El epitafio, 4

04-08-07.

 

Cuando quise darme cuenta, estábamos subiendo por la carretera de la Sierra. Me lo indicaron las primeras retamas, el olor a jara, el incienso de los romerales, los cantuesos olibanados.
Desde Mozart a las curvas del kilómetro nueve no hubo palabras.
Sólo un suave roce sobre mi nuca, una caricia continuada relajaba mi espíritu y encendía mi carne.

—Quiero bañarme antes del amanecer —dijo mi acompañante, atreviéndose a romper el silencio.
Asentí con la cabeza, mientras le pregunté:
—¿En el río o en el pantano? Las aguas estarán frías.
—Prefiero las aguas quietas —fue su respuesta.
Nos bañaríamos de lunas sobre los verdinosos azogues del embalse. Yo intentaba mostrarme indiferente, aunque me mordía la evidente y aún secreta esplendidez de su desnudo. Bajábamos la noche por Valdeinfierno, cuando decidimos hacer una parada en la curva cercana a la piedra que manda: «Parad caminantes».
Maya descendió, dando un leve salto, algo antes que yo. Estiró el marfil de sus brazos hasta hacerlos viento y, cuando creí que se disponía a volar, los recogió ceremoniosamente, llevó el hueco de sus manos hasta sus labios y gritó contra la amarilla quietud de los montes:
—¡Soy Mayaaa! ¡Soy Mayaaa!
Bajé del coche, abracé aquel sueño por su espalda, encendí mis manos sobre un volcán, y a punto estuve de vampirizar el cisne blanco de aquella garganta.
Maya se volvió hacia mí como un girasol al alba. Algo brillaba en sus ojos. Aquel resplandor, de espaldas a lo selénico, no era propio en las pupilas de una mujer. Me pareció una diosa. Se diluyó el paisaje, desaparecieron los montes, huyeron los aromas resinosos y aparecieron los tropismos de la piel en los ritos del tacto. Hubo desbandadas en los pechos, vuelos primerizos en los nidos de los labios, tiritaron las caderas, se entorrentó la noche.
Cuando llegábamos a las orillas del embalse, en el paraje de Doña Rosa, iban perdiendo brillo los luceros. La quietud era total, inmenso el silencio. Las aguas frías verdeaban entre un círculo de pinares, que prestaban su color al enorme espejo. Ni el salto de un pez, ni el vuelo de un pájaro nocturno, ni el chistar sabihondo de una lechuza rompían la noche. ¡Sólo el lago y nosotros!
Sin decir palabra, Maya sacudió su pelo contra la soledad, se descalzó, soltó su cinturón, desmayó sus caderas para que resbalase su falda y, en un último e interminable recorrido, fue abriendo el satén de su blusa, dejando sobre su piel una ajorca que adornaba su tobillo derecho, a modo de serpiente enroscada, en la que había incrustada una esmeralda de verde azulado pálido, sellada con el relieve de un extraño animal. Maya no llevaba otros ropajes más íntimos. Maya me pareció una mujer ávida de libertad.
Iba a lanzarse al agua, cuando le pregunté:
—¿Qué animal es ése que llevas grabado en el arete?
—Es un tarando —me contestó.
—¿Un tarando? Nunca he oído esa palabra…
Apoyando su mano sobre mi hombro, levantó discretamente la pierna para alcanzar aquella argolla mitológica. Cuando la tuvo entre sus dedos y la puso a la altura de mi vista, me quedé sorprendido. Aquella piedra, que cambiaba lentamente de color, tenía tallado un monstruoso ser, que yo jamás había visto.
—¿Te agrada el tarando?
—Me parece horrible, Maya.
—No es tan fiero el tarando como tú crees. Da mejores resultados que el unicornio blanco —fue su respuesta, mientras me explicaba con brevedad el origen sármata de tal sátiro.
Aquel animal parecía un toro con cabeza de ciervo, adornada con astas largas, ricamente ramificadas, pata hendida, y vello de oso.
