De fachas y rojos…

08-10-07.
Creo que nadie puede considerarse de izquierdas o derechas al cien por cien, porque en la naturaleza casi nada ostenta tal grado de perfección y de pureza. Átomos, cuerpos y partículas están sujetos a mezclas y composiciones sorprendentes y maravillosas.

También estoy por asegurar que mucha gente no estará de acuerdo conmigo. Hay quien se considera de derechas o izquierdas, sin vuelta atrás ni reflexión posible, porque la pasión es difícil de dominar y la falta de juicio nos lleva a este tipo de conclusiones. No obstante, la realidad es que todas las personas, sobre todo si son inteligentes, tienen un poco de esto y otro poco de aquello; y, en el acierto y proporción de la mezcla, reside el equilibrio y el grado de sensatez de cada individuo.
Incluso líderes políticos de un mismo partido tienen ideas contrapuestas, bailándoles en la cabeza; y, en ciertas ocasiones, dudan a la hora de votar y no saben qué botón deben apretar; y preguntan para no equivocarse. Y aún así… meten la pata.
Se intenta simplificar el problema, diciendo que el pensamiento moderno y de vanguardia coincide con la ideología progresista; y el academicismo y la ortodoxia, con las posturas retrógradas y conservadoras, atribuidas tradicionalmente a la derecha. No es verdad. El asunto es mucho más complejo.
La mayoría de los políticos, de uno u otro signo, intelectualmente se sienten de izquierdas; pero se pirran por el brillo social, el chalé, la ostentación y el coche oficial, que “mayormente” son sambenitos de la derecha. Sentimentalmente, se declaran comunistas y defensores de la igualdad; pero económicamente, sin excepción, son liberales. Saboreando el puro y el café, presumen de ecologistas. Aman el orden y la seguridad, tanto como los de derechas; pero, a la hora de pagar impuestos, no ocultan su simpatía por los movimientos antisistema. Pregonan a los cuatro vientos su conciencia de clase; pero les encanta vestir como finos y distinguidos aristócratas. En caso de ganar las elecciones, prometen incrementar el sueldo o la pensión en un tres por ciento; pero cuando revisan sus honorarios, se triplican la soldada y se quedan tan anchos y tan frescos. ¿A que sí?
Don Lisardo Torres, aquel prodigio de inteligencia que nos llegó desde Mondoñedo, cuando exponía las diferentes tipologías del carácter, decía que todos tenemos algo de flemáticos, apasionados, coléricos o sanguíneos; y el refranero castellano le da la razón: «De santos y de locos, todos tenemos un poco». Yo creo que en política pasa algo parecido: «De fachas y de rojos, todos tenemos un poco». Refrán que se me acaba de ocurrir y que, como todos los refranes, seguramente es verdadero.
Hoy, lo que sucede es que muy poca gente se atreve a hablar claro. Se dice que los curas visten de paisano y no es verdad. De paisano vestimos la gente normal; a ellos les encanta disfrazarse de electricistas y de albañiles, con tejanos y camisas a cuadros, como los protagonistas de la película Siete novias para siete hermanos.
Nadie se proclama racista, pero existen las exclusiones por motivo de la raza. Nadie dice que es clasista, pero las clases sociales son una realidad. Nadie expone su simpatía por el capitalismo; pero muchos, que se proclaman ateos, le piden al cielo, con devoción, acertar una quiniela de las de pleno al quince. Y es que en el fondo, y aunque cueste trabajo admitirlo, todo el mundo sabe que Dios existe. ¿A que sí?
Estaría bien que nos acostumbráramos a decir la verdad; que los políticos olvidaran sus diferencias e hicieran las paces de una vez por todas; que, como decía el sargento: «¡Cesen las “hostialidades”!», y que no pasen el día acusándose los unos a los otros de las mayores ignominias. Les aviso, porque en el fondo me caen bien; porque me gustaría que fueran por el buen camino; y porque no quiero que acaben como el perro de Caín que, mordiendo y mintiendo, se fue al Infierno.
Barcelona, 8 de octubre de 2007.

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