la patraña. Porque era cierto: de lo que hizo el Coíno en el cuarto no había ni pruebas ni testimonio alguno. Y fue entonces ‑recordaba el jesuita, con los ojos ya cerrados‑, (el Coíno salía de mi cuarto), cuando imaginé aquella argucia que creí sin fisuras e inapelable: tenía que conseguir que alguno de los directamente implicados confesara por sí mismo y sin ninguna presión que, efectivamente, los alumnos de Quinto curso habían copiado en los exámenes de Literatura. Y el jesuita recordó que, durante la filípica, les había dicho: «Todo se termina sabiendo, porque todo consiste en saber preguntar a la persona adecuada».
Ya, al padre Nieto, le empezaban a pesar con insistencia los párpados, cuando recordó que la persona adecuada podría ser Aquilino Muñoz, un muchacho de Villanueva del Arzobispo que jugaba en el equipo de Profesionales y que estaba deseando que don Antonio Domínguez lo incluyera en la selección Safa para que lo viera jugar la gente de su pueblo. Y así, pensaba el jesuita, fue cómo Aquilino Muñoz se convirtió en el encargado por el ex legionario jesuita de que descubriera el pastel. Para ello, el muchacho tendría que sonsacar a su paisano, aquel que, por ser un sabelotodo y cuentalotodo, sus compañeros de Quinto curso lo llamaban “el Maestro”.
Y, mientras el padre Nieto dormía plácidamente en su cuarto con una semisonrisa dibujada en los labios, el Coíno estaba saludando a su amigo de Villajara, que lo había estado esperando bajo la protección de los leones de la Real Colegiata de Santa María de los Reales Alcázares.

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