Diego, el vendedor de Andújar

15-10-07.
Pienso hoy en aquel grupo de muchachos que hace más de cuarenta años dejamos Úbeda y el internado. Unos se quedaron en Andalucía y otros marchamos a Madrid, Barcelona, Valencia o al extranjero. Casi todos empezamos viviendo en una humilde pensión o en un sencillo apartamento, sin ascensor. Nuestro cuarto no era mucho más grande que el que habíamos dejado en el colegio, hacía unas semanas: una cama, una mesa, una silla y un flexo para estudiar. El resto… libros, sueños e ilusiones.

A pesar de nuestras penurias económicas, éramos felices. Nuestra filosofía de vida y nuestra juventud nos prometían un futuro mejor, tanto en lo económico como en lo personal. Soñábamos con estudiar una carrera, adquirir formación, prestigio, cultura y, algo más tarde, crear una familia y educar unos hijos, hablándoles de las ilusiones puestas y del esfuerzo realizado. Seguramente, todos recordamos aquellos años con enorme cariño y pensamos que fueron extraordinarios y felices; porque ser feliz es tener ilusión, trabajo y confianza, como nosotros teníamos entonces.
Hoy, unos en el umbral y otros en el vestíbulo de la jubilación, contemplamos en la distancia realidades y desengaños. A veces nos invaden las dudas y nos planteamos si nuestra vida ha sido provechosa, si hemos hecho lo suficiente o si, sencillamente, nos hemos quedado a mitad de camino.
Al final de los años setenta, entrevisté para un puesto de agente comercial a Diego, un señor de Andújar. Cuando me confesó que era prácticamente analfabeto, tuve la intención de no contratarle. No obstante, tanto insistió y tanta ilusión demostraba por conseguir el trabajo, que lo fiché como vendedor a prueba, por tres meses. El resultado fue espectacular. Ganó el primer premio en ventas de la empresa, consistente en un artístico trofeo, y cien mil pesetas en metálico ‑un capital en aquella época‑, además de los honorarios correspondientes por las operaciones realizadas.
Nadie se explicaba cómo lo conseguía. Se expresaba correctamente y era atento, simpático y educado; pero de números… ni idea. Tanto le insistimos, que al final nos confesó su secreto.
Tras saludar a los clientes y mantener con ellos una conversación en apariencia intrascendente, llegaba el momento de explicar los detalles económicos de la operación. Entonces, bajaba la voz y en tono misterioso decía muy seriamente:
‑Señores, esto de las letras y los pagos será mejor que lo hablen con el jefe pero… ¡Cuidado! Díganle a todo que no y que el piso está muy caro. Ya verán cómo al final nos hace una “rebajita” y nos lo deja a buen precio.
El Jefe de Ventas, que estaba al corriente, le seguía el juego y aquello era coser y cantar.
Transmitía tal sinceridad y confianza, que fue el mejor vendedor de aquel trimestre y uno de los mejores del año. Cuando el director le hizo entrega de la copa de plata, con su nombre grabado, el resto de vendedores ‑más de cuarenta‑ aplaudían a rabiar. Tras unos momentos de general jolgorio, se hizo el silencio y aquel hombre sencillo y casi analfabeto, temblando de emoción, nos dedicó unas palabras inolvidables:
‑Compañeros, muchas gracias. En cincuenta años que tengo, es la primera vez que alguien me aplaude.
A veces, al mirarnos al espejo y observarnos detenidamente, sentimos pena de nosotros mismos; pero si echamos un vistazo a nuestro alrededor, nos aceptamos, nos aprobamos y en momentos de generosidad, hasta nos concedemos un sobresaliente.
Barcelona, 15 de octubre de 2007.

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