¡El verano!, por fin, a su aire, y 3

10-07-2008.
Dejada atrás la retórica, Burguillos se dio a programar un curso ambicioso y realizable. Se lo debió presentar a los chicos como una lista de atracciones, como una red donde atrapar desde el principio interés y cooperación entusiastas.
Y a través de todo el curso les fue desmenuzando el plato fuerte de su voluntariosa pedagogía. Que, gracias a la disposición de sus muchachos, resultó animado y apetecible.

Deporte, atletismo, gimnasia. Todo organizado y realizado con garbo y seriedad. Y ahí entró, y ya nunca más salió de entre ellos, el mens sana in corpore sano de Juvenal. Campo y acampadas siempre que se pudiera. Tenía que asociarlos con, enamorarlos de la Naturaleza.
Y Burguillos, que ya iba enterándose de qué pasta eran estos béticos tan seleccionados, intuía que soterrados o a flor de piel, guardaban tesoros, disposiciones artísticas. Les prometió que «En breve, sobre la marcha, haréis festivales, teatro, radio… Un periódico». Y, doloridamente, no se olvidó de la guinda: la música.
En poco tiempo sobrepasaron sus aspiraciones. Y vio colmado su entusiasmo. Le preocupaba el afán, en algunos desmedido y zalamero, por agradarle con su comportamiento. Luchó por convencerles para que en todo esfuerzo cada quien fuera protagonista y meritorio.
En ese afán desmedido actuaban pautas de conducta servil. Eran el medio no evolucionado de alcanzar una consideración pordiosera. Supervivencia de autoconceptos devaluados.
Desde pronto lo tuvo Burguillos claro: había que ayudarles con firmeza a valorarse y tensionar la voluntad para conseguir un comportamiento autoafirmativo. Tenían que vivir y luchar, siendo ellos mismos. Sin degradarse ni diluirse en zalemas.
Se admiraba Burguillos de la receptividad y pronta disposición identificativa que manifestaban. Atribuía esa actitud acrítica a que arribaban a la Safa indefensos, indeterminados. Pero una adaptación tan rápida en jóvenes adolescentes ¿no era algo extraño? Justamente, en los años de la protesta rebelde y de la afanosa autonomía. ¿No podía argüir sometimiento y miedo? Casi le consolaba la aparición de un grupito de disidentes. Lástima que eran pocos. Y su descontento venía de atrás; y no lo sustanciaban en quejas concretas. Algunos llevaban el desánimo en su astenia y su bajo tono vital. Irritables y embozados, no supo Burguillos averiguar el mensaje de su mirada, porque nunca le miraron de frente. A todos les abrió la puerta y a nadie buscó las cosquillas. Eran gente de poco arrastre. Pero le dolía no verles apandillados, ruidosos, felices. La crítica, ácida y solapada, era un reactivo en favor del clima común, sereno y alegre. Burguillos pensaba que a algunos no les caía bien; pero se comportaban, eran corteses y colaboraban. Él, tímido y todavía inseguro, muy delicadamente asediaba su reserva. Y, sin duda, algo aprendió sobre la química de la convivencia.
Poco a poco les fue presentando el ideal de la paideia griega. La armonía, la gracia y el equilibrio como normativa de toda actividad humana. Les remarcaba el carácter inevitablemente social de la educación griega. De donde la libertad y el progreso surgen como valores. El progreso, que les impulsaba a desafiar el porvenir. Y la formación humana, que no dejaba sin tocar tecla o potencialidad. Material, corporal, intelectual, espiritual… todo en perfecto equilibrio. Sin olvidar la virtud educativa, sublime, de la música. «Nunca más ‑les decía‑ el mundo se aproximó tanto a la perfección educativa». Y se lo confirmaba con la influencia sobre la Humanitas de los romanos y la Moral Cristiana… Y los chicos escuchaban atentos y se preocupaban, como podían, de su formación integral.
Les insistía en que una División ágil, entusiasta, seria y eficiente surge del temple de sus integrantes. «Que, en esa porfía ‑les martillaba‑, os estáis preparando un segundo útero donde nutriros y enriqueceros para la vida adulta».
Y les animaba a hacer de la Segunda una polis en miniatura. Con su afán educativo en festejos, olimpiadas, tanteos literarios, teatro… «Tenéis que despertar y tensar ‑les acuciaba‑ las capacidades intelectuales, morales, estéticas… y combinarlas con la esforzada, animosa preparación física… Mens sana in corpore pulchro… Y esto, sin excluir a Dios, os llevará a vivir sanos y bellamente felices».
