Autoestop por España, 07

12-08-2009.
Miércoles, 12 de agosto de 1964.
Etapa Murcia-Cartagena.
No tuve anoche un sueño tranquilo: revoltijo de cuevas, asfalto, comida, desiertos, palmeras, chicas guapas… Ahora van a dar las dos de la tarde y estoy en una plaza, a la entrada de Cartagena, que no sé cómo se llama, pero en cuyo centro hay una bonita fuente, en donde estoy sentado, escribiendo. A la derecha, un castillo; y a la izquierda, unas chicas guapas.

Pasan jóvenes con trajes marineros. Hace una brisa agradable. Empieza a rascarme el estómago. Márquez y don Jesús han ido a un colegio de niñas a solicitar condumio. Por la cara que han puesto a la vuelta, el plan ha fallado y se han ido a una parroquia… Espero que haya suerte, porque, si no, tendremos que echar mano de las latas en conserva y esto sólo es para casos extremos. Dejo de escribir, porque llegan los emisarios. Seguiré esta noche…
Pues no: son las cinco de la tarde y estamos de nuevo en el mismo parque. Con los “emisarios”, nos fuimos todo el grupo a solicitar comida a una residencia de padres de los Sagrados Corazones y, en vista, primero, de que por mucha cara de hambre que poníamos y que teníamos no nos hacían ni puto caso, y segundo, de que como la situación era casi de emergencia (léase, que el hambre apretaba recio) decidimos gastar cincuenta pesetas, por estómago, en una cantina. Y sin remordimiento ninguno.
Y ahora estamos los siete tumbados en el parque de marras, echando una siestecita. Los paseantes nos miran.
—Si viene un guardia —dice don Jesús—, chapurread vuestro francés.
No ha hecho falta. Los demás duermen y yo aprovecho este rato para poner al día mi diario. Ha pasado una señora con dos críos y me ha parecido que les decía:
—Mirad, hijitos, lo que no debéis hacer cuando seáis mayores…
Los niños, cogiditos de la mano de la señora, han puesto cara de desprecio y seguido su camino. Pasan unas chicas, que parecen estudiantes; nos miran curiosas y ponen cara de interesantes. Enciendo un cigarrillo y constato que nada notable hay que consignar.
Son las 10:30 de la noche. Escribo en el dormitorio de un colegio de padres franciscanos que aceptaron alojarnos; pero cena, nada. Algo es algo y hay que ser agradecidos. Así que, después de haber dejado los bártulos en el citado colegio, decidimos que iríamos al puerto y compraríamos allá cualquier cosa para cenar, echando mano de las latas de conserva.
Berzosa, siempre tan disponible, se propone para ir a por ellas. Pero he aquí que Berzosa no vuelve. Cansados de esperar, nos vamos al puerto, compramos pan y unas latas de conserva. Esa fue la cena; y con preocupación, por no saber qué le podría haber sucedido al bueno de Berzosa.
Volvemos al colegio y lo encontramos sentado en la entrada principal, que estaba cerrada. Bromas y risas. Entramos en el colegio por la puerta trasera, subimos al dormitorio y hacemos la colada ‑ya era necesaria‑. Yo la he terminado hace unos minutos. Dejo de escribir, porque hay reunión para establecer el plan de mañana.
Colegio de los padres franciscanos, en Cartagena.

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