La actitud perpleja del votante

Por Blas Francisco Lara Pozuelo.

La actitud perpleja del votante es como la del que vende una casa, una joya, sin tener decidido previamente el precio. El desasosiego es el mismo, aunque el votante vaya a vender su voto, generalmente por nada.

Es interesante considerar el proceso cerebral que culmina en un acto de votar, o en la abstención.

Simplificando las fases de ese proceso, el votante parte de un conocimiento insuficiente de la situación, es decir de sus opciones que son los candidatos, de las ventajas y desventajas de cada una de esas opciones, tanto para el país o la circunscripción y quizás para él. De todas maneras y salvo raras excepciones, nuestra primera constatación es que el decisor votante opera en un entorno de información muy incompleta.

Aparte de eso, es sabido que la información que nos distribuyen es ciertamente sesgada y probablemente excesiva. El ciudadano no sabe frecuentemente identificar la información que le sería necesaria, ni sabe someterla a un tamizado crítico.

Así pues, el riesgo de error en su selección es consecuentemente grande. La información que sería teóricamente necesaria sobrepasa con mucho los conocimientos del votante medio.

En consecuencia, la selección que hará el votante casi nunca podría ser considerada como el resultado de un análisis racional objetivo y perfecto. Por eso, la operación cerebral que precede al depósito de su voto no tiene el carácter imperativo y apodíctico de la conclusión de un mecanismo silogístico. No se trata de un proceso lógico y racional. No es el neocortex quien nos guía sino el límbico quien nos mueve.

Salvo en casos particulares, la decisión de voto por un candidato tiene algo de salto en el vacío, o de dar un paso en la oscuridad. La claridad acompaña a la racionalidad. Pero cuando la racionalidad no nos fuerza, necesitamos unempujón final como en la compras en una tienda de ropa.

La energía necesaria

¿De dónde procederá esa cierta energía cerebral necesaria para efectuar el salto de la decisión? Está claro que lo mejor sería que nos den todo hecho. La economía del esfuerzo busca refugio en la pereza intelectual. Lo más cómodo es evitar el trabajo, apoyándose en la inercia de las respuestas preestablecidas, en los a priori de los dogmatismos de toda clase. Dogmatismos políticos o filosóficos, y hasta religiosos. O en la sagrada e incuestionable disciplina de partido, más allá de cualquier otra exigencia moral. Nada más sencillo para liberarse del desasosiego.

La seducción y el embaucamiento

El votante perplejo vive una situación interior inconfortable, inseguridad e incertidumbre de la que saldría gustosamente en busca de la homeóstasis, del equilibrio y la tranquilidad. (Hay una cierta responsabilidad en imponer este desasosiego al pueblo, no siempre por buenas razones).

Así es como los políticos seductores y los vendedores de viento encuentran un terreno abonado en el votante perplejo. Aparecen entonces las promesas electorales maximalistas. Promesas que no podrán ser cumplidas, eso no importa, pero que atrapan a los incautos.

Si no aceptamos los eslogans de los dogmatismos, ni los cuentos de hadas, ¿qué hacer entonces?

La respuesta es desalentadora. La fácil solución del voto cada cuatro años con reglas para cada período constitucional está mostrando sus fallos de manera más que evidente.

Sería necesario inventar un nuevo sistema. Una mayor politización de la vida de todos los días. Un debate permanente sobre temas concretos, en virtud de opciones ideológicas. Con lo que supone de democracia activa y en ebullición constante, pero sin sobresaltos espasmódicos en las elecciones. El método suizo podría inspirarnos. Son éstas unas ideas que necesitan mayor elaboración.

bf.lara@hispeed.ch

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