Evolución humana

20‑02‑2010.
Conferencia del catedrático
Joaquín Muñoz‑Cobo
sobre Evolución humana,
en el Guadalmena.
El centro cultural Guadalmena acogió el pasado sábado una conferencia del catedrático Joaquín Muñoz‑Cobo sobre Evolución Humana. Muñoz‑Cobo desempeña sus funciones docentes en la Universidad de Jaén, en el departamento de Biología Animal, Vegetal y Ecología.

El conferenciante abrió su intervención con la exposición de los pensamientos existentes en el mundo actual, a veces encontrados y radicalizados, que tratan de explicar el hecho evolutivo de la vida animal en el planeta. Una evolución definida como «el mecanismo mediante el cual se producen unos cambios direccionales en los organismos vivos».
Por una parte destacan los “creacionistas”, que entienden la evolución a partir de un principio creador, hecho por una mano creadora. El sector más radical de este movimiento es el sostenido por algunas iglesias protestantes de EE UU, que hacen una interpretación literal e inflexible de la Biblia y que atribuyen a la vida en la Tierra, cuando fueron creadas todas las especies, una antigüedad de seis mil años; algo difícil de entender, cuando la existencia de los dinosaurios está datada en más de 65 millones de años.
Frente a este movimiento se encuentran los “evolucionistas”, radical e intransigentemente materialistas, que mantienen que todo lo existente es fruto de la evolución de la materia; pero cabe preguntarse ¿a partir de qué cosa?, ¿cuál fue la materia inicial?, ¿quién la hizo?
Otros grupos defienden el concepto de “diseño inteligente” que, al igual que los otros dos anteriores, carece de rigor científico, niega la capacidad autoevolutiva de la materia y aboga por la existencia de una mano creadora que va interviniendo periódicamente para llevar a cabo la evolución.
En cuanto a la postura de la Iglesia Católica, el conferenciante mantuvo que en 1950, bajo el pontificado de Pío XII, ya hablaba de evolución y se mostraba totalmente abierta a todos los progresos científicos, «siempre que fueran científicos», enfatizaba el Papa. Admitía Pío XII que «el cuerpo humano pudiera proceder de antepasados, aunque la teoría de la Evolución aún había que demostrarla. En cualquier caso ‑afirmaba el Pontífice‑ el alma es creada por Dios».
Muñoz‑Cobo defendió la idea de una “creación evolutiva” que apunta al carácter dinámico de toda cosa creada y cuyo principal punto de fricción con el movimiento “evolucionista‑materialista” se produce a la hora de analizar la aparición del hombre. Un ser dotado de unas capacidades, como son la inteligencia, la libertad, la solidaridad…, que trascienden al hecho puramente material y que revelan el aspecto espiritual como la existencia del alma; por lo que ha de admitirse que «cada concepción humana, en el mismo momento del intercambio de material genético hombre‑mujer, es un acto creador de Dios». En este sentido, deben resaltarse las palabras del papa Benedicto XVI en la homilía del mismo día de la inauguración de su pontificado, en las que afirmaba que «no somos producto casual y sin sentido de la evolución; cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios; cada uno de nosotros es querido, es amado…; y cada uno de nosotros es necesario en la obra creadora de Dios».
Con el apoyo de medios audiovisuales, el conferenciante entró en la exposición de las investigaciones sobre la evolución humana habidas hasta ahora. Así, de la conocida imagen en la que se nos muestra una secuencia evolutiva, en la que en un extremo aparece un primate, posiblemente un chimpancé, seguido de sucesivas etapas evolutivas, hasta finalizar en el otro extremo con el homo sapiens, Muñoz‑Cobo afirmó con rotundidad que «es una mentira horrorosa y que empíricamente no es cierto».
