Las décadas, 14

22-03-2010.
Mágina, 14
Con el rollito de papel en el bolsillo, te dirigiste hacia el patio de las acacias en donde te esperaba el resto de los compañeros. Hacía una tarde espléndida; tanto, que ya empezaba notarse el agradable calorcillo primaveral. Algunos se atrevieron a ponerse camisa con manga corta. El colegio estaba desierto, porque era usual que en la tarde del domingo los estudiantes de los jesuitas inundaran las calles de Mágina o porque, si el tiempo estaba despejado y la temperatura agradable, los inspectores de turno se los llevaran, ya desde por la mañana, a esparcirse por los campos de los alrededores de Mágina o a visitar pequeños pueblos y aldeas cercanos como Baeza, La Yedra, Canena, Sabiote o Torreperogil. Los alumnos de Quinto curso obtuvieron, del inspector don J. María Burgos, permiso para quedarse en el colegio, con objeto de preparar (nunca mejor dicho) el examen escrito de Literatura que tendría lugar al día siguiente.

Deseando estar más tranquilos y como medida de prudencia, los alumnos de Quinto curso se reunieron en el desierto salón de juegos y, por si alguien quisiera entrar, cerraron la puerta por dentro, atrancándola con una silla. Se instalaron en los bancos que estaban dispersos por la sala y se dispusieron a tomar nota.
—Las preguntas son las de siempre —les dijiste, mirando el desenrollado papelillo—. No necesito, pues, repetirlas. La diferencia está en que, de entre los cuatro autores propuestos, hay que elegir a dos de ellos, uno clásico y otro moderno, con una obra de cada uno. Elegid, pues, los autores y sus obras, anotadlos y luego memorizáis las respuestas correspondientes. Y, por favor —intentaste darle a tu voz un tono de autoridad—, respetemos el principio número uno: quien hasta aquí no haya conseguido una nota superior a la media, que no pretenda ahora sacar un sobresaliente. Seamos razonables: que nadie suspenda, de acuerdo; pero que tampoco todos queramos el diez. Evitemos esa trampa, pues daría lugar a sospechas. Que antes de ser jesuita, el padre Nieto ha sido legionario. No lo olvidemos. ¡Ah! —y terminaste, sonriendo—, no acabemos el examen en un cuarto de hora. Démosle tiempo al tiempo; sobre todo en la respuesta que trata de la síntesis argumental de la obra.
Todos copiaron los datos proporcionados y diez minutos después salían de la sala de juegos. Unos prefirieron preparar el examen en la biblioteca; otros lo hicieron paseándose por los campos de deporte; otros, en fin, se encerraron en sus cuartos. Tú, antes de entrar en tu habitación, pasaste por el aseo, hiciste añicos el papelillo, lo arrojaste a la taza del váter y tiraste de la cadena.
Como estaba previsto, el examen escrito se desarrolló de la manera más rutinaria. Pasada una hora, algunos examinandos empezaron a depositar sus respuestas sobre la mesa del padre Nieto, el cual parecía seguir enfrascado en la lectura de la novela. Sólo se despabiló cuando el último alumno puso sobre el tablero de la mesa las hojas de su examen. Eran las once y cuarto. En ese momento, cerró la novela, se levantó, hizo una pila con las hojas de examen, les colocó encima el cuaderno de pastas verdes y la novela, agarró el conjunto con su huesuda mano derecha y salió del aula. La mayoría de los muchachos estaba aún en el pasillo; charlaban, agrupados en corrillos, muy cerca de la puerta de salida del edificio; cuando el padre Nieto la empujaba para salir, volvió la cabeza y los miró detenidamente, como si buscara entre ellos a un alumno determinado.
