El sabor del incienso, 3

09-11-07.
Ya en la calle, decidí tomar un café en el Ateneo. Era este un local cercano, un bar—cafetería muy su¡ géneris, al que yo solía acudir un par de veces al día: por la mañana, a repasar la prensa y saludar a los madrugadores; por la noche, para elucubrar sobre lo humano, discutir de política, asistir a las tertulias de los martes o contemplar alguna de las exposiciones de pinturas, grabados o cerámicas que allí se colgaban.

La cafetería Ateneo no era simplemente un establecimiento al uso. Era un semisótano discreto, desde el que podías observar sin ser visto, y cuyos propietarios formaban una pareja tan peculiar como ejemplar. Cincuentón él, socialista de vieja honradez, sindicalista acabado, amigo de la historia y las leyendas, tenía tal aversión por las corbatas como adicción a las pajaritas, de las que llegó a tener varias docenas de quita y pon. Santiago de Córdoba, que así se llamaba y se sigue llamando, es uno de esos hombres cuya medida de la ética la busca en sí mismo.
Hombre de buenas maneras y mejores manías ha hecho por la gran o pequeña historia de Andújar una labor que sólo la política ha frenado. Ahí están sus “Cuadernos de Historia”, ahí están sus “Tertulias de los martes en la Cafetería Ateneo”. Justo es decir aquí, antes de pasar a otros menesteres, que, si todos los adversarios políticos que han pasado por mi liberalismo hubiesen tenido el talante de este socialista, hoy tendría menos cicatrices en mi alma, menos peldaños quebrados en mi escala de valores. Cuando comprobó que en su entorno crecían los hongos, se juramentó con María Luisa, su compañera y esposa, para abandonar uno el Ayuntamiento, a punto de ruinas, y cerrar la cafetería ella, cosa esta que dejó maltrecha la poca o mucha tolerancia que flotaba por Andújar.
Pero, volvamos al café. Porque, estando sorbiendo la tacita, observé sobre una de las columnas del local un cartel que anunciaba la próxima exposición de la casa: “RÉPLICAS DEL MUNDO” y, entre paréntesis, bajo un vaso alabastrino, ORGANIZA: “EL CALIZ DE CRISTAL”.
Aquello me reconfortó. Pensé que se me estaban abriendo las rendijas necesarias para poder vislumbrar las luces de Maya. Como conocía la eficacia informativa de María Luisa, la rubia propietaria del establecimiento, le pregunté:
—¿Qué es esto de la exposición de réplicas?
—Son reproducciones de restos arqueológicos y símbolos universales.
—Y… ¿quiénes son los organizadores?
—No los conozco. Sólo a un señor, educado y bonachón, que concertó las fechas y nos trajo el cartel con los catálogos.
Luego, amablemente, como es su norma, María Luisa me entregó un muestrario que examiné con detenimiento.
Aquel catálogo estaba pulcramente presentado a color. En la portada aparecía una estatuilla de la diosa Kali; en la contraportada, la carátula de un libro bien conocido por mí: Los juegos de Maya.
Entre la diosa Kali y Maya, aparecían grabadas varias decenas de objetos fabulosos, que hasta entonces me habían sido, en su gran mayoría, desconocidos. La muestra se presentaría hecha en bronce, mármol, madera noble o estuco. Unos testimonios tendrían su tamaño natural, otros a escala. Los objetos no estarían a la venta, explicando los motivos de la ausencia de lucro con estas palabras: «No acumules oro; aprende a contentarte con lo suficiente. Conoce los dioses del mundo, pero no idolatres las riquezas. Desear más de lo necesario es ofender a las deidades y herir al prójimo».
La exposición se abriría en la última semana de marzo, según detallaba aquel rico folleto.
Me despedí de María Luisa, dándole las gracias, a lo que me respondió con el impagable silencio de una sonrisa.
Aquella noche, a pesar del café, dormí sin sobresaltos ni pesadillas. El cansancio de los aromas calcinados y la lenidad de almohadones, junto a la cálida estoicidad del baño, fueron excelentes somníferos; tan excelentes que, antes de que sonase el despertador —a las ocho en punto—, tuve fuerzas suficientes para asomarme al balcón, saludar al día, tomar una ducha y escribir unas líneas, en honor y loor de la jornada que amanecía.
Esta vez no fueron versos, ni palabras encadenadas. Me dejé llevar por la luz naciente, desmayé la paz por mis dedos, mandé la preceptiva a los infiernos y puse la libertad en manos femeninas. Evidentemente, Maya seguía siendo mi obsesión, porque ella volvió a ser la protagonista de mi prosa.
«A ti, mujer de aquí, mujer de allí, mujer azul o mujer de escarcha. A ti, mujer volcán o mujer gacela. A ti, mujer en libertad, mujer en vuelo, mujer de sueños o de insomnios, mujer en la luz, o mujer en la sombra.
A ti, Maya, mujer de los vientos, mujer sin jaulas, mujer de ausencias y delirios, mujer clavada al recuerdo, mujer sin olvido posible. A ti, mujer ánfora, mujer en progreso, mujer de esmeralda, mujer amante, mujer de sal, mujer del alba. A ti, Maya, grito de ausencias, pleamar de mis ojos, brisa que calcina, acuario de mis peces rojos.
A ti, quien quiera que seas, acepta estas flores, arrancadas del jardín de mis lunas, a cambio de tus juegos».
Cuando hube terminado de escribir, recordé ‑a pesar de las muchas horas que faltaban‑ que, a eso de las seis de la tarde, tendría una cita en aquel ático secreto.
Para acortar la largura del tiempo, ordenaba la hecatombe de mis papeles, hurgaba en los diccionarios buscando réplicas, repasaba las cartas de Manuel Jurado y las críticas de Eduardo Alvarado a mi último poemario. Enmendé las consonancias a unos madrigales, di brillo a unas placas de plácemes, busqué en mi agenda algún acto del que tuviera que excusarme, pasé a limpio las actas pendientes de mis secretariados culturales, y así estuve, de tarea en tarea, hasta la hora del almuerzo.

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