Los Primates surgieron hace 65 millones de años, forman un Orden dentro de la Clase Mamíferos, constan de entre 11 y 13 Familias, 64 Géneros y unas 256 Especies, entre las que se afirma se encuentra el homo sapiens. La relación de restos fósiles entre sí, desde hace unos 7 millones de años, a tenor del estado actual del conocimiento, no indica la filogenia; es decir, no indica la secuencia evolutiva hasta homo sapiens. Por tanto, intentar responder a la pregunta ¿de qué género y especie procede Homo?, sitúa a los científicos ante un tema extremadamente polémico, donde las opiniones se multiplican y las disputas se hacen especialmente exacerbadas. Tradicionalmente se ha venido afirmando que el género Homo se originó a partir de una especie de australopiteco grácil. ¿Pero cuál?
Reconstrucción del puzle
La reconstrucción de la historia evolutiva del hombre es una tarea que requiere una visión amplia, con una gran dosis de paciencia, y con la seguridad de plasmar algo incompleto y en continua revisión. Cada año aparecen varios trabajos científicos en los que se indican las posibles filogenias hasta llegar a homo sapiens, tras la incorporación de nuevos hallazgos y la eliminación de otros que ya no encajan en el rompecabezas. Los paleoantropólogos, a su vez, cuentan con nuevas técnicas para dataciones más precisas de yacimientos, de extracción y análisis de ADN, de determinación de la edad individual, de reconstrucción de paleoambientes, etc. El paleontólogo francés Jean Chalin (2002) indica: «Imaginemos que nos lanzamos en una operación para recomponer un puzle de más de un millón de piezas de las que tan sólo poseemos entre 150 a 200, y que ignoramos los detalles del dibujo final para el cual sólo disponemos de algunos puntos de referencia en la parte alta del puzle, es decir, de los datos actuales. (…) Ese es el objetivo de los paleontólogos».
¿Ante esta situación qué hacer?
En esta rama de las ciencias naturales, se impone una exquisita prudencia al interpretar los datos, en ocasiones muy escasos. La rectitud del científico debe llevarlo a asumir los errores, o mejor, las interpretaciones desajustadas, y a rectificar. Debe interpretar los datos con objetividad científica, y no bajo unos prejuicios ideológicos.
¿Se puede tener “miedo” a la investigación sobre el origen del hombre? La respuesta está tomada de San Josemaría Escrivá: «Con periódica monotonía, algunos tratan de resucitar una supuesta incompatibilidad entre la fe y la ciencia, entre la inteligencia humana y la Revelación divina. Esa incompatibilidad sólo puede aparecer, y aparentemente, cuando no se entienden los términos reales del problema. No podemos admitir el miedo a la ciencia, porque cualquier labor, si es verdaderamente científica, tiende a la verdad. Y Cristo dijo: Ego sum veritas ‘Yo soy la verdad’. Y Juan Pablo II, en la Encíclica Fides et Ratio indica: «La Fe y la Razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo».
El evolucionismo no contradice la creación
En ocasiones, los datos científicos aportados por las ciencias encargadas de estudiar la evolución humana son utilizados con fines ideológicos para descalificar el discurso religioso y metafísico. Sin embargo, son muchas las voces de científicos que consideran que no existe incompatibilidad entre la visión científica de la evolución humana, la religión y la antropología filosófica. «La revelación bíblica nos aclara el porqué de la aparición del hombre y de paso nos sitúa ante nuestra dignidad de criaturas de Dios. Las dos explicaciones (la científica y la religiosa) son compatibles; es más, ninguna de las dos por separado es suficiente para llenar el deseo del hombre de conocer sus orígenes y el sentido de su vida».
En esta misma línea, el físico Fernández‑Rañada, catedrático de la UCM, señala que «La doctrina cristiana no implica la creación separada de las especies, sino que su idea central, la verdaderamente importante, es que todo debe su existencia a un Dios trascendente al orden natural, y esto no se ve afectado por la teoría de Darwin. Al fin y al cabo, ¿por qué no puede ser la evolución la forma elegida por Dios para crear el mundo?».

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