“Universitas”

Por Mariano Valcárcel González.

El mundo universitario anda removido desde hace muchos años y es cierto que este, como el mundo docente en general, no es abordado con criterios e ideas que lo logren resituar y estabilizar definitivamente. Que parece ser (no, es cierto) que esto de la educación, la cultura, la ciencia, la investigación y, en suma, todo lo que lo anterior implica es cosa como baladí, etérea, sin sustancia ni existencia y solo para ser contemplada desde lejos o tras una vitrina, mera pieza de museo.

La universidad española no pinta bien en la esfera internacional y, aunque hay (que los hay) buenos y mejores profesores de renombre y de cualificación muy superior, lo son prácticamente por sus esfuerzos y capacidades más que por lo que desde sus estamentos universitarios reciben. Así que, en los índices de excelencia, nuestras universidades quedan bastante mal. Y no hay paños calientes. ¿Qué pasa para tal cosa? Pues todo; pasa todo y de todo. Y cada vez más agravado.

En pinceladas muy gruesas podríamos mentar algunas cosillas y no por orden de importancia. Está claro para quien lo quiera entender que el nivel general de exigencia docente/discente es muy bajo. Entre los docentes, porque se han acogido a un corporativismo y a una endogamia atroz y radical, de tal calibre que, quienes han tenido habilidad, cercanía ideológica o parentesco más o menos cercano, eran y son cooptados para quedarse dentro de las universidades deseadas, sin apenas (o ninguna) oposición por parte de los demás miembros; en realidad, todo reducido al juego del hoy por ti, mañana por mí. Luego de estas comunidades surgen esas extrañas historias de seminarios y encargos fantasma, trabajos existentes sólo sobre el papel y nunca revisados ni comprobados, compatibilidades incompatibles que restan dedicación al trabajo académico, pero que son pasadas por alto graciosamente, cátedras y más cátedras algunas indefinibles… Entre los discentes porque, primero, se han masificado hasta el colapso los centros. Con esa masificación sobrevenida ha caído el nivel de exigencia académica (y se constata la imposibilidad de mantenerlo) tanto dentro de la universidad como, y es lo peor, antes de acceder a la misma. Sí, esa llamada selectividad ha quedado en nada y no es selectivo un proceso que deja pasar a más del noventa por ciento de los que lo afrontan; pues la idea era la de facilitar el acceso a estudios universitarios a la mayoría del estudiantado español… Craso error que se está pagando. Ni todos los jóvenes en edad de estudiar tienen capacidad para los estudios superiores, ni nuestra sociedad necesita de esa avalancha con síndrome de titulitis que a la postre se ha demostrado devaluada. Ahora, ¿entonces qué…? Claro, el camino más fácil (para los sectores que gustarían de retroceder hasta lo intolerable) es interponer la barrera de la capacidad, no intelectiva sino económica, para seleccionar a los aspirantes. Cuanto más cara sea una universidad más gente se tendrá que retirar de la misma. Eficacia comprobada.

Socialmente sería recomendable, tras una radical selección, que quienes no tuviesen capacidad económica, pero sí de conocimientos, pudiesen contar con el apoyo necesario para hacerlo, sin cicaterías. Y al igual que se le exige al que tiene beca que responda con aplicación escolar, se debe penalizar (hasta con la expulsión) a quien usa y abusa sin resultados palpables del medio universitario, aunque tenga medios económicos para pagar las matrículas.

Por otro lado, acá en España hay ya universidades hasta en la sopa, que a las múltiples públicas (cada provincia se ha construido al menos una) se han añadido hasta más de treinta privadas… ¿Son necesarias tantas universidades en nuestro país? (Honestamente, creo que no). O se pretende aparentar que el exclusivismo de las privadas fomenta la excelencia buscada o se está tendiendo hacia la reprivatización de la pública, cuando ya empiecen a sobrar o sean insostenibles. Sí; pues, ante tanto número de centros y ante cada día más dificultad económica para el acceso o el mantenimiento de las matrículas, sobrarán cátedras, titulaciones, programas y centros. Con este panorama, podríamos pensar que al fin y al cabo lograremos la tan deseada desmasificación y, por lo tanto, la mejora; y ello sería así y bueno, si se hiciese bajo los criterios antes declarados de igualdad de oportunidades.

Candente está el tema de las carreras y grados, últimamente muy manoseado. En pocos años, se han remodelado carreras y grados varias veces, pasando de cinco a cuatro años las licenciaturas y replanteando que ahora sean tres los años de grado ampliables y supuestamente mejorados con otros dos años de másteres. Hombre, así se acabarían antes las carreras presenciales y el número de alumnos en los centros (con las consecuencias económicas correspondientes); pero es cierto que también se encarecería más el estudio, porque los posgrados no son precisamente baratos. Y la pretendida productividad no está nada clara. Pensar que un título universitario de por sí significa óptima aptitud y excelencia quedaría muy en entredicho con estas últimas y pretendidas reformas.

En fin, que como otras cosas patrias, la universidad ha de sufrir un replanteamiento evidente y más pronto que tarde. Y si puede ir de la mano de una buena y definitiva ‑por décadas‑ reforma educativa global, mejor que mejor.

 

marianovalcarcel51@gmail.com

Autor: Mariano Valcárcel González

Decir que entré en SAFA Úbeda a los 4 años y salí a los 19 ya es bastante. Que terminé Magisterio en el 70 me identifica con una promoción concreta, así como que pasé también por FP - delineación. Y luego de cabeza al trabajo del que me jubilé en el 2011. Maestro de escuela, sí.

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