Bares y ley antitabaco

06-10-2008.
Como bien sabes, mi caro amigo Loren, lo más importante en esta vida es tener buena salud y, si no, pregunta a quien quieras un 22 de diciembre después del sorteo de Navidad, cuando el 99,99 por ciento de la gente (a la que no le ha tocado el Gordo) tiene la misma respuesta: «Lo importante es tener salud».

Puede decirse que ese día también es el “día de la salud”. Sin salud no hay vida y si no hay vida no hay nada. Te digo todo esto porque el enemigo número uno de la salud es el tabaco. Ya sabes cuánto hemos mejorado desde que nos quitamos de encima ese nefasto vicio, hace veintinueve años, cuando fumar era considerado todavía un signo de distinción; cuando aún no había campañas de ninguna clase para combatir el tabaquismo, ni pudimos acceder a ayudas de ningún tipo, sólo nuestra férrea voluntad de desterrar el vicio, en cuyo empeño nos prometimos jugarnos la vida si fuera preciso.
Y esa filosofía no ha cambiado en nada: está en vigor con todo su crudo realismo, ya que, si no se hace un firme propósito, un enorme esfuerzo de voluntad como si te jugaras la vida, no hay manera de quitarse del tabaco. Después de veintinueve años sin ponernos un cigarro en la boca y sometidos a esa intensa actividad físico‑deportiva que llevamos, se nos han quedado los pulmones como los de un recién nacido.
Dos años y medio después de haber entrado en vigor la llamada “ley antitabaco”, podemos hacer un análisis sobre el estado de la situación y la incidencia en nuestra querida capital de La Loma. Sabemos los efectos altamente nocivos del humo del tabaco, no sólo para los adictos a la nicotina sino para quienes, sin ser fumadores, frecuentan o están sometidos al ámbito de influencia del humo del tabaco. Por ello, el rigor con que se debe cumplir esta ley es del todo plausible. Y efectivamente se está cumpliendo de una manera altamente satisfactoria, al menos en los ambientes públicos donde nos movemos la mayoría de los ciudadanos de nuestra querida Ciudad de los Cerros de una manera casi diaria: bancos, oficinas de la administración, centros médicos, centros de enseñanza, empresas privadas… Todo ello para asombro de algunos agoreros, que pronosticaban que la aplicación de la ley iba a originar muchos incumplimientos, incluso algún que otro enfrentamiento personal más o menos airado.
Pues bien, todos podemos comprobar los resultados; vistos los cuales, a muchos nos hubiera gustado que la ley no hubiera hecho distinción alguna con los bares de menos de cien metros cuadrados, a los que se les dio la opción de acogerse o no a poder fumar, y, sencillamente, haber prohibido fumar en todos los bares. ¡Cuánto hubiéramos ganado todos! Seguro que a más de un adicto a la nicotina ya le ha dado un vuelco el corazón. Les pido un poco de calma y antes de que se enfaden más conmigo déjenme que les exponga este razonamiento: he aquí sólo dos datos muy significativos que invitan a una seria reflexión:
a) Estadísticamente está comprobado que el número de fumadores va disminuyendo, por razones obvias de los efectos nocivos del vicio y que sería cansino repetir (además a los fumadores no les gusta que se lo recuerden).
b) La gran mayoría de los no fumadores, y más aún los que paulatinamente se van incorporado a este sano e higiénico club, hacen todo lo posible (y lo imposible) por no pisar un bar porque el ambiente te tira de espaldas.
Así, fácilmente se puede deducir que haberse acogido a la opción de permitir fumar en los bares (lo que han hecho prácticamente todos ellos), ha sido apostar por el caballo perdedor. Como bien sabes, Loren, muchos propietarios y gerentes de bares pasaron por un auténtico trance a la hora de elegir la opción de permitir o no permitir fumar. ¿Por qué? Porque, si elegían la opción de “no permitir”, temían una desbandada de clientes hacia bares que eligieran la opción de “permitir”. Por tanto, si la ley hubiera dictaminado no permitir en ningún bar, se hubiera conseguido lo siguiente:
1) Los clientes habituales hubieran permanecido como tales, fieles, constantes, porque en ningún otro bar hubieran podido fumar. (Vemos cómo en comercios, bancos, hospitales, centros de enseñanza… no se fuma y la gente sigue entrando, incluso más).
2) Hubieran ganado clientela procedente de gente que no fuma y que no pisa un bar porque no puede aguantar el ambiente.
3) Hubieran ayudado a quienes están en vías de quitarse del nefasto vicio y que ahora se ven privados de entrar en los bares, porque no lo pueden soportar.
4) Hubieran colaborado a la mejoría de la salud pública.
¡Cuánto hubiéramos ganado todos!

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