Atemperaba Burguillos tanto aticismo con algunos rasgos espartanos. La gimnasia, dura, precisa. Desfilaban cantando con ritmo, briosos; si les fogueaba un poco, casi como los fieros guerreros de la Marcha triunfal.
Echó en falta un proyector para más imbuirles la cultura griega a través de las artes plásticas de la grandeza helénica. Directa o veladamente les animaba a comportarse con nobleza y distinción. Y lo asumían con agrado e interés. Mucho les estimulaba con la apasionante y poética tarea de conseguir una Segunda con garbo y estilo propios. Esta actitud en nada mermó el ambiente alegre y familiar. Poco a poco se desterró cuanto oliera a chabacano. Aunque cualquier suceso chocante, si tenía entidad cómica, era bueno para festejarlo. Nunca les habló Burguillos de derechos. Que en aquel entonces allí sonaba a tabú. Pero sí les repicaba, hablándoles de capacidades que conquistar. Y manos en alto y corazón abierto, se le entregaron incondicionales.
Burguillos, que todavía rumiaba la resaca de un destino fallido, se sentía revalorizado. Y, para estar a tono, hubo de rebuscarse capacidades creativas, de organizador. Y, en ello, asoció a su gente: Arévalo, Cabrerizo, Ballesta, Blas Velasco, Molino… y otro montón planearon y ajustaron el deporte… Que nada sabía él de ligas futboleras y pocas cosas le aburrían tanto como el fútbol. Pero se apropió de él como herramienta formativa.
Los días lectivos tenían dos recreos largos, y muchas horas libres los de fiesta. En un internado riguroso, con frío y hambre, si a los chicos no se les llenaban esos tiempos libres, el desencanto, la murmuración y otras inconveniencias entretienen el hastío. Se organizó, pues, una liga de fútbol seria y animada. Y otra de honor con el glorioso equipo de jardineros. Márquez, capitán. Duro el atletismo. Y las marchas al campo, duras. Pena sentía a veces animándoles a tanta dureza.
Nunca llegó Burguillos a comprender cómo, con aquella pitanza, el rigor del estudio y la actividad física que desarrollaban, no hubo en la División un solo caso de anemia o de tuberculosis.
La liga conjuntaba grupos y les confirmaba la conciencia de equipo y de colaboración. Virilizaba. Y hasta los tímidos luchaban y discutían… Muchas veces tuvo Burguillos que enfriar los ánimos. Y siempre, en el ganar como en el perder, les inculcaba la nobleza y elegancia del deporte.
Burguillos, sin aburrirse, seguía desde las gradas los encuentros. Y gozaba viendo la agilidad, la resistencia y el arrojo de cada uno… ¡Era el fútbol de sus muchachos!
El campeonato funcionó de maravilla. Era tenso y apasionante. Y más allá del culturismo, planeó con sus chicos un entramado de actividades paraescolares, que fueran complementarias. Había que despertar y cultivar inquietudes artísticas. Ellos mismos elegían a sus responsables. Y cuando, en muy poco tiempo, estuvo a punto la masa, con miseria y entusiasmo pusieron las manos en el teatro, guiones radiofónicos, dibujo, pintura, un periódico…
Fue en el primer trimestre del curso de gracia 1958—59. Como todo lo que no fuera preceptivo, estas actividades eran libres. La sección de pintura y decoración, tijera y pincel a punto, confeccionó tantas felicitaciones navideñas y tan bellamente artesanales, que dieron para comprar una jabalina.
El Cuadro Artístico, al que Burguillos llamaba “los teatreros” , triunfó con En la ardiente oscuridad, de Buero Vallejo. Le fue mal con Escuadra hacia la muerte, por estar el teatro abarrotado de quintos, guardias y gente menuda. Repusieron con chispa y soltura Los aparecidos y Los cuatro robinsones. Y con el “Epílogo” de El divino impaciente, y algunas escenas más, emocionaron tanto que Burguillos empezó a llamarlos «actores».
