¿Ideal o fuga?

26-09-07.
Villa por villa, Valladolid en Castilla… Agobiada por el arte y la historia, parece seria. Un río señorial y bien barbado. Cervantes mojó la pluma en él y celebró la mansedumbre de sus aguas. Soles de Castilla que doran los panes y dejan sabor y vida en las uvas. Un escritor, dos o tres siempre velando la lengua. De siempre buen yantar y buen beber. Semana Santa. Cordialidad profunda y clásico decir.

El seminario era el mejor de toda la archidiócesis. El rector era un hombre probo y ejemplar. Alto, derecho y grave. La cerviz ancha y dura. Pertenecía a las “Falanges Josefinas, hijas de Mosén Sol”. Quiso y aguantó mucho a Burguillos en la estrecha relación que con él mantuvo hasta que a los ochenta y muchos años se desmemorió. Toda la vida se empeñó en reclutar a Burguillos para su Institución. Y toda la vida se empeñó en dirigir sus pasos. Era el clásico estilo de los espirituales y educadores celosos de aquellos tiempos. Aconsejar, proteger y guiar a sus pupilos hasta el final. Acaso todavía no eran conscientes de que la buena educación implica transferir madurez y fomentar la autonomía.
El profesorado estaba integrado por sacerdotes y canónigos que tenían sus ministerios y residencia fuera del seminario. Fueron muchos años de desierto, sin anhelar la tierra prometida. Burguillos la temía; y sólo le sostenía su romántica ilusión de ser jesuita.
El seminario era pequeño, nuevecito y curioso. Dotado de servicios higiénicos y amplias habitaciones individuales. Eran dos módulos con sus claustros acristalados, en torno a unos patios. No se diría floridos, pero sí con alguna jardinería. Eran lugar de paseo, tras la cena. Y, en los días de lluvia o frío intenso, allí se tenía la recreación. Los claustros eran lugares emocionalmente asépticos. Como aséptica era artísticamente toda la casa. Al principio, a Burguillos le salpullía como una camisa de lana. Recordaba su viejo San Zoilo con piedras teñidas de siglos y parleras de leyendas. Como también añoraba vivamente el tempero de familia y empresa común.
La comida, escasa; pero limpia y aceptable. Los paquetes ‑el matute‑ estaban permitidos. Los hijos de agricultores parecían más lustrosos.
Llegado el invierno, sobre todo los alojados en habitaciones siberianas, tenían que ser heroicos para dejar la cama, retirar la capa de hielo de la palangana, lavarse y afeitarse. Por entonces, barba, bigote o coleta eran incompatibles con la requerida compostura clerical. No era raro que algunos, como Burguillos, hicieran rabona a las preces y oración de la mañana.
Don Rodrigo, un operario simpático y celoso, tomó a su cargo el tocar a diana. Y como si cada mañana hubiera un incendio, ponía al rojo la campana. Una noche… alguien sujetó la campana boca arriba y la llenó de agua. Esa mañana no sonó a tiempo. Don Rodrigo apareció muy agrio y vestido con la sotana de las fiestas. Y, a partir de ese día, don Rodrigo –resfriado‑ inició una disciplina más “rodrigorosa” aún. Se sospechaba que el autor de la broma fue Burguillos. Sería más bien el maligno, que todo lo añasca…
Se vivían los últimos cuarenta. El hambre aún se dejaba sentir. El Espíritu Santo suscitó vocaciones a destajo entre los pobres de Yahwé. El ambiente cultural, chato, paupérrimo. No existía ninguna inquietud relevante. En el ambiente moral, en cambio, quizá los operarios consiguieron mantener buen clima. De todos modos, no se podían pedir grandes cosas. Eran muy poca gente y, a tono con la época, escasos en pedagogías.
Burguillos, que todavía no andaba por esas ramas, ya pensaba que la importancia de la obra que se edifica, impone la técnica, los artífices y los materiales. Si ya la formación de un adolescente es una obra de arte, la de un seminarista es mucho más compleja. Sin renunciar a una espléndida formación humana, será un artista quien ayude al aspirante al sacerdocio a asumir, integrar y sublimar el celibato, evitando en el empeño cuanto, al vivo o encubierto, suene a represión enquistada o neurotizante.
Sentía Burguillos que, a pesar de su inseguridad, era popular. Y ello sin pretenderlo. Quizá su cercanía, buen humor y aparente estabilidad emocional eran un escudo aceptable. En todo caso, un sabroso esparcimiento e ingeniosa industria para esconder sus problemas. Porque, además de interrumpir sus preocupaciones, le permitía conocer nuevas gentes y conquistar su aprecio.
El episodio aquel de las Matemáticas con el padre Marcos se le repetía ahora, años después, con el padre Eduardo, en Teología…
