El expolio, 3

21-06-2008.
A las doce estaba en la cama. Habían pasado treinta horas de soledad en mi vida. Nunca me había sentido tan enclaustrado, jamás tan necesitado de Maya. El día no se me había hecho tan largo como abultada la noche. La ciudad ardía en llamas mientras yo me extinguía en las cenizas de la ausencia. Junto al despertador, mi libro sagrado, esperaba las horas. Recordé sus palabras:

—!Éste es nuestro libro!
Luego, abrí las páginas por los confines del sueño…
Al despertar del martes recordé que aún quedaba la esperanza del jueves. Para ese día y después de los diluvios del sábado, se había aplazado la muestra de réplicas.
Pensaba que si Talestris había acabado sus conferencias por Toledo, quizás el miércoles podrían estar aquí; incluso que quien, como yo, se había pasado la vida amarrado a la rutina, a la norma y al qué dirán, bien podría resistir unos días para volver a la libertad.
Eran las diez de la mañana cuando me atreví a llamar por teléfono. Nadie contestó. Insistí hasta cuatro veces. Otras tantas veces respondió el silencio.
Para evitar personalismos, contrastar pareceres y pulsar opiniones de distinta estofa, aquel día decidí hacer una excepción. No iría al Ateneo hasta la hora de la cerveza, por lo que tomé la derrota del restaurante Los Naranjos, establecimiento que Pepe López había abierto en comunidad de bienes y trabajo.
Nada más pedir el café, mi amigo Pepe, trovador de raíces populares y profundas, pregonero de mayos, amigo cabal, cantautor y coplero del Sur, me dijo:
—¿Has leído el periódico, Pablo?
—No. Acabo de salir a la calle. ¿Trae algo interesante?
—¿No te parece interesante la faena que nos han hecho? Bien podrían haber robado en un banco, y no en el “camarín”.
—Llevas razón, Pepe —le dije—. Puestos a elegir, más vale ganzúa en Banesto, que palanqueta en el Cerro.
Un apoderado de la citada entidad, forofo por entonces de don Mario Conde, que por allí consumía “los veinte minutos” del bocadillo, me miró de reojo, mientras sorbía su taza como si fuese mi sangre. Desde aquel día, jamás se me ocurrió solicitar un hipotecario por aquellas ventanillas.
Pero Pepe insistía.
—¿Quién habrá sido el desalmado? ¡Esos tienen que ser de Despeñaperros para arriba o de más allá de Tarifa! Te aseguro, Pablo, que a mí no me arrugan esos herejes. Todas mis cintas de sevillanas… ¡para ELLA!
—No te preocupes, hombre. Todo tiene solución, menos una sombra alargada.
—Vaya si es así, amigo Pablo. Menos da un ciprés —me dijo con tono filosófico.
Cuando Pepe retiraba dos medias tostadas para un cliente, oí un redoble de tambor que, desde la calle, puso gestos de extrañeza entre la concurrencia. Era el tambor de “Comegatos” que, sobrado de fervor mariano y escaso de fe en los hombres, tocaba a rebato para llenar “el platillo” en pro de una nueva “recoronación”.
En plena judería y desde la puerta del restaurante, Antonio Expósito ‑que así lo cristianaron‑ dio un concierto de redobles y palitroques que para su guitarra quisiera don Jesús, el párroco cantautor de la Pastora.
Terminada la tamborada, se destocó y pasó la gorra, no sin antes haber brindado montera en mano y por tres veces con un «¡Viva la Virgen de la Cabeza!», que ahuyentó a las palomas de Correos y a un par de buitres roñosos de la barra de Los Naranjos.
Tal fue el estruendo del «¡Viva!» que Lucas Sánchez abandonó su ventanilla de “cartas urgentes” y, sumándose al alboroto, abrazó al de los palillos con tal efusión que la engrosada colecta rodó por entre los veladores, entre las benditas blasfemias del fanático y legendario “Comegatos”.
Lucas no perdió ocasión de demostrar, una vez más, lo que ya tenía archidemostrado: ¡Su locura por la Morenita! Allí, y mientras ayudaba a recoger las monedas del suelo, ofreció dar “un canto” en el Cuadro de la Virgen en la noche del sábado.
