Masas etéreas

23-09-2008.
XLVII
DETRÁS DE LA FRONTERA ESTÁN LOS DIOSES celosos con las manos

alzadas reclamando el territorio de los hombres.
Intranquilos, soberbios en su sabiduría, con espadas ceñidas
y no con besos o cánticos en los labios, aguardan. Se saben,
pese a todo, los señores de la luz y las tinieblas,
los árbitros de los contornos difusos y de las epopeyas
de los astros por ocupar los centros de las órbitas.
Sin embargo, los dioses no dominan el pensamiento encendido
de los hombres. Aún no han ocupado el recóndito país
de la memoria donde cada nombre se ilumina con un rastro
de plata, sorprendido, tal vez, como en una fotografía,
ileso y tibio porque los labios del tiempo pusieron en él
una línea breve de lumbre familiar. Los dioses,
en su majestad, no conocen la misericordia. Sus ojos
atraviesan las masas etéreas y los espesos bosques y llegan
a los abismos del mar e instalan en ellos sus temibles
gobiernos, pero no cruzan la calle del dolor humano.

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