Don Eduardo era aquel Magistral que, incluso para exponer el humanismo de “El Buen Samaritano”, se enfadaba y amagaba con arrojarse del púlpito. No era malo con Burguillos. En Oratoria Sagrada, le calificó con la máxima nota. Acudía a todos los festejos serios del seminario y siempre le buscaba para felicitarle por sus intervenciones. Pero después de la interpretación de Javier… le suspendió un trimestre en Teología. Burguillos no acusó el golpe. Le llamó:
—¿Cuánto tiempo te ha costado aprenderlo?
—¿Cuál, don Eduardo, mi papel o la obra completa?
El siguiente examen era el de fin de curso. Burguillos se lució. Además, con un latín carrionés. Le felicitó. Nunca supo don Eduardo que de las tres bolas que se extraían de la bolsa, Burguillos sólo sacó dos. La otra la llevaba en la bocamanga de la sotana.
Los colegas del seminario recuerdan a Burguillos al cabo de los años como persona divertida e ingeniosa. Cierto es que en sus corros no había más penas que las que a él le roían por dentro. Su charla animada se las hundía y le inyectaba ánimos con sólo ver qué buenos contertulios tenía. Y ¡cómo llegó a quererles! Cuando la risa remontaba la carcajada y el auditorio aumentaba en cabezas concéntricas, Burguillos, profundamente tímido, pretextaba una urgencia y se iba.
Probablemente, gracias a su aparente madurez y moderación, ¡cuántas confidencias le hacían los seminaristas…! Tiempo adelante, tanta deferencia llegaría a preocupar a los superiores. Quizá les mermara la clientela…
Don Eugenio urgía a Burguillos para que utilizara su influencia en causas más nobles que la juerga. Y le advertía del riesgo que estaba propiciando de que le tomaran por frívolo y superficial.
Probablemente así sucedió en gran parte; porque es raro que alguien recuerde sus más logradas interpretaciones, como El Colmenero Divino, Lances de Honor, La Hidalga del Valle; o su actuación mejor bordada, la que bien le valió aquel suspenso: El Divino Impaciente. En cambio, son muchos los que recuerdan, incluso, el nombre de los personajes esperpénticos que Burguillos creaba y representaba como “Aniano”, “El tío Trabajos”, “Alejo”… Bien se sabía él, ya entonces, que tanto festejo y tanta chirigota no eran redundancias de un espíritu sosegado, de un temperamento en alto equilibrio vital. Era como una necesidad para buscar unos modos de reequilibrar sus constantes vitales en cuanto al humor.
La vida del Seminario era dura y descarnada. A veces, cuando el tiempo impedía salir del encierro, los jueves por la tarde y los domingos, se percibía en grandes y chicos tensión, tirantez… Es difícil comprender, hoy, un internado de nueve o diez meses de encierro ininterrumpidos. Sin salas de juego y con un patio estrecho para todos. Ni una radio; ni siquiera un gramófono había para escuchar a la Piquer. Los festejos menores eran reiterativos y pobres. Pobres festejos de posguerra en un seminario tan pobre, que los residentes se calentaban a carrera limpia por claustros y pasillos. Recursos e iniciativas no eran frutos de aquel clima.
Facundo Simón y Burguillos cocinaban una farsa y, calentita, se la servían al público. Solían incorporar seminaristas que, por alguna singularidad personal o puntual, dieran juego y juerga. Hubo por entonces un gobernador célebre… Había un latino que algo se le parecía. Una chaquetilla de camarero, camisa azul, una cinta ancha cruzada y un poco de chatarra al pecho… Y ya tenían a un alto jefe de Falange. A su lado, un Sr. Arzobispo reposado, gordo y mofletudo impartía bendiciones… Y con qué unción lo hacía el reverendo Sahagúndez de Balaguer…
Esto sucedió en las fiestas rectorales ‑15 de noviembre‑, día de San Eugenio. Y se hacía en honor de don Eugenio Sánchez Pablos. Ese mismo día por la tarde, en la biblioteca, se parodió la promoción y proclamación a los altares del homenajeado. A Burguillos le correspondió hacer de abogado del diablo. Todo más bufo que ingenioso. Pero la gente rió y aplaudió hasta calentarse las manos.Y es que no se pretendía otra cosa que hacer reír, aunque fuera con sal gorda.
Con dificultad justificaría hoy aquel humor zafio. Menos aún, tratándose de adolescentes en plena evolución y llamados a ser la sal de la tierra… Y, además, eran ellos, los latinos, quienes más la gozaban y lo celebraban. Sólo lo puede atenuar el déficit que grandes y chicos padecían en la satisfacción de las necesidades básicas: alimentación, calor, bienestar, educación personalizada… Un par de horas de humor desaforado compensaba de todo, un tantico. Aunque sólo fuera por aquello que tanto se oía entonces: “Comer, no comeremos, pero reírnos…”.
A Burguillos no le desdoraba hacer el payaso en aquel ambiente pobre y aburrido. Ser tonto, lamentable desgracia es; pero hacer el tonto con un poco de chispa, si no arte, implica ingenio. Y allí, puntualmente, algo más… puesto que desterrar el tedio era, además, obra de caridad.

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