La burra de Balaam

19-02-2010.
Está más claro que el agua. Nos encontramos ante una encrucijada. Hay que estar con unos o con otros, con el Gobierno o con la oposición, con Zapatero o con Rajoy. La neutralidad no sirve y, si te lo piensas demasiado, se te queda cara de tonto como a aquellas vírgenes necias, del Evangelio, que no tenían aceite el día de la boda.

Sería bonito que no fuera así y pudiéramos ser amigos de unos y otros: del imaginativo y poético Zapatero y del inexpresivo y monocorde Mariano; pero la vida es como es y te pone en situaciones en las que no hay más remedio que elegir.

Se celebraba ayer en el Congreso de los Diputados un gran debate para buscar entre las diferentes fuerzas políticas soluciones a esta crisis que asola nuestra sociedad, como una plaga obstinada y cruel. Los analistas esperaban ver en apuros al Gobierno y, por parte de la oposición, la oferta de un programa serio y convincente con medidas concretas capaces de transmitir ilusión y confianza. Lamentablemente no fue así.
El Presidente, con su habitual maestría, midiendo los tiempos y los silencios, sonriendo tranquilamente, desgranando uno tras otro los logros conseguidos, abría los brazos, de cuando en cuando, con las palmas hacia el pueblo, como si fuera a decir: «Hermanos, la paz del Señor sea siempre con vosotros. Daos fraternalmente la paz».
Rajoy, incierto y desgarbado en las formas y en el fondo, sin confianza, cerrando a veces los ojos, resignado, como si aceptase la derrota, centró su intervención en monótonas y repetitivas acusaciones, posiblemente ciertas pero inoportunas. No era ese el objetivo. Se trataba de acercar posturas y encontrar soluciones, entre todos, para devolver la esperanza a esos millones de personas que padecen el dolor insoportable de la injusticia y la pobreza.
Siguieron las intervenciones de los nacionalistas: Duran i Lleida, certero, y ponderado; Erkoreka, sobrio y pragmático, buscando soluciones y recordando la leyenda del asno de Buridan que, incapaz de decidirse por el agua o la cebada, murió de hambre y de sed. Durante el tiempo de descuento, eso que en fútbol se llama “minutos de la basura”, intervino firme y decidido el doctor Llamazares: «Ya no se fía» ‑avisó‑, y aclaró que no hablaba de confianza sino de crédito, que, a mi modo de ver, se parecen bastante.
Tuve la sensación de que todos, Gobierno y Oposición, intentaban taparse los ojos o meter la cabeza en la arena, como hacen los avestruces, ante la terquedad de una crisis de la que nadie acierta a ver el final y que el mes pasado mandó a las filas del paro a otras cien mil personas.
Uno preferiría que la situación fuera menos grave; que, aunque la economía tuviera sus altibajos, como siempre, el número de parados no superara ese nueve por ciento que, según los expertos, se aproxima bastante al pleno empleo. Así, los políticos podrían seguir con sus trifulcas parlamentarias y su lucha por la alternancia en el poder, que es lo natural. Porque lo peor que le puede pasar a España es que perdamos la confianza en nuestros gobernantes, que ellos vivan preocupados sólo por sus intereses de partido y que nadie atienda la llamada angustiosa a la unidad y al pacto. Mientras, millones de personas ven llamar a su puerta, cada día, al fantasma del hambre y la miseria. No es cuestión de culpables. No es eso. Unos ‑desde el Gobierno‑ y otros ‑desde su posición privilegiada en el Parlamento‑ deberían aplicarse a la tarea de buscar soluciones para un pueblo que, desde hace mucho tiempo, sufre y calla.
Pero, ¿quién será el líder capaz de conducirnos unidos para superar esos problemas de los que nadie quiere hablar? Al parecer, la mayoría prefiere a Zapatero como compañero de viaje; mientras Rajoy, absorto como siempre, escucha el aplauso de sus compañeros de partido. Un aplauso ‑hay que decirlo‑ dudosamente sincero.
Asusta pensar que un día, sin fe en sus gobernantes, harto de promesas y mentiras, aburrido de tanta cursilería y vaciedad, cabreado por la inactividad, la soberbia y la incompetencia, el pueblo haga como la burra de Balaam que, cansada de recibir el castigo de su amo, rompa a hablar y se niegue a seguir soportando la carga.
Que nadie se engañe: los parados no disfrutan de ninguna protección. Al contrario, ellos son los verdaderos perjudicados de la crisis. Se les otorga un subsidio a cambio de silencio y sumisión. Por unas monedas, se les priva de la dignidad y la ilusión de salir adelante con su trabajo y con su esfuerzo. ¡Pobres trabajadores sin trabajo! ¡Qué triste situación de la que nadie quiere hablar!

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