El Niño de Praga y el teatro negro, otra forma de ver Praga, y 3

Está en todos los escaparates de souvenir, en las tiendas de cristal de bohemia, en las de cerámica, en los folletos informativos, en las guías turísticas… y en su iglesia. Ver un Niño Jesús tan diminuto por todas partes, nos estimulaba el deseo de conocer al auténtico. Así que nos planificamos para incluir la visita a su templo, en el que el cansancio nos obligó a sentarnos en los incómodos bancos, condicionados para arrodillarse, ya que un inoportuno listón a la altura de la media espalda fuerza a los devotos a hincar las rodillas en la traviesa destinada para ello.
Finalizada la celebración litúrgica –casualmente, misa en español‑, nos acercamos al rococó retablo que adornaba el altar del popular Niño Jesús.  Continuar leyendo «El Niño de Praga y el teatro negro, otra forma de ver Praga, y 3»

El puente de Carlos: otra forma de ver Praga, 2

El puente de Carlos es la seña de identidad más característica de los numerosísimos impactos visuales que recibe el visitante de la capital bohemia. Une la ciudad vieja con el barrio de Mala Strana, en el lugar justo donde la vista puede recorrer, en un giro de trescientos sesenta grados, una panorámica de ensueño. De todas las evocaciones, me quedo con los dos atardeceres que contemplé respirando la suave brisa del río Moldava, mientras observaba el intenso tráfico de barcos turísticos, la bellísima estampa del castillo con la catedral de San Vito, el barrio judío y los tranvías omnipresentes a uno y otro lado.

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Metamorfosis: otra forma de ver Praga, 1

«Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontrose en su cama convertido en un monstruoso insecto. Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia». Así empieza el relato más famoso de Franz Kafka: La metamorfosis (1912).
Estaba yo en Écija, ejerciendo mi segundo curso de maestro de primaria, cuando leí por primera vez este sobrecogedor libro, una tarde lluviosa de otoño. Un vaso de leche y unas yemas El ecijano me endulzaron el final de tan ocurrente ficción, antes de apagar la lamparita e intentar dormir. Fue una de las noches más inquietas que recuerdo. Al despertar, me dirigí al lavabo, miré las pupilas de mis ojos y suspiré tranquilo al comprobar que seguía siendo el mismo. Continuaba lloviendo, pero, en mi habitual recorrido a la escuela, saludaba más efusivamente a las personas con las que me encontraba todos los días. Me sentía feliz por ser como era: uno más de mi especie.
Cuarenta años después, visitando Praga, he sentido las mismas extrañas sensaciones, al acercarme nuevamente al escritor checo-judío en una de las ciudades más sugerentes del mundo por sus innumerables obras de arte, su pintoresco enclave junto al río Moldava ‑aún limpio‑, su belleza arquitectónica y urbanística, su integración en el entorno natural, su cuidada gastronomía, sus anárquicas y armónicas plazas, la belleza de los ojos azules de sus mujeres, la eficacia del transporte público, la increíble desincronización de los semáforos para peatones, el silencio y la limpieza de las calles (no oí el tubo de escape de una moto en cinco días), la posición humillante de pedir limosna de los mendigos, la monumental imaginería, el exuberante y obsesivo barroco de las iglesias, el conmovedor cementerio judío, la exquisita cerveza… ¡y las arañas! Me percaté de ellas en la noche del tercer día, dentro del barco en el que paseamos por el río con la intención de disfrutar de las fantásticas vistas del Castillo, de la Catedral de San Vito, del Teatro Nacional o del Puente de Carlos.

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Ortega y Gasset: emperador de la luz

Tenía yo veintidós años cuando llegué a Málaga con una maleta de quimeras, mezcla de inquieta juventud y algo del renqueante semillero del espíritu Safa. En el Palo, barrio pesquero con una de las mayores concentraciones de colegios privados religiosos de España, se encontraba el ICET, fundado por el padre Ciganda e incorporado al patronato Safa tres años antes de mi nombramiento en él como propietario definitivo. Mi nuevo colegio tenía la misión de atender a los hijos de las más humildes familias de la playa; pero en dotación, instalaciones y recursos humanos era propio de un país tercermundista.

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Nuevas tecnologías en la educación: ¿avance o retroceso?

(Este artículo tiene 20 años. Parece mentira que siga tan actual hoy día)
En el periódico Ideal digital del 17 de agosto he leído un artículo cuyo titular y subtitular, respectivamente, dicen:
Internet arrincona la disciplina y el lenguaje en las aulas
Los docentes critican que los TIC no se utilizan para el fomento de los valores básicos. Piensan que perderán el control de la clase

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Hacer catedrales

Aquella carta, en los primeros días de septiembre de 1967, supuso una de las alegrías más grandes que he recibido en mi vida. La firmaba el padre Jesús Mendoza y me comunicaba que debía incorporarme a mi primera escuela en el Puerto de Santa María.
Unos meses antes, ante la inmensidad de Mágina, me dijo:
‑Mira, Dios está en este paisaje.
‑Éste es mi último curso en el Colegio ‑le contesté.
‑Tienes una vida por delante, Diego. Te espera una apasionante misión de educador cristiano.

