Yannikc

Yannikc comparte con otros niños y niñas de 5.º curso de Primaria los pupitres de mi clase. ¡Trabajo le costó integrarse! No por el color de su piel o su acaracolado pelo negro, delator de su procedencia africana; sino por el idioma, mezcla de conceptos castellanos, expresiones alemanas y acento nigeriano.
Es travieso, inquieto, poco aplicado, buen futbolista ‑del Barça como Ronaldinho‑, ocurrente y afectivo. Sus compañeros lo respetan, lo quieren y le ayudan a convivir en esta selva de humanoides informatizados en la que él se siente ciudadano del mundo.

Su padre, un emigrante nigeriano que huía de la mala suerte de haber nacido en la miseria del sur, llegó un día a Hamburgo en busca de un mundo mejor. Allí conoció a una rubia autóctona con la que decidió hacer familia, de la que nació Yannikc, un niño de piel negra un poco aclarada, con ojos de azabache, que no necesitan palabras para expresar lo que siente en cada momento.
Hace un año que entró en mi Colegio, un centro en el que la integración en la diversidad es la primera finalidad educativa. Argentinos, alemanes, ecuatorianos, marroquíes, británicos, nigerianos… enriquecen nuestra vida escolar en el respeto más absoluto a las diferentes ideas y creencias, haciendo que todos nos sintamos tan iguales como diferentes. ¡Y de qué manera! ¿Qué les importa a estos niños inmigrantes lo que es una nación, una comunidad autónoma o la intencionalidad de unas caricaturas irreverentes con fines comerciales? Simplemente, quieren derechos básicos para crecer en la sociedad que les ha tocado vivir y que el destino les deparó. Ya tendrán tiempo de configurar sus propias inquietudes políticas; ahora, se enfrentan a la ideología de la supervivencia. Esa que no entiende de religiones ni de partidos políticos.
‑Yo no sé qué religión practicar, porque todas dicen ser verdaderas ‑me dice con deseo de perfilar su vida.
‑¿Por qué vinisteis a Málaga? ‑indagué a Yannikc al empezar el curso.
‑Mi padre tenía mucho frío en Hamburgo.
‑Claro ‑asentí‑. Y en Nigeria tendría mucho calor, ¿no?
Su padre procedía de latitudes mucho más tórridas, que le impedían aclimatarse al frío húmedo de Hamburgo. Y decidió buscar fortuna en Málaga, nuestra internacional ciudad mediterránea. Llegó, se asentó, buscó trabajo durante un año y fracasó.
‑No hay paraíso aquí ‑dice‑. Me marcho a Alemania; allí la familia de mi mujer nos ayudará.
Hace tres días que Yannikc lo supo y, en cuanto llegó al Colegio, me lo dijo con un gesto de tristeza que me hizo enmudecer.
‑¡Qué suerte! ‑lo animé.
‑Sí… Es que mi padre encontrará trabajo allí. Dice que me comprará un ordenador cuando gane dinero.
No siguió. Se abalanzó sobre mí y me abrazó.
Yannikc se va pasado mañana. Sus compañeros quieren organizarle una fiesta de despedida, pero a mí no me gustan esos regodeos oportunistas en los que nadie sabe lo que se celebra. Lo despediremos pasando un día juntos en el Museo Aeronáutico del Aeropuerto de Málaga ‑le gustan mucho los aviones‑. Después, cada uno le entregaremos una carta, prometiéndole que nos comunicaremos frecuentemente con él, cuando tenga ordenador.
***
La visita didáctica al Museo Aeronáutico fue especialmente interesante. Yannikc disfrutó sintiéndose protagonista, sin dejar de insistir en que no hablásemos del peligro de volar. Sus compañeros le ofrecían continuamente el privilegio de ser el primero en manipular los artilugios de las aeronaves, incluso ser uno de los pocos que hicieron un simulacro de pilotar un avión. Al llegar al “cole”, sus compañeros le obsequiaron con lo que más le gusta: una tarta de chocolate, que dos niñas hicieron. Cada uno le entregó su carta y él nos leyó la suya en la que se despedía diciendo: “Lo que más siento es dejar mi equipo de fútbol, pero no os pongáis tristes que ya pronto vuelvo”.
Mientras esperamos el supuesto regreso, la gigantesca huella de su bondad nos seguirá a todos los que hemos tenido la suerte de conocerlo. Su mesa estará vacía algún tiempo, pero su presencia la sentiremos siempre entre nosotros.
¡Suerte Yannikc!

 

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Publicado en: 2006-02-12 (54 Lecturas).

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