Lucas pondría el pan, el aceite y el bacalao; su mujer la simpatía y la Virgen su mirada. Acabada la promesa, hubo un aplauso general y Lucas volvió a la ventanilla de su mensajería.
Allí comprendí que si para los asuntos de los “garbanzos” y “el yodo” las gentes de Andújar gozábamos de pachorra, para los negocios del ánima mis vecinos gozaban de misioneras urgencias. Sería por tales virtudes que en tiempos pasados, entre parroquias, conventos, cenobios, ermitas, campanarios, sacristías, espadañas, tornos para expósitos, palacios, casas solariegas y mancebías de perdición, no quedaba al villanaje otra alternativa que apechugar con el fastidio de la pernada o el anclaje en la fe. Y ello, en orden a la salvación eterna.
Así andaba entre aquellos fervores, cuando me avisaron para que me pusiera al teléfono. Era José Luis Moreno Codina, director del diario JAÉN, que me pedía una crónica urgente sobre el ambiente que se respiraba por la ciudad. Me sorprendía que me pidiese tal crónica y con premuras, como así se lo hice saber, y que el corresponsal Eduardo Alvarado no la hubiese enviado ya.
Estaba en un error. Eduardo había remitido en las primeras horas un fax y posteriormente dos artículos, con lo que la redacción había hecho una primera página a tres columnas.
Moreno Codina, conocedor de mis andorreos extramuros y mis querencias esotéricas, deseaba que los lectores conocieran mi versión. La crónica la envié por la tarde. Nunca fue publicada. Razones tendría mi director para ello. Su prudencia, que no su censura, me libró a buen seguro, de la excomunión “a divinis”, poniendo su cariño hacia mi persona, por encima de mis veleidades y ojerizas contra Trento.
Salí de Los Naranjos dirección “del Carmen”. De las oscuridades del medievo sólo quedaban algunas estrecheces y la magia negra de la piqueta. Imaginé la razia que hubiesen hecho en aquellas calles los sacros hijosdalgos, si las joyas hubiesen desaparecido en tales tiempos. Seguí el camino hasta mi Plaza Vieja.
Es público y notorio que a tal Plaza, antes del Mestanza, le tengo santa y profana devoción. Tanta, que, durante años, publiqué dimes y diretes en el Periódico Guadalquivir, con un popular título: “Desde la Plaza Vieja”.
Desde esa sección denunciaba chismorreos de gurruminos, órdagos de fanfarrias, ojeadas de fisgones, espantadas de avechuchos, cuando no tenía que manejar el látigo de la mordacidad, zahiriendo sin pestañear a los que, resguardados tras la cristalera, tapados con la prensa, escaqueados en los sillones de la Peña Cultural Deportiva, hacían honor al deporte del despelleje y a la cultura del comadreo, adjudicando el título de balarrasa a todo varón que saludase a fémina ajena, y el de casquilucia a toda hembra que festejase el cumplido con una sonrisa.
Bastaba con un minuto de cháchara en la puerta de la “botica” para arruinar una partida de blancas dobles; y si la cosa se alargaba, se empernaban contra los vidrios, como caracoles al sol.
Justo es decir, que había tantas excepciones, como longividentes. Como ejemplo de los primeros, un amigo cabal, Pepe Salas: prudente en el hablar, magnánimo en la amistad, caballero de éxito entre las damas, y muy bien informado de los asuntos caseros, no por vicio, sino por pluriempleo, ya que a sus horas aceiteras en Koipe les sumaba las de buscar piso a las parejas casaderas y estacas olivareras a los ahorradores.
Desde la puerta de la Peña Cultural me dirigí a la peatonal de San Francisco. No había andado treinta metros cuando oí una voz conocida que me llamaba. Era Eduardo Criado que, desde la puerta del inmueble en que se encuentran las oficinas de la Cámara de Comercio, requería mi atención. Subimos a su despacho, y allí, tranquilamente hablamos del tema.
