Recuerdos de la SAFA – 36: Aquellas canciones (II)

Recuerdos de la SAFA – 36 : Aquellas canciones (II)

Cuando salíamos los fines de semana, ya en Maestría o Magisterio, tanto sábados como domingos, dado que ya teníamos más libertad de movimientos, solíamos ir a los futbolines de la calle Gradas o a algunos bares (el famoso Bar Barella, o La Cultural con sus vermús con soda y chatos a 1,50 pesetas en el que el camarero preguntaba “¿blanco o tinto?” y todos contestábamos “¡grande!”, o el de la calle Don Juan con sus enormes tapas de careta o jibia a la plancha, o el inolvidable Sotanillo, donde las parejas nos pasábamos las horas en el tabuco subterráneo) donde tomar un chato y una tapa.

En todos estos sitios habían instalado unas máquinas tocadiscos muy curiosas: cuadradas, enormes, con un plato para discos de 45 rpm en el centro, que eran colocados en el reproductor por un brazo articulado que los descargaba con asombrosa precisión desde su alojamiento en vertical. Cada uno ponía el disco que quería mediante unos teclados de letras y números (aunque nuestro bolsillo no estaba para muchos dispendios) y todos disfrutábamos de los últimos éxitos, especialmente cuando eran los guardias civiles de la Academia, que tenían más cuartos que nosotros, los que atiborraban la máquina de monedas.

Pero si estaba nuestro amigo Paco D.F. ya sabíamos que tendríamos “Todo tiene su fin” de los Módulos (14), una y otra vez.

Las mismas bromas que le gastábamos a Paco con esta querencia las tuve yo que sufrir un año más tarde, pues la chica ubetense con la que salía era fan irredenta de los Bravos, y el “Black is black(6) sonaba de forma reiterada toda la velada, porque claro, un caballero no podía negarle nada a su dama. Otra canción muy demandada, hasta el extremo que un sábado se averió el disco y el encargado dijo que era de tanto ponerlo, era “Un sorbito de champán” de los Brincos (1), cuya letra cantábamos todos a coro, haciendo las dos voces.

Ya en la Primera División (Magisterio o Maestría), algunos aparecieron con un magnetófono portátil, que funcionaba con casettes, lo que nos pareció a todos un invento sorprendente. Así que cada uno se buscaba las fuentes para grabar sus canciones favoritas y luego las oíamos en las habitaciones mientras estudiábamos o simplemente estábamos de tiempo libre en ellas. La calidad muchas veces era lamentable, pues las grabábamos poniendo el micrófono delante del altavoz del picú. Con eso está todo dicho. El problema es que devoraban las pilas (no se había inventado aún los adminículos para conexión directa a la red eléctrica para estos modelos), y su precio nos hacía cuesta arriba el reponerlas cada vez que acababa su vida útil.

Para ahorrar pilas, nunca rebobinábamos o avanzábamos con el chisme: usábamos un BIC o un lápiz hexagonal. Quien no sabe asociar estos dos objetos, no sabe lo que fueron esos años.

Pero para todo problema hay una solución: un compañero de la especialidad de Electricidad dijo que las pilas se podían recargar si se sumergían en agua y se les hacía pasar una corriente eléctrica. Dicho y hecho: las cuatro pilas al lavabo, y metimos dentro del agua un calentador que teníamos para hacernos infusiones o bebidas calientes, un chisme con forma de disco de plástico con un cable de 1’5 m. Este invento no parecía funcionar bien, porque ni siquiera calentaba el agua del lavabo. Así que gran solución: meter un segundo calentador. No sé que aberración eléctrica hicimos, pero lo cierto es que aquello literalmente explotó, y el lavabo se hizo añicos… Las explicaciones del estropicio al Hermano Tamargo fueron de lo más peregrinas, por lo que  él concluyó que nos habríamos subido encima del  lavabo y que nuestro peso lo derrumbó haciéndose trozos en el suelo. Mejor esa razón que la verdadera…

En 2º de Oficialía experimentamos una situación curiosa  y alentadora: nuestro tutor, el Padre Diego O. (más conocido como “el oso Yogui” por su tamaño y sus manos como zarpas) además de velar por la disciplina durante el día, se convertía en un amigo por las noches, hasta el extremo de que algunos, cuando ya había sonado el toque de silencio, nos íbamos a su cuarto donde tenía un reproductor de discos (conocido como “picú”, del inglés pick-up en versión cañí) y una buena colección de discos de 45 rpm y, ¡oh sorpresa! de 33 rpm. En ese cuarto oí por primera vez a los Mustang (4) (con sus versiones de canciones de los Beatles, que tenían más éxito que las originales) o a Lone Star (“Mi calle”) (15). Pero también conocí y empecé a admirar a Serrat (“La paloma”, “Antes de que den las diez”, (16) “Tu nombre me sabe a yerba” (17), “Manuel”) y con todo el cuidado del mundo para que no se oyese fuera del cuarto ni se supiese que tal disco existía, a Paco Ibáñez (“Andaluces de Jaén” (18), “La poesía es un arma cargada de futuro”).