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Esperando a Godot

El profesor de Literatura, Julio Artillo, jesuita novicio, revolucionó la metodología tradicional haciéndonos profundizar en los movimientos literarios que más influyeron en el pensamiento contemporáneo. La primera obra dramática que leí, “Esperando a Godot”, de Samuel Beckett, tenía un simbolismo en el mensaje, que Julio Artillo nos hizo descubrir analizando la temática a la que nos enfrentábamos. El padre Artillo era un profesor diferente, tanto en Legua-Literatura como en Sociología. Sus clases, divertidas y participativas. Su poder de comunicación bastaba para motivarnos a leer, debatir, decir libremente lo que pensábamos. Los exámenes no eran un fin, sino un instrumento para medir el grado de aprendizaje que adquiríamos. Era benévolo en las notas si percibía en nosotros interés, atención y esfuerzo. Valoraba mucho nuestra capacidad de crítica en los dos primeros cursos de Magisterio (5º y 6º).

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Dos mujeres

El primer día del tercer trimestre del curso 1964-65, después de las vacaciones de Semana Santa, el padre Navarrete entró en el estudio preguntando quienes se atrevieron el día de regreso a ir al cine Ideal Cinema para ver “Dos mujeres”, protagonizada por Sofía Loren. La acompañaban en el reparto Jean-Paul Belmondo, Raf Vallone, Eleonora Brown…
Imaginaba nuestro prefecto director a la exuberante señora Loren provocando pecados mortales contra el sexto mandamiento en sus futuros maestros. Me levanté junto a un puñado de acongojados compañeros. Solo uno, cuyo nombre no desvelo por respeto a la privacidad, quedó sentado.
-Vete al dormitorio y haz la maleta. Quedas expulsado por hipócrita –sentenció con crueldad el cura dirigiéndose al compañero que intentaba esconder su delito.
Y así fue. La crueldad y la falta de misericordia hicieron presencia de forma irreversible. No se andaba con chiquitas Navarrete. Le gustaba tomar decisiones importantes y sentir la autoridad que inspiraba su presencia.
A quienes nos pusimos en pie por miedo a ser descubiertos, nos castigó a copiar encíclicas papales los domingos en el tiempo de paseo. La misión de dictar las páginas que él mismo señalaba cada semana, me correspondió a mí.
Suponer que Sofía Loren nos incitaría al pecado protagonizando una extraordinaria obra italiana dirigida en 1960 por Vittorio De Sica era impura imaginación de quienes vivían envueltos en sotanas. La película, lejos de los tópicos sexuales de la época, estaba calificada 4 ó 3R (no recuerdo bien), es decir, para mayores con reparos, no por el exhibicionismo de la italiana, que consiguió el primer Óscar a un actor o actriz de habla no inglesa, sino por la violación que sufrió con su hija en una iglesia. Pero Navarrete pensó que el pecado estaba en Sofía Loren y se fue a la puerta del Ideal Cinema a observar la salida para descubrir a los atrevidos y pecaminosos alumnos. Imposible escapar a su intimidatoria mirada.

 

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Metralletas en el Colegio

Cada vez que el padre Manuel Bermudo de la Rosa, rector de la SAFA, iba a Madrid a conseguir fondos para el mantenimiento de nuestro Colegio, todos los alumnos transitábamos día y noche por la iglesia invocando al Sagrado Corazón de Jesús que iluminara al Caudillo para que firmara el cheque que el padre Bermudo le pedía como una súplica a su infinita generosidad para la formación de jóvenes católicos afines al régimen. Por turnos repetíamos incesantemente la misma jaculatoria: “Sagrado Corazón, en vos confío”. Cada curso media hora. El mío, primero de Magisterio equivalente a primero de Bachiller, a las 23,30h. El sacrificio es liberador del pecado, nos decían. Al día siguiente, la noticia de la habilidad del rector nos dio tranquilidad en nuestro incierto futuro. La firma de Franco la consideraban milagrosa por ser obra del Sagrado Corazón.

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Cambio de fechas en la presentación de mi libro «ISNATIN»

La entrevista fue anterior al confinamiento. Por eso las fechas que anuncio son erróneas. Por fin, con permiso del covid, la primera presentación será el 7 de septiembre en Bedmar. La segunda, en principio, el 18 de octubre en Málaga.
A los asistentes se les entregará un ejemplar gratuito.