Recuerdos de Manuel Velasco, 2

30-10-2008.
Currículum vítae
Ejercí en Comillas, en la graduada del pueblo, y, ante las dificultades de todo orden, surgidas como consecuencia de nuestra guerra (hambre, miseria material y moral), soñaba “con unos colegios donde se pudiera recoger a aquellos niños semiabandonados, con los que luchábamos sin descanso y sin medios apropiados”.

Manteníamos muy buenas relaciones con los Padres de la Universidad, que nos ayudaban bastante en la labor docente y benéfica. Mis utópicos pensamientos… (¿quién se había preocupado nunca en España de hacer una obra nacional con internados para las clases humildes?). Pero Dios me oyó. Por mediación del padre Augurio Salgado, me puse en contacto con el padre Rafael Villoslada, que por entonces iniciaba su labor apostólica‑docente en Andalucía.
Ciertamente solo pensaba “en un centro donde pudiera formar a los niños que después serían los hombres de nuestra Patria”. Todas las demás consideraciones personales y económicas quedaban en un muy segundo plano.
El 15 de agosto de 1942 me incorporé, oficialmente, a las Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, con un cursillo profesional y ejercicios espirituales, todo desarrollado en La Cartuja. Fui destinado a Úbeda, a la clase preparatoria de ingreso, en la segunda enseñanza “como medio para aliviar los gastos de la primera” para los hijos de los pobres. Dios no bendijo aquella modalidad.
Aquel curso 1942-43 se abrió el internado de Úbeda, como primera piedra de lo que iban a ser Escuelas Profesionales y, atendiendo siempre a los motivos que me impulsaron a dejar Comillas, fui a vivir a él con el beneplácito y apoyo de mi gran amigo, el padre Francisco Hermoso.
El establecimiento de internados para familias obreras y campesinas no era tarea tan fácil porque, con heridas aún sangrantes de la guerra civil, niños abandonados, delincuentes en potencia, aprovechados discípulos del hampa, huérfanos de guerra, desnutrición, miseria… aquellos niños no eran los pobres, como todos los niños; y había, por supuesto, que pensar que merecían un trato especialísimo también. Nuestros internados no podían, si querían sobrevivir, sujetarse al plan tradicional de internados que todos conocíamos en España. Era preciso, pues, conocer la mentalidad obrera, primero. Yo la conocía, por convivir con ellos desde mis más tiernos años.
Después o antes: amor. Y esto ni se inventa ni se simula. Tiene que ser auténtico. Después, ¿ciencia? No. SENTIDO COMÚN. Después, todo lo que se quiera.
Con infinita alegría pude constatar que el padre Villoslada tenía los mismos pensamientos. El sentido común nos hizo triunfar. Supo infundirnos el padre, fe y esperanza. Trabajábamos con los ojos puestos en Dios por aquellos niños, sin pensar nunca en mejoras económicas, ni provechos personales; y todos a una empujábamos el carro, porque nos movía un mismo y desinteresado ideal, en un ambiente gratamente familiar.
Cuando por propia voluntad ingresé en el internado de Úbeda, contraje la obligación de colaborar sin descanso ni desánimo. Continuamente se me representaba como “otro campo de batalla”: el de ganar la paz. Labor que, cuando las armas pasearon victoriosas por los campos y ciudades, olvidaron muchos como si todo fuera ya concluso. Con las masas infantiles ante mis ojos, comprendí que mi “batalla” empezaba entonces. Ni llevaba experiencia ni ciencia suficiente, pero sí sentido y amor. Posiblemente esto sería lo que vio el padre Villoslada, cuando me propuso para poner en marcha el internado de Andújar.
Con todo el frescor de aquellos momentos, recuerdo la madrugada del tres de diciembre de 1943, aproximadamente a las cinco, en el exprés de Sevilla. El padre, cubierto con un guardapolvo marrón, nos abría a González Quel y a mí las cancelas de hierro del instituto cedido por el Ayuntamiento.
Y entré con miedo del fracaso. El miedo de la responsabilidad que colgaba de los hombros. Un miedo que no acabaría nunca ante un deber en el que no cabía un paso atrás y mucho menos la deserción. ¿Qué experiencia tenía de internados para que el padre me encargara el de Andújar? Solo Dios sabe mis soledades, mis preocupaciones hondas… Era cargar con una cruz y ¡qué pesada se hacía tantas veces!
Entonces… envidiaba a los campesinos en la tranquila vida del campo. Espaciaba los ojos por las faldas de Sierra Morena y me parecían las blancas casitas aldeanas la morada de una felicidad muy cara. ¡Cuántas veces me hubiera paseado por sus praderas, trepado los riscos, contemplado el agua que bajaba de lo alto, porque era el pulso de una vida más humana que la mía! Leer allí, en la tranquila paz de los campos, lejos de la revuelta vida. Allí hubiera querido hallarme en las tardes silenciosas, a la hora crepuscular, y cuando la depresión nerviosa era mayor por la jornada tensa.
Me asaltaba el pensamiento de huir, perderme de vista de todos, de la inquietud, del destrozo interno, de la batalla que continuamente libraba contra tantas cosas adversas. Me sentía solo en el campo de operaciones y en medio de una sociedad que solo pensaba en sus egoísmos. Pero tenía que resignarme y seguir, que a mi juventud había que domarla, sujetándola al yugo del deber. Bajaba los ojos al patio y los niños me imponían el respeto de su asistencia.
Veía a las gentes del pueblo pasear en las tardes soleadas, pero me golpeaba la conciencia el imitarles, dejando el pequeño mundo de los niños que, ciertamente, quedaban abandonados.
Cuando salía, no vivía en mí y pensaba en ellos como algo que quedó en vilo.

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