La chica de los ojos asesinos

22-09-2008.
Aquel verano la humedad y el calor eran insoportables. Al caer la tarde, el Pub de la calle Alcolea se llenaba de secretarias en vacaciones, periodistas sin empleo, gente de la banca, policías de paisano, casados, separados y demás fauna veraniega, sin dinero. Ligones acreditados, muchachas en busca de aventura, jóvenes y mayores, que no se resignaban a aceptarlo, se daban cita en el local. Matías, el mejor barman de España ‑como le gustaba que le llamasen‑, acomodaba a todos en unas banquetas, que parecían de cuero, cuidando de colocar a los unos muy cerca de las otras.

Son las ocho y media; la actuación está a punto de comenzar. “El Duende”, un joven chileno, moreno y con barba, sube a la tarima con su guitarra bajo el brazo e interpreta El cóndor pasa. La gente le escucha atentamente y aplaude con emoción. “El Duende” sigue entonando canciones sudamericanas con exquisita sensibilidad, como si actuara en el Liceo ante un público selecto y distinguido.
Por la puerta aparece “La Charo”, una chica espectacular, con un vestido nuevo, blanco, muy ajustado, y un escote llamativo y generoso. Mientras pasa entre la gente, sonríe y reparte besos a todo el mundo. “La Charo” es la amiga de Carlos Humberto, “Filigrana”, que acaba de fichar por el Barcelona. Alguien le grita desde un rincón:
—¡Charo! ¡Vaya cuerpo de guitarra!
Y ella agradece el cumplido con un provocativo contoneo. La gente mira a “La Charo” y, de momento, se olvida del cantante.
—¡Charito!: ¡Te has “pasao” