Abdeslam Damoun

16-04-2008.
Quienes visiten algún día la ciudad de Tetuán, oirán hablar de él, incluso pueden encontrárselo por alguna calle de La Medina. O tener la suerte de ser recibidos en su despacho de la primera planta del Ayuntamiento, en el que es Vicepresidente de la Comunidad Urbana de Tetuán.

La primera vez que nos presentaron en Tetuán, hace cuatro años, me pareció uno de esos políticos que dominan las situaciones relevantes, en las que se desenvuelve con la misma normalidad que tomando el té con los amigos una tarde cualquiera. Abdeslam Damoun debe rondar los cuarenta años, de complexión atlética, seguro de sí mismo, cortés, noble y fiel. Su inteligencia es sagaz; su memoria, portentosa; y su corazón, capaz de ofrecer amistad y afecto, si quien los recibe sabe corresponder con la misma sinceridad con que él los da. Lo demostró en junio de 2005, presidiendo la presentación de mi libro Al son de una casida, junto a los alcaldes de Málaga y Nador en el Rectorado de la UMA. Su discurso fue, como siempre, respetuoso y emotivo. Al finalizar, mientras colocaba el escudo de Tetuán en la solapa de mi chaqueta, me abrazó, agradeciendo los elogios a la cultura común que nuestros pueblos compartieron durante la Alta Edad Media, en aquel espacio mítico (Al-Udwatain, ‘Dos Orillas’).
En otra ocasión, tuve que requerir su influencia en un complicado escenario en la frontera de Ceuta, al ser confundido con un traficante de coches y retenido más de dos horas. Cuando había perdido todas las esperanzas, Damoun, informado por el coordinador de Interreg, Juan José Ponce, contactó con el ministro de Industria y Comercio del gobierno de Rabat, consiguiendo mi inmediata puesta en libertad.
En uno de los viajes de cooperación cultural, nos llevó a su barrio natal en el interior de La Medina, donde nos mostró, orgulloso de su gestión, las mejoras en la limpieza, blanqueo de fachadas y colocación de macetas, que recordaban a un patio cordobés.
−Cada año, elegimos al mejor ciudadano de La Medina −explicaba, mientras recorríamos sus calles−. Las puertas están abiertas para los visitantes. Siempre hay un plato de comida para quien lo necesite −añadió.
Pasear con Damoun por su ciudad es un lujo. Describe como nadie las relaciones humanas, los proyectos políticos, el contexto…
−Esta ciudad tiene mucha historia −dice−; pero eso lo dejo a los historiadores. Yo prefiero hablar de la gente y del futuro.
El buen humor, del que hace gala continuamente, lo convierte en maestro de afectos y en creador de buenos ambientes. Sentarse en su mesa es vivir la auténtica ceremonia de la hospitalidad. Reparte, ofrece, celebra  sabores, insiste en comer lo que él mismo degusta una y otra vez, mientras conversa incansablemente sobre su país, su cultura, los próximos proyectos municipales… No tiene un minuto de sosiego. Controla todo el funcionamiento de la ciudad, cercana al medio millón de habitantes. Su teléfono suena casi ininterrumpidamente. Está hablando en animada tertulia y, de pronto, se levanta para corresponder a quienes se acercan a saludarle. Omnipresente, siempre tiene la palabra oportuna y la solución a cualquier problema, por más complicado que sea en la metrópoli que dirige como Vicepresidente, ya que el Alcalde es ministro del Rey y vive en Rabat.
El día que clausuramos el III Festival de Teatro Multicultural con “La Magia del Musical”, en el Teatro Español, llovía en Tetuán de forma torrencial. El acto de bienvenida que él nos ofreció en el Parlamento de la Comunidad Urbana había finalizado. De pronto, como si de un mago se tratara, aparecieron paraguas en sus manos, que regalaba por doquier.
−Es un regalo para celebrar la lluvia de Alá. Ya podéis pasear por La Medina −insinuaba con amable sonrisa−.
El día anterior, Damoun nos esperó en la frontera. Había, entonces, ciertos recelos con la visita de los Reyes de España a Ceuta y Melilla. La televisión había ofrecido imágenes de manifestaciones en uno y otro lado de la verja, y algunos componentes del grupo de teatro expresaron su inquietud. No dudó estar presente en nuestra llegada. Sólo fue un gesto, pero yo volví a descubrir al gran Damoun, al buen amigo, al mejor político, al noble y abnegado marroquí que, con aspecto de elegante sultán de épocas gloriosas, hoy fortalecía, una vez más, la cooperación cultural entre nuestros pueblos.
Nuevos horizontes de cooperación se abren para el futuro. Los programas Interreg han cumplido su misión. Ahora, la Unión Europea quiere apostar por inversiones mucho más ambiciosas en campos diversos, pero muy especialmente en el legislativo y en la educación. Es un proyecto para todos los países mediterráneos, enmarcado en la filosofía de alianza de civilizaciones que la ONU promueve.
No sé si algún día Damoun y yo nos volveremos a encontrar en este apasionante trabajo en pro del hermanamiento de nuestros pueblos. Los dos creemos firmemente en el camino iniciado. De cualquier forma, lo que importa son los proyectos, las ideas y la voluntad de llevarlos a cabo con la honestidad y la generosidad con que lo hemos hecho cuantos hemos trabajado en ello.
Francisco de la Torre (alcalde de Málaga), Abdeslam Damoun y Diego Rodríguez.
 

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