Prosa poética, 9

04-01-2010.
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Querida carta * Lisboa, 90
Me escribes una carta, hermano Enrique, y me mandas estas cosas que escribo de vez en cuando para Ideal.

Tu doble correo, familiar y periodístico, me hace doblemente recordarte. Porque cuando no eres vecino de tu propia familia, ésta se acerca más y ‑sobre todo‑ más hondo.
Cualquier dato sobre ella se te agranda y cualquier dato sobre ti mismo empequeñece. Y cuando, como en este caso, sirve además de envío y mensajero de esa hoja en la que tanto crees porque la has creado ‑entonces‑, el recuerdo se convierte en comunicación y ésta en deleite.
Lo vi en una película de aquellos tiempos, cuando leíamos cuentos los niños y los mayores escribían cartas. De la Loren, creo.
¡Qué pena que la gente ya no escriba cartas! Me refiero a cartas como la tuya, en donde se aparean el ingenio, la estética y el cariño.
¡Qué lástima que los pocos folios que se cartean sean garabateados de membretes, referencias y logotipos!
¿Quién no te ha esperado, carta caliente, mordiéndose las uñas tras el ventanuco de aquella posguerra? ¿Quién no ha llorado de alegría o rabia sobre las gruesas letras de la débil caligrafía?
¿Quién no ha vibrado en ese momento irrepetible de su lectura? ¿Quién no ha hecho un ayuno o una comilona a tu costa y por tu motivo?
¿Quién no ha juntado alguna vez su roto corazón con el papel sellado de tu sobre opaco?
Antes, se devolvían las cartas los enamorados tristes; y el hecho de cartearse con alguien expresaba claramente amistad y confianza.
Ahora dice la gente que no tiene tiempo ni de escribir una carta, pero… ¿hay algo más íntimo y personal que dibujar tu letra? Y su lectura, ¿no es una recreación del destinatario?
Estas mismas cartas, desde Lisboa, ¿no son acaso algo más que simples y sosones artículos de un periódico?
Te tengo delante, querido hermano, te releo y te repaso, te sigo, te persigo, te sobo y te saboreo, me paro, luego continúo, me bebo tus renglones, te devoro casi, buscando una palabra clave, un verbo deseado, un saludo querido o una rancia despedida.
Me dices, por ejemplo, que «el acto inaugural de curso duró trece minutos más IVA, que el mercaíllo anda por los suelos, que trabajen los mandos (que para eso cobran) y apostillas con ingenio, ¡¡ni que fuéramos concejales!!, y que le seguirás poniendo a tus alumnos la misma redacción sobre la misma feria…», y otros asuntos de «taxonomía vertical» ‑añades‑, como el 3.0‑ T‑2. AUT.
Esto último te lo copiaré y lo propondré desde mi nueva tarima, porque aquí no estamos tan adelantados. Envíame folleto; en portugués, claro.
Y es que, en una carta, te das cuenta de que los folios se llenan de ti, pero sobre todo del otro. De ese otro que serás tú cuando ya es leída.
La carta tiende al origen y al destino de uno mismo, ¿lo has pillao?
¡Ay, carta pálida!
Papel de arrugas mil que te acalora,
me enquista, te desata o nos cimbrea
por la litera azul de sus renglones.

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