Una mala racha

20-03-2010.
Hay que reconocerlo. En cuestiones de cante y piropeo, los maestros indiscutibles, desde siempre, han sido los obreros de la construcción. Pasaba uno por debajo de un andamio y le daban ganas de sentarse, allí mismo, a la sombra de un arbolillo, a disfrutar con aquellos conciertos líricos y populares, en riguroso directo y al aire libre. Estaba “entregao” un encofrador en aquel pasaje de “Mi niña Lola” que dice:

La “probe” tu madre, no sé “ande” andará.
Dime lo que tienes, dime lo que tienes
dime lo que tienes, dime la verdad.
Y terminaba, rompiendo la voz en un gorgorito estremecedor y lastimero. El andamio en pleno, los viandantes y el público en general se fundían en un aplauso cerrado y entusiasta, mirando hacia arriba, para ver destocarse al albañil y saludar emocionado al respetable, con leves inclinaciones de cabeza. Tenía la felicidad dibujada en el rostro y en la mano el pañuelo, con cuatro nudos, para protegerse de la canícula agosteña. Si a continuación, un grupo de mozas en sazón, con sus falditas cortas y al viento sus blusitas de colores, leves como mariposas, pasaba cerca de la obra, se armaba, de nuevo, el dos de mayo. En una palabra, los andamios eran cátedras ambulantes para salvaguardar las raíces más hondas del cante y la cultura popular. Hoy, lamento admitirlo, han dejado de existir.
El estallido de la “Burbuja inmobiliaria” derribó los andamios, dejó a los albañiles sumidos en la depresión “postparum”, y a sus incondicionales, privados de su proverbial gracejo y sentido de la orientación. Aparte de pasear por la acera de la oficina del INEM, no saben qué hacer ni adónde ir. Unas especies, las más bravías, han abandonado su hábitat natural para refugiarse en la economía sumergida y readaptarse a la vida de taberna. Otras, las menos dotadas, han buscado el abrigo de un clima benigno y confortable, en la política y el sindicato.
Sin cante y sin piropeo, que son el alma del pueblo, estamos perdiendo aquella rabiosa alegría que durante tanto tiempo nos distinguió. En Francia, a las siete de la tarde, no busques un establecimiento para tomar una cerveza y un bocadillo. Todos están cerrados. O sea, que te quedas sin cenar. En cambio, en nuestra Úbeda del alma, eran las once de la noche, entrabas a cualquier bar de la calle Ancha, y te encontrabas con un grupo de parroquianos, en un rincón, con sus vasos de vino y sus platillos de morcilla picante, pasando la “trasnochá”. Y siempre había alguien que, juntando los dedos índice y pulgar de la mano derecha, se echaba “palante”, dejándose jirones de entraña en cada verso:
Mira cómo “me se” pone
la piel, “ca” vez que me acuerdo
que soy un hombre “casao”
y, sin embargo, te quiero.
«¡Ole!», se oía decir, en voz baja, para no perturbar la concentración del rapsoda.
…Ayer en la Plaza Nueva
‑vida, no vuelvas a hacerlo‑,
te vi besar a mi niño,
a mi niño “er” más pequeño,
y cómo lo besarías
‑¡ay, Virgen de los Remedios!‑
que fue la primera vez
que a mí me “dites” un beso.
El silencio era absoluto; como cuando se va la luz en el cine y nos quedamos completamente a oscuras. El intérprete descansaba un momento, le daba un toque al vaso de vino, sacudía con la uña del dedo meñique la ceniza del cigarrillo y se preparaba para entrar a rematar.
…aunque la tierra se abra
y aun cuando lo sepa “er” pueblo
y ponga nuestra bandera
de amor a los cuatro vientos,
sígueme queriendo así,
tormento de mis tormentos.
Al finalizar el verso, alguien, pensando que era el final, aplaudía con entusiasmo hasta que otro, con un leve siseo y llevándose el dedo índice a los labios, le mandaba callar. El incondicional se ponía colorado y disimulaba, con una sonrisa, su ignorancia. El vate, muy serio, volvía a lo suyo, para concluir con énfasis superlativo.
¡Ay, que alegría y qué pena
quererte como te quiero!
Ahora, sí. Ahora, los aplausos eran unánimes y encendidos. Todos rodeaban al artista y siempre había algún interesado que le preguntaba.
—¿Eso te lo “ha inventao” tú?
—No; a mí me lo enseñó mi “agüelo”, cuando era pequeño.
—“Pos” está muy bien. Oye: a ver si me la copias un día, que “ma gustao”.
—Vale.
Y así les podían dar las cuatro de la mañana.
Estamos pasando una mala racha. En la vida, a veces, pasamos malas rachas. Por eso, recuerdo a aquellos jornaleros curtidos en la pena y la desdicha, a los poetas de taberna y a los cantores del teatro del andamio, viviendo como podían, a trancas y barrancas, aprendiendo el enojoso arte del “ir tirando”, bien o malamente, pero sin renunciar jamás a la poesía, al cante, la alegría y las raíces profundas de su alma. Cómo me gustaría ser como ellos. Siempre a la espera de encontrar la luz en el camino. Una espera que duele. Una espera sin compasión, oscura, eterna y angustiosa. Pero esperanza al fin.

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