Y en ese cuarto hablábamos de las cosas que estaban pasando en el mundo porque ese cura, además de informarnos con ecuanimidad, nos oía, nos escuchaba, tenía en cuenta nuestras opiniones, nos trataba como personas mayores. Ese cura, alto, fuerte, rubio, con ojos azules, que parecía sueco pero era del Puerto de Santa María, fue uno de los que dejó una huella imborrable en esos adolescentes que se abrían a un mundo inexplorado. Ese cura, que una noche nos castigó a todo el curso a salir en pijama de madrugada al campo de deportes por el alboroto que liábamos en las camaretas era el mismo que luego nos defendía cuando otros curas más rígidos querían reprimirnos o castigarnos de forma abusiva. Y ese cura, que esa noche de marras me soltó un bofetón con su manaza que me derribó como un saco, por pasarme de gracioso, es el mismo que luego me llevó a Granada en su SEAT 124 Sport Coupé y que terminó la carrera de Filosofía conmigo en esa Universidad.

Nuestra estancia en la SAFA coincidió con el mejor período musical en décadas, donde la conocida como “british invasion” (Beatles, Rolling Stones, Kinks, Cream, The Who, Hollies, Tremeloes, Moody Blues (19), etc. para los amantes del pop; Deep Purple y Led Zeppelin para los que amaban el rock duro, y los impecables Animals con su inmortal The house of the rising sun (20) como ejemplo de la penetración de la música negra americana en un grupo blanco y europeo) llenó las emisoras mundiales.

Esto propició un movimiento similar en los EE.UU (Doors, Jefferson Airplane, aunque tuvo especial empuje la música negra, en sus vertientes soul o blues, con nombres como Four Tops (21),  Temptations, Supremes, Aretha Franklin o Wilson Pickett)  y en los demás países europeos, aunque éstos se dedicaron más a la música vocal con grandes voces francesas (Adamo (22), Aznavour (23) , Hervé Vilard, Françoise Hardy, etc.) o italianas (Domenico Modugno (24), Jimmy Fontana, Gigliola Cinquetti, Mina, Patti Pravo, Rita Pavone, etc.).

En España triunfaron tanto grupos que imitaban el pop inglés (Mustang, Sirex, Bravos) o americano (Canarios) como los que le imprimían un estilo propio (Pekenikes, Relámpagos, Brincos).

En paralelo a los grupos triunfaban grandes voces masculinas, como Raphael (el ídolo de todas las madres y de Dª Carmen –Carmen Collares, le decíamos-, que lo invitaba todos los años a la gala de Navidad de TVE, donde no podía faltar su “Tamborilero”) (25),  o femeninas (Karina, Massiel, las niñas prodigio Marisol y Rocío Dúrcal)

(Los números que aparecen tras el título de algunas canciones hacen referencia al orden en que aparecen en la lista de reproducción insertada al final del artículo. He buscado los vídeos originales, aunque hay versiones más modernas y con mejor calidad de imágenes. En cada vídeo he incluido una breve historia de la canción y una biografía de los autores. Para leerlas, tenéis que visualizarlo en YouTube, en nuestro canal de Antiguos Alumnos SAFA, pinchando en «Mostrar más», o clicando en el icono de las tres rayas horizontales. Que las disfrutéis…)

(Continuará…)

Autor: José Luis Rodríguez Sánchez

Presidente de la Asociación de Antiguos Alumnos de Magisterio de la SAFA de Úbeda (AAMSU)

6 opiniones en “Recuerdos de la SAFA – 36: Aquellas canciones (II)”

  1. Maravillosa descripción de los lugares donde encontrábamos la libertad en una mesa de billar, en un chato de vino o en aquellas modernísimas máquina de discos que sonaban a gloria. Te felicito, José Luis, por arrancarme de la memoria lo mejor de una época inolvidable.

  2. Canciones y grupos inmortales. Aún sigo oyendo con la misma ilusión épica que el llanto de Aquiles, la grabación original de The house of de rising sun, la de Eric Burdon y The Animals.
    Gracias y salud para ti y todo lo que revives, Jose.

  3. José Luis, nos estás haciendo pasar momentos inolvidables recordando recordando aquellas fechas. Nostalgia pura, pero reconfortante. Menudo trabajazo te estás tomando, lo que es muy de agradecer.

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