Maya lo puso sobre su pelo rubio y aquel centauro deforme brilló como el oro. Lo dejó luego sobre mi mano y cambió a color siena. Después lo besó con lentitud, hasta ponerlo rojo cereza. Aquel juego, en la penumbra luminosa de la madrugada, era indescriptiblemente mágico.
Acabado el transformismo del tarando, Maya colocó aquella pulsera sobre su muñeca izquierda, a la vez que se me acercaba suavemente, hasta poner sobre mi frente un sueño nuevo.
Luego, se retiró caminando hasta el agua. Aquel desnudo era de fuego, de hielo, de piedra, de viento. Poco a poco fue hundiendo sus pies, sus rodillas, sus muslos, su cintura, sus pechos, en aquellas aguas privilegiadas. El pantano la poseía totalmente, mientras yo sentía celos y pasiones.
Aquella soledad, desde la orilla, se me hizo insoportable: por otra parte, desde mi puesto de centinela, podía contemplar en todo su esplendor aquel inédito espectáculo sobre el lago, que poco a poco comenzaba a embrujarme.
Mi atención se iba dilatando en una hilada de brazadas que, a veces, dejaban ver unos pechos nacarinos; otras, unas dunas sinuosas, comprendiendo en mi pasmo, las fatigas de Ulises para desoír los cantos de las sirenas.
La luna iba menguando en los flecos de la noche. Sentí frío. Me nacieron violetas en las manos y vencejos en los labios. Sin pensármelo dos veces, me desnudé, lanzándome a las aguas en busca de aquella ondina.
Maya, en la distancia, asintió mi decisión gritando:
—¡Ven; ven aquí! —mientras remolineaba sus brazos alzados sobre dos palomas picudas.
Hasta allí puse mi derrota, en busca de la libertad y el tiempo perdido.
Maya me salió al encuentro, serenamente, sin quebrar espejos; todo lo contrario que yo; que, en mi impaciencia alada, chapoteaba como pez sin agallas.
Casi en el centro del embalse, encontré la salida del laberinto. En aquel cuerpo, el agua ya había horadado grutas para el placer, bucleado las profundidades oscuras entre columnas salomónicas, cubierto de algas su piel. Nos olvidamos de respirar hasta la asfixia, salvándonos ‑en última instancia‑ un estallido de labios entre burbujas. El brillo de las aguas, junto a las penumbras amarillas, bruñió cada poro de nuestro cuerpo. La noche embistió en plena arremetida. Aquella dulce arquitectura se me hizo bóveda entre acordes de capiteles dolménicos.
El abismo se abría con feliz poderío, una y mil veces, haciendo imposible el sueño de los peces plateados. Dos máscaras, crispadas de espasmos, se maquillaban de lunas cansadas.
Maya, en su total entrega, me seguía pareciendo extraña, lejana, desasida; buscando en las honduras del agua los brebajes de la vida.
Testigos fueron los pinos más verdes, más cercanos a la orilla, de aquella lucha incruenta entre los garfios del relente.
En la vertical de aquel atrio lacustre, las estrellas iban palideciendo de luz.
—Yo soy Acuario. ¿Y tú? —me preguntó Maya.
—¿Qué tal te cae un Capricornio? —fue mi respuesta.
El cielo puso sus sábanas sobre el desmayo de la batalla. Junto a la altura de mi latido, Maya dejó descansar su cabeza, mientras la luna abandonaba su palidez en las lastras.
El pájaro del cansancio voló sobre la noche de nuestros párpados. Se me encendieron los sueños en los confines del asombro, allí donde nace la fantasía.
Aquella visión fue un inventario de asombros, un desfile de quimeras, a veces agradable, otras espeluznante. En el libro profundo de mis caprichos freudianos, aparecieron risas indómitas, llantos de plañideras, blasfemias de íncubos que, naciendo del lago, se encaramaban a tientas por bordes cenagosos.