Si había andujareños preocupados por la ruindad del expolio, Eduardo estaba en las trincheras de vanguardia. Hombre y duro hueso de roer en la invertebrada sociedad de Andújar, herido en mil batallas, dardo cierto para los cómodos, con cicatrices divinas y penumbras humanas, había sido director de banca, alcalde en la transición, destacado miembro de Cáritas y Presidente de la Cámara de Comercio. Tenía abiertos varios establecimientos en la ciudad y gozaba entre las gentes de iglesia de tal prestigio, que tuteaba al mismo san Eufrasio, en la persona de don Santiago Aracil. Cuando su reverencia visitaba la ciudad, hacía parada y fonda en el domicilio de los “Criado”.
Por lo hablado allí, el obispo ya se había comunicado con él, depositando su pastoral confianza en las gestiones que Eduardo tuviese a bien llevar a cabo. Me confesó que don Santiago estaba hondamente preocupado. No comprendía cómo en la misma noche se habían profanado tantos claustros, tantos púlpitos.
Eduardo se había comprometido a llevar el peso de las pesquisas y para ello había sido acreditado convenientemente ante el Comisario de Policía para que, ante cualquier indicio, huella o hallazgo, tuviese plenos poderes de decisión.
Me mostró el inventario completo del botín, haciéndome una confidencia. Un párroco, cuyo nombre sólo Dios sabe, había añadido al latrocinio el importe del cepillo, que había estimado, a ojo de recovero, en tres mil duros y unos reales. Tal exactitud le era sospechosa, más aún cuando tal arca, según la policía, había sido reventada con huellas digitales veladas de ceras.
En lo más urgente y acuciante Eduardo coincidía, por una vez, con el pueblo: las coronas, los rostrillos y el madroño eran imprescindibles. Estábamos en abril y la romería nos agobiaba.
El pueblo pudiente y los humildes creyentes se volcarían en donaciones, pero no quedaban días para ir hasta Córdoba y encargar a los herederos de Aumente que acrisolasen en oro nuestra fe. Y a más abundancia, suponiendo que los Aumente “aumentaran” sus horas extraordinarias, el enrevesado protocolo para que doña Carmen (Romero de González) y un tal Vargas, a la sazón, ministro de Defensa, acompañados del Director General de la Guardia Civil, don Juan Roldán, viniesen a presidir el solemne acto, daría al traste con los deseos de los hombres y las voluntades divinas.
Ante la aflicción de mi buen amigo Eduardo, me armé de valor y le dije:
—¡Todo tiene solución! Te aseguro que esta romería será de muchedumbres enfebrecidas. Si la sacamos sin sus joyas, la Virgen va a arrancar más fervores, más lágrimas, más inocencias en volandas, más pecados. ¿O es que Juan de Rivas, no arrastró al pueblo sierra arriba, vestido con zahones raídos y más seco de bolsa que de brazo?
Eduardo se quedó pensativo. Como si de una operación financiera se tratase, absorto en la duda, sin saber si echarme a patadas de la oficina o abrazarme. Aquella idea de procesionar por las calzadas a la Virgen sobre sus andas, sin sus perifollos, tal cual Navas Parejo la había tallado, era una hipótesis para el dilema. O se nos venía el pueblo encima, o el milagro sería sonado.
¿Qué impresión causaría al medio millón de romeros una Virgen Morena, sin rostrillo, sin resplandor, mayestática, sin brocados aterciopelados, sin bastón de generala, Morena como gitana, abrazando a su Niño sin madroño que chupar?
—¡Se te ocurre cada cosa! —me dijo Eduardo, saliendo de titubeos, a la vez que moviendo la cabeza, mascullaba…—: ¡Pero me has convencido! ¡Vaya si me has convencido!
En efecto. Eduardo iba a trasladar mi ocurrencia a la Diputación de la Cofradía Matriz, con un sólo objeto: El de comprobar la reacción a la disparatada propuesta de una solemne procesión como la hubiesen celebrado un trece de agosto de 1227.
Como lo pensó lo hizo. Allí mismo, en mi presencia, llamó por teléfono a varios diputados. Se reunirían a las nueve de la noche, en la calle de la Feria, domicilio donde “siempre” acostumbraban a celebrar cónclaves los electos caballeros venticuatro a mayor gloria de los tiempos.
Me despedí de Eduardo, quedando en estar en permanente contacto, ante cualquier eventualidad que pudiera acontecer.

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