Los trinitarios: Los últimos serán los primeros, 4

10-11-2009.
Desde aquí, aquí y ahora, he sentido (¿seré sensitivo?) un escalofrío extraño, como si algún marciano de tres al cuarto me hubiese abducido. Me ha llegado tal sensación a bote pronto, como un galope paulino, bajo la figura y las formas de un hombre excepcional: Fray Arturo Curiel.

Fray Arturo, el último templario de Andújar, el más valioso de los trinitarios, algún elixir tendrá oculto para disfrutar de esa eterna juventud que otros buscamos sin encontrar; y ello, porque cuando cientos y cientos de hombres en edad jubilosa, andan aporreando el mármol de una mesa con la blanca doble, él tiene aguas frescas para el verso, palabras limpias para la vida, sonrisa niña para nuestras preocupaciones. Sus versos son cánticos espirituales; sus oraciones, salmos; sus palabras, bálsamos; su ejemplo, el mejor remedio para que la venganza de los templarios, de los falsos templarios, no prevalezca en la tierra de la Montaña de la Cabeza.
Quizás algunos santones encorsetados se hagan cruces conforme avanzan en la lectura de este capítulo. Incluso pudiera ocurrir que alguno haya encendido el fogón para empujarme a las llamas por estos aquelarres. A los unos y a los otros me permito darle una recomendación: que cierren el libro, le pasen la uña a esta página, le doblen el angulito superior derecho a la espera de mejores tiempos, busquen el mando de la TV yse lo pasen mejor, conectando con Crónicas marcianas, Salsa rosa o Aquí hay tomate, que la vida son tres cuartos de hora más cortos que largos, el pan escaso y el vino poco.
Como soy consciente de que todo el monte no es jara y la carne es flaca, asumo que los habrá infiltradosentre las filas de los templarios supervivientes, que oirán cantar el gallo de mi palabra hasta tres veces; pero, al contrario de lo que hizo Simón Pedro tras la espantada del Monte de los Olivos (otra Montaña Sagrada), algunos no llorarán, no reblandecerán el pedernal de su alquimia insana, no consentirán heterodoxias, no reconocerán que no hace falta demostrar con documentos y escribanos, con lacres y sellos, lo que es evidente. Y lo evidente es, que el silencio avala a la verdad. Y lo cierto es esta falta de noticias documentadas en el asunto capital de nuestras dos más grandes leyendas: la del Cabezo de la Cabeza y la del Valle del Mao, cuyos símbolos, el uno mariano, el otro apostólico, son de primera magnitud en las tierras salomónicas del Santo Reino.
Repito que este largo y silencioso sueño, sueño de un pueblo aún adormecido que no se crispa ni se inmuta ante la clamorosa evidencia de la rapiña de sus documentos, es un argumento favorable a nuestra opinión; opinión que, por supuesto, está sometida a la ley de los dioses y al libre albedrío de los hombres.
Efectivamente, tras la disolución “forzosade la Orden del Temple en 1312, a raíz de su enfrentamiento con Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, pocos historiadores nos dicen que tal rey era, a su vez, Felipe I de Navarra por su casamiento con Juana I. El silencio ya grita y el rompecabezas va encajando.
En Navarra existe una ciudad misteriosa llamada Eunate y desde Eunate alguien ha escrito esto:
Todos sabemos, eso sí es público y notorio aún, que tras la disolución del Temple sus enormes posesiones se repartieron entre distintas órdenes e instituciones. Además, es un hecho comprobado que, entre los nuevos propietarios (caballeros, hijosdalgos, calatravos, hospitalarios, caballeros de Montesa y trinitarios) fue práctica común la destrucción de toda aquella documentación y distintivos que relacionaran estas posesiones con los templarios. De esta manera, intentaban evitar posibles reclamaciones en caso de un hipotético resurgimiento de la Orden.
El anterior texto es de origen navarro, recogido en un documento digital. Y en Eunate, como en nuestras viejas piedras, abundan las marcas de cantero, marcas de trazado inconfundible o que, pasado el tiempo, van haciéndose más complejas y más abundantes, cuando la masoneríaconstruye las grandes catedrales. Masonería que también existió en Andújar, como muy bien saben “los viejos masones” que aún deambulan por nuestra ciudad, entre los que se encuentra mi gran amigo Pedro.
Eunate, y eso lo conocían los templarios perfectamente, al igual que el Cerro Sagrado de Sierra Morena, se encuentra en el cruce de dos corrientes telúricas. Una de estas corrientes, con dirección norte-sur, desciende desde Fuencaliente, pasando por el Rosalejo, el Cabezo, San Ginés y San Mancio. La otra, con dirección levante-poniente, parte de Baños de la Encina (¿otro lugar con virgen templaria que estuvo bajo la custodia de Álvarez Tendero?), atraviesa la loma de las Sepulturas, llega al Santuario y se adentra en Cardeña hasta la Sierra de los Santos. Minas de plata y minerales radiactivos, tan radiactivos como solo lo saben los mineros de la mina de la Virgen de la Cabeza o los de Cardeña. Parajes de asombro, donde buscan su último vuelo los buitres negros o las águilas imperiales y donde escarban los linces, en busca de alimento, sobre las escasas madrigueras.
En estos cruces de corrientes telúricas, de verdaderos ríos energéticos subterráneos, nuestros antepasados (pongan ustedes los milenios que quieran al tiempo) adoraban a divinidades femeninas, diosas que, a través de los siglos, la heterodoxia convirtió en meigas o ídolos, mientras la ortodoxia barría para sus intereses y las recreaba en forma de vírgenes negras, al viejo estilo de Isis o Astarté; recreación en la que fueron tan expertos como primigenios los monjes‑guerreros llegados desde Jerusalén, que sembraron Francia y España de imágenes bajo la advocación de Santa María, Virgen y Madre de Jesús.
¿Acaso no han sentido ustedes, mis pacientes lectores, cómo al aproximarse al Cabezo se nos hinchan los pulmones, se aligeran las piernas, se agiganta la mirada y se eriza el vello? ¿Es la visión de la Virgen en el Camarín que aún no divisamos, o son los ecos impregnados en el paisaje y en las brisas de millones de antepasados nuestros que anduvieron buscando esperanzas sobre el granito que ocultaba esas fuerzas telúricas?
Un granito que, como un clavo, nos fija en la fe o nos conduce como una brújula a buscar lo invisible en la mirada de la Virgen Madre.

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