Pregón de Semana Santa, Quesada 2014, (d)

Sería considerablemente laborioso y complicado entresacar siquiera una somera muestra representativa entre las mejores creaciones poéticas referidas a la Cruz. Pero no puedo sustraerme a la tentación de exponer una que está considerada como de las mejores poesías de lengua castellana, de autor anónimo, aunque su autoría, estudiosos literarios del género, la atribuyen indistintamente a San Juan de Ávila, al agustino Miguel de Guevara, a Antonio de Rojas, a la misma Santa Teresa de Jesús, incluso a Lope de Vega. Aunque, en mi opinión, yo veo en ella la expresión mística de nuestro gran santo Juan de la Cruz, muerto en Úbeda.

Dice así:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

La Santa Vera Cruz de Quesada lleva procesionando su paso año tras año, casi cinco siglos, a excepción de aquella pausa de todos conocida, pero que no fue tal porque la procesión cada quesadeño la ha vivido y la vive por dentro. Uniéndose así al dolor de la Madre de Cristo, no en vano desde los primero años de la era cristiana la Virgen María ha estado presente en el pueblo de Quesada. Recordemos que fue San Isicio, uno de los varones apostólicos que acompañaron a Santiago Apóstol en la evangelización de la Península, quien nos legó la venerada imagen de la Virgen María: “Nuestra Señora de Tíscar”, coronada en 1954 Patrona de la ciudad de Quesada y de todo el Adelantado de Cazorla. Es por ello que en el año 1960, la cofradía de la Santa Vera Cruz incorpora la imagen de la Virgen María en su desfile procesional de Viernes Santo: “Nuestra Señora del Mayor Dolor”. Se cumplía de este modo una secular aspiración de la cofradía, que la madre Dolorosa de Cristo estuviera presente en el drama de la Cruz, como cuentan los Evangelios. Una tragedia que se inicia en el camino de la amargura, donde la virgen María sigue cada uno de los pasos de su hijo, observa impotente, desde el anonimato de la muchedumbre, cada uno de los insultos, de los bofetones, cada espina clavada, cada una de las caídas, cada gota de sangre derramada. Un camino que ya irremisiblemente va a terminar en la Cruz.

Quisiera recitar unos versos que reflejan la amargura y el estado anímico de una madre que ve cómo su hijo camina inexorablemente hacia la muerte en la Cruz. Es una composición literaria, un poema, llevado a la zarzuela por el gran maestro José Serrano. Y que hace brotar la admiración y el estupor desde lo más profundo del sentimiento humano. Dice así:

La roca fría del Calvario
se oculta en negra nube.
Por un sendero solitario
la Virgen Madre sube.

Camina,
y es su cara morena
flor de azucena
que ha perdido el color.

Y en su pecho, lacerado,
se han clavado
las espinas del dolor.

Su cuerpo vacilante
se dobla al peso de la pena;
pero sigue adelante.

Camina,
y sus labios de hielo
besan el suelo,
donde brota una flor
en cada gota de sangre
derramada
por Jesús el Redentor.

Sombra peregrina,
emblema del amor hecho luz,
camina,
camina ligera
que el Hijo la espera
muerto en la Cruz.

Desde una loma del sendero,
la Virgen, caminante,
ve la silueta del madero
y al Hijo agonizante.

Y llora
su callado tormento
con un lamento
que no puede vencer.

Es el grito desgarrado
arrancado
a su carne de mujer.

Divina estrella,
sobre la huella
del humano dolor,
triste camina, camina llorosa
la Madre Dolorosa
del Redentor.

 

almagromanuel@gmail.com

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