El grupo de radio y prensa confeccionó y puso en el aire sus guiones radiofónicos. Y valientes, echaron a volar sus primeras ilusiones… A ciclostil y en pobres hojas de papel grapadas… Tanteos se llamó. ¡Qué simpática acogida tuvo! ¡Cuántos colaboradores estrenaron pluma y aun seudónimo! Aunque, como dijo el otro:
Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda. Está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido…
Y él tuvo en las suyas la travesura estremecida de Tanteos. Y conoció ilusiones como auroras prendidas en aquellas plumas. Muchachos, adolescentes que apuntaban, que prometían salirse de Tanteos y aun de madre… Él tuvo en sus manos esos anhelos y sabía el hontanar de donde brotaban…
Burguillos, francamente, empezaba a sentir cierta satisfacción. No desplegaba cola de pavo real. Pero sí empezó a vivir con más soltura. Le consideraban inspector y persona sin carisma. ¡Dichoso carisma! Todo el mundo, con el carisma en la mano, gobernando divinamente “rioladas” de muchachos. Galofré tenía carisma. Gallego también… El del padre Sánchez y el de don Diego debían de ser enormes… Y Burguillos, con cien soles amaneciéndole cada día, y sin carisma… Se miraba vestido, desnudo… ¡nada! Tentado estuvo de pedirle a don Diego que le enseñase su aparato, el carisma ese…
No consiguió estructurar un grupo de Amigos del Campo. Casi a escondidas logró hacer un foso nuevo y ponerle cerca unos árboles. Burguillos siempre tuvo a gala ser de un pueblín “tierracampino” . Y aún le cantaban las calandrias dentro del alma y sentía la tierra, el campo, como la suela de la vida. Luchaba por amistar a los chicos con la Naturaleza. Y por esto, siempre que podía, los llevaba de marcha al campo. Días felices hubo en los que hacían la comida entre olivos; o allá, junto a las piscinas de La Yedra.
Un día, alborozados, unos chicos le regalaron un precioso lagarto. Y pronto, en la bocamanga o en un bolsillo, bajaba con él a los recreos. Más tarde, con mucha pericia, capturaron un bastardo, largo más de un metro. Culebra y lagarto fueron sus amigos. Hubo de soltarlos en la huerta, porque ya le cundía fama de brujo.
Su libertad de iniciativa era tan estrecha que ni unos pájaros se atrevió a poner en algunas zonas de la División. ¡Cuántas veces soñó con tener un pastor alemán, o un mastín leonés! Él les hubiera enseñado a desfilar, precediendo las filas de la gimnasia. Y a ser uno más en las marchas y en los días de camping.
No afirmaría Burguillos que se hallase seguro, autorrealizado. Nada de haec requies mea. Él siempre había tomado la Safa como una pasarela para dar con su nuevo destino. Pero, sensim sine sensu, estaba instalándose en ella como si fuese tierra firme. Le costaba aceptarlo, pero ya era dependiente de los chicos. Sus flirteos se habían reducido. Aunque no faltaba la rubia de turno ni la descarada simpatía de algunas solteras que de prisa se enranciaban como el tocino.
A pesar de su congelado salario, rechazó solicitudes de clases particulares de Latín y Griego. El nuevo Rector había logrado reavivar la Safa, económicamente moribunda. Pero las nóminas de los trabajadores y los menús de internos y profesores seguían siendo de pordioseo. A pesar de todo, a la hora de la reflexión serena y trascendente, Burguillos comprobaba que la Safa empezaba a serle un grato refugio o bloqueo, como lo fuera Comillas, para no dar cara a la vida… Lo cierto es que se hallaba a gusto. Algún bien procuraba a los chicos. ¡Y qué bien dormía! Todavía practicaba actos de piedad. El examen de conciencia, cada día arrodillado junto a la cama, ¡imposible!: se caía. No le quedaba tiempo ni para cavilar. Hasta veleidades tuvo de ordenarse sacerdote. Era un modo de acallar el futuro que a veces le rezongaba como un can mal amarrado. También le instaban a ello las confidencias de los mozos. ¡Qué bien poderlas sellar con una absolución sacramental! Le urgía a ello el ejemplo y la insistencia del padre Gómez, para que le acompañase en su tajo de Linares.
El diecinueve de marzo, san José, cumplía años el padre José Gómez. En la media noche de la víspera, en Linares, ante el sagrario, murió. Fue un duelo masivo. A Burguillos le afectó por paisanaje y amistad. Y porque con su muerte se callaba la voz interpelante de la Safa. ¡Eso era carisma! No supo si murió o se mató de vivir, amar y predicar a tope, desaforadamente, a Cristo.

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