“Barcos de papel” – Capítulo 27 d

Por Dionisio Rodríguez Mejías.

4.- Cayendo por la pendiente.

Como no disponía de joyas ni objetos de valor, pensé en vender el coche y los libros para sacar algo de dinero, pero muy pronto descarté la idea: un vehículo usado pierde mucho valor y aún me quedaban letras por pagar. En cuanto a los libros, a aquellas alturas no me hubieran dado por ellos casi nada. Pasé el fin de semana dándole vueltas al asunto, hasta que harto de descartar los disparates que me venían a la imaginación, di con la clave. Fue como un relámpago. Era indecente, de acuerdo: pero era también la única forma de conseguir el dinero que necesitaba. Sabía del riesgo que corría, pero cuando se necesita dinero con urgencia lo único que importa es conseguirlo; por esa razón me lancé hacia aquella locura. Pensé que la persona ideal para llevar a cabo el disparate era mi antiguo jefe, el señor Emilio Fabregat. Analicé el programa, estudié hasta los últimos detalles, decidí que el lunes no era el mejor día para esta clase de negocios, y esperé a la mañana del martes para poner en práctica mi plan.

El día amaneció frío y desapacible; el cielo estaba de un color gris plomizo y soplaba un molesto vientecillo con esa humedad que se mete debajo de la ropa y llega hasta los huesos. Me puse el traje nuevo, el abrigo azul marino y unos zapatos que acababa de estrenar. Aparqué en el chaflán de la oficina, y preparé las visitas tomando la precaución de dejar libre la última hora.

Faltaba muy poco para las dos de la tarde, cuando llamé al timbre de Relieves Fabregat con mi flamante cartera bajo el brazo y los nervios a flor de piel, como si fuera a cometer un atentado. Me abrió un muchacho que estaba terminando de precintar unos paquetes sobre la mesa de la entrada, y supuse que sería mi sustituto. Al verme entrar, la actividad se interrumpió por un momento, y todas las miradas se dirigieron hacia mí. Aunque sentía las piernas tan endebles como si no pudieran aguantar el peso de mi cuerpo, saludé a mis antiguos compañeros aparentando una tranquilidad que no tenía. Parecían sorprendidos al verme con aquella pinta, en especial Jaume García, que me miró de arriba abajo, como si viera una aparición. Cuando todos volvieron a sus quehaceres me preguntó:

—¿Qué te trae por aquí?

—Pues que he acabado pronto la faena, y tenía ganas de volveros a ver. ¿Está el señor Fabregat?

—En su despacho, como siempre. Se alegrará de verte.

Medroso e inseguro subí la escalera y me detuve ante la puerta. Aquel minúsculo despacho seguía igual: con su deslustrada mesa de madera, el flexo a mano izquierda, las sillas forradas de escay, y el armario metálico pegado a la pared y repleto de archivadores.

 —Don Emilio, ¿puc passar? —pregunté con un aceptable acento catalán.

Se levantó y me puso la mano en el hombro con su habitual cordialidad.

—No sabía que hablaras nuestro idioma —respondió en un afectuoso castellano—. ¿Qué te trae por aquí?

—Perdone si le interrumpo, pero hace tiempo que quería venir para agradecerle sus atenciones —contesté, aparentando un punto de confusión y timidez.

—Tú nunca interrumpes. Siéntate. ¿Ya has terminado la carrera?

—No, señor; pero me falta poco para acabarla.

—Bueno, cuéntame —dijo, mientras me observaba con atención—. ¿A qué te dedicas?

—Como ya le dije, soy asesor de inversiones en Borras Asociados. Informo sobre fondos, coberturas jurídicas, planes de capitalización…, en fin, ya sabe.

—Caramba, chico, eso suena muy bien. Cuéntame en qué consisten esos planes —respondió sonriendo.

Había preparado unos recibos con la liquidación de unos intereses al 20% a nombre de INVERGRUP y GESTBANK, sobre sus pólizas contratadas. Saqué los recibos de la cartera y los puse sobre la mesa, llamando su atención sobre la importancia de aquellos depósitos.

—Don Emilio, comprenda que esta es una información confidencial.

Los hojeó con atención, y al final hizo la pregunta que yo esperaba.

—¿Cómo es posible? ¿Un veinte por ciento?

—Sí, señor; la explicación es muy sencilla: no hay gastos de personal, ni oficinas, ni impuestos. Solo inversión y rentabilidad. Dinero limpio, don Emilio.

roan82@gmail.com

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