Otras, para amansar a los espectros, sentía cómo mi cuerpo flotaba con ingravidez astral y participaba en un lúbrico aquelarre en las simas del lago. Allí, en los fondos, se celebraba una sorpresiva procesión de vírgenes a un lado y viejas meretrices en el otro. Abría la comitiva un unicornio opalino y transparente, cabalgado por Maya. Lo cerraba un tarando horrible, montado por mí. Cuando aquella comparsa llegó a una ciénaga luciferina, brujas y doncellas nos rodearon, nos descabalgaron de tarando y unicornio, y cantando la canción del diablo, untaron nuestros cuerpos de una mirra extraña, que me hacía arder en deseos.
Tan fuerte debió ser la ansiedad, tan profundo el espasmo, que me incorporé dando un grito espantoso, haciendo revolotear una bandada de grajos, que al parecer pernoctaban sobre el pinar. Me llevé las manos a los ojos y palpé con miedo mi rostro, buscando mis órbitas.
Cuando me repuse, caí en la angustia al comprobar que aquella mujer había desaparecido.
Apuré la incipiente claridad del amanecer y escudriñé la orilla opuesta. Mi soledad, antes compartida, la quietud de las aguas y el silencio apocalíptico del momento, me hicieron gritar instintivamente: «¡Mayaa!… ¡Mayaa!…». Nadie contestó. La sierra se hizo cómplice, el pantano losa. Miré una y otra vez en círculo en busca de su ausencia. Volví a gritar su nombre. Los grajos volvieron a dibujar su negro presagio. Ni una señal, ni una huella, ni un vestigio de la noche mágica, ni una mancha de carmín sobre la humedad de mi piel.
Me acerqué hasta el mismo borde de la orilla, resbalando por el declive pronunciado del terreno, hasta mojar mis pies en el agua limpia de las primeras rocas.
Una tremenda desolación me embargaba. Mil preguntas sin respuesta torturaban mi espera. Aquel paisaje que, hacía unas horas había sido paraíso, se erosionaba con el ácido corrosivo de la duda, hasta parecerme un infierno.
Inquieto, inmóvil, triste, rebelde, suplicante, clavé mis ojos sobre el azabache de aquel lago, intentando abrir un resquicio en sus azogues, vislumbrar unas burbujas delatoras o la indiscreción de algún pez asustado.
Recordé con tristeza unos viejos versos de un olvidado poeta, quizás incompletos en mi memoria o tergiversados por el tiempo:
Ella va por el espejo,
y yo me quedo a solas.
Los abismos del cinabrio
ocultan quizás su luz
entre mis sombras.
No vuelve. Ya no hay nadie.
Sólo queda su beso desmayado.
¿Estás allí o duermes,
muy, muy adentro de la sombra,
dejando el tiempo abandonado?
Los cerros comenzaban a despertar, mientras que aquel embalse padecía de sueños.
Inmediatamente pensé en zambullirme, pero…, ¿no habría torbellinos sumergidos? ¿Habrían abierto las esclusas aguas arriba?
Esperé unos breves momentos, absorto, con atención espartana, cuando desde el centro de aquel espejismo, un destello amarillo convirtió en oro todas mis miradas.
Sin pensármelo más, me despeñé contra aquel crisol, sin temor a las corrientes ni a la locura. Nadé con ímpetu, pero cuando alcancé el objetivo, extenuado y jadeante, comprobé que había sufrido alucinaciones. De repente sentí que un lastre sorprendente, una poderosa fuerza, me arrastraba hacia los fondos cenagosos de aquellas aguas.
Mi lucha era inútil. Grité, chapoteé, me hundí y resurgí varias veces, hasta que, exhausto de fuerzas, me inundó la ingravidez y el plomo del ahogo. Cuando estaba irremediablemente en la negra verticalidad del abismo, estalló un túnel de luz inmenso, mientras de la ciénaga surgía una mano a la que me agarré en un supremo esfuerzo. Sentí que se me desgarraba la carne, que se me escapaba la vida…

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