El «ranking» de las esposas

Dedicado a Manolo Ballesta por su elegancia, su señorío y porque de mujeres entiende un rato. Abrazos: Dionisio R.
02-10-07.
En San Pol, un grupo de mujeres ‑las nuestras, en número de once como los equipos de fútbol‑ se ha dedicado durante los días de vacaciones a elaborar un ranking, para determinar quiénes de nosotros somos los mejores y los peores maridos. Los criterios de evaluación para elegir al esposo ejemplar carecen de la lógica más perentoria.

Para ellas, el marido ideal es el que presenta mayor querencia hacia las tareas del hogar, típicas y propias de la esposa; y el peor, el que escurre el bulto en dichas tareas. Cuesta creer que no hayan tenido en cuenta valores más tradicionales como la fogosidad, la inteligencia, la apostura y la contribución económica, o sea, el sueldo. No señor. Al parecer, ser cariñoso, galante y eficaz son cualidades que no están de moda y han perdido el gran valor que tuvieron antaño.
Casi todas están de acuerdo en que no hay ninguno como Carlos, el marido de Montse, que es abogado laboralista; hace la cena cada noche y baña y acuesta a la niña, que se llama Merceditas; aunque los niños, para hacerla rabiar, la llaman “mierdecitas” y ella se cabrea; pero papá, pacientemente, le explica que le pusieron este nombre por la abuela, que Dios tenga en su gloria, y por la Patrona de Barcelona, que también se llama Mercè como la abuela.
Carlos nunca se enfada, aunque Montse aparezca a las doce de la noche y con dolor de muelas o de cabeza. Lo entiende y calla; luego otorga. Por eso es el mejor y cuenta con el consenso y la admiración incondicional de las damas del jurado.
Para Silvia, el peor es Víctor, su marido, que se levanta a las siete de la mañana y se pasa todo el día trabajando y ni va a comer a casa; y en la hora del almuerzo come con algún cliente y luego juega a tenis; y, cuando regresa, a las diez de la noche, dice que está cansado y con hambre; y ella –pobrecita‑, de prisa y corriendo, tiene que prepararle alguna cosa porque ya es muy tarde y no puede ir a comprar nada a ninguna parte. Y es lo que ella dice: «Si no jugara tanto al tenis, no se cansaría y podrían salir los dos a tomar unas tapas y unas cervezas a alguna terraza de moda; que a ella, para cenar, lo que le gusta es picar algo y no ponerse a hacer la cena a las diez de la noche; pero Víctor, como es tan egoísta, no le hace ni caso y al día siguiente sigue trabajando doce horas, comiendo con clientes, jugando al tenis y regresando a casa a las diez de la noche con hambre y sin cenar».
Imagino lo que Montse, Silvia y las demás opinan de mí; y mucho me temo que, con criterios de evaluación tan modernos e innovadores, ocupo las últimas posiciones de la tabla clasificatoria, las que llevan al descenso y a la Segunda División; aquellas en las que se debaten cada año, los equipos más flojos del campeonato, como el Levante, el Betis, y el Cádiz ‑con perdón‑.
Es cierto que nunca he manifestado el más mínimo interés por aprender a planchar, a barrer o a poner la lavadora, que es lo mínimo exigible. En cambio, trato de ser un marido cariñoso, amable, galante y eficaz en la medida de mis posibilidades. Seguramente por eso, y porque entre la asistenta y yo me prefiere a mí, la única mujer que habla bien de mí, es la mía.

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