El resto de aquella semana de exámenes pasó sin pena ni gloria. Y, una vez más, llegaron las vacaciones de Semana Santa. Unas vacaciones cortas en las que, como siempre y en cualquier sitio, se aireaban, por calles y plazas, la pasión, muerte y resurrección de Cristo, mediante procesiones que a ti se te hacían interminables. Delante y detrás de los pasos, como escoltándolos, iban dos hileras de gente encapuchada que, con triste ritmo cansino, portaba velones y estandartes. Debajo de los pasos, se oía, a veces, murmurar a los costaleros. A menudo, se escapaban estallidos de clarines y el reiterado retumbar de tambores hacía temblar la noche. Cuando la comitiva se paraba bajo un balcón, los prolongados gemidos de una saeta paralizaban los murmullos. Para ti, la Semana Santa siempre fue una prolongación dramática, multitudinaria y estridente de la práctica religiosa que, día a día, estabas viviendo en el internado. Nunca conseguiste apreciar aquella estética del sufrimiento y del horror.
—¡Estoy al corriente de todo y os aseguro que las vais a pasar canutas!
Esas fueron las primeras palabras que el jesuita ex legionario, puesto de pie y con el trasero apoyado en el borde de la mesa, dijo a sus alumnos de Literatura de Quinto curso al volver de las vacaciones de Semana Santa. Era la primera vez que oían al padre Nieto tutearlos. Luego se irguió y, paseando lentamente de un cabo al otro de la sala, a la altura de la pizarra, continuó:
—Podéis estar muy orgullosos de vuestra hazaña; quizás pensasteis que a mí se me puede engañar fácilmente. Pues, no. No, porque resulta que os ha salido el tiro por la culata. Todo se termina sabiendo. Porque todo consiste en saber preguntar a la persona adecuada. Bueno, ¿y ahora qué? —y paseaba por nuestros sorprendidos ojos su mirada inquisidora y retadora—. ¿Y ahora qué, eh? —se detuvo, hizo una corta pausa y, mirando hacia la ventana, divagó—. Yo hubiera preferido tener un coloquio con vosotros, o un debate, o incluso un entredicho con respecto a mi modo de interrogar en los exámenes escritos. Si me lo hubieseis propuesto, hasta es posible que hubiera rectificado. Pero —alzó la voz y su mirada se hizo aún más desafiante—, lo que habéis hecho es de cobardes; no habéis tenido agallas para enfrentaros a unas preguntas que, gusten o no gusten, siguen siendo datos que hay que conocer —y, arrastrando la voz hasta el susurro, concluyó—. A mí se me habría caído la cara de vergüenza, si hubiera actuado como vosotros lo habéis hecho.
Hubo un silencio denso, avergonzado, perplejo; nadie sabía dónde posar su mirada, si no era en alguna de las grises baldosas. Y, tras el silencio, oyeron silabear al jesuita ex legionario, que parecía masticar cada palabra.
—Os prometo que las vais a pasar canutas —y golpeaba, insistentemente, la mesa con el índice de su mano derecha hasta plegarlo de manera desmesurada; y prosiguió—. No tengo intención de decirle nada ni al Prefecto ni al Rector y, menos aún a vuestro inspector y antiguo profesor de Literatura, don José María; como tampoco pienso tocar las notas del examen. Lo hecho, hecho está. El engaño, el fraude no ha prosperado. En cambio, nos veremos las caras en el examen de final de curso en junio, y os garantizo que os vais a echar mano a las barbas y no os las vais a encontrar —tomó la silla por el espaldar y, sentándose en ella, dijo con tono casi familiar—. Ahora bien, no me parece equitativo ni moral que paguéis todos el mismo precio. El examen final lo vais a sudar: de eso no os quepa ni la menor duda; pero sólo suspenderá con toda seguridad uno de vosotros: aquel que me declare —y su mirada se detuvo un instante en los ojos del amigo del Coíno— que él ha sido el responsable de esta trama. Ese caerá sin remisión. Le doy una semana para decírmelo; en caso contrario, pagarán justos por pecadores.
La sala estaba como electrificada por un silencio reconcentrado y tenso. Nadie osaba mirar a nadie. Vergüenza y sofoco impedían levantar la cabeza. Cuando, resueltamente indignado, el padre Nieto se levantó y se disponía a abandonar la sala, uno de sus alumnos se puso de pie y, alzando la mano, exclamó:
—No hace falta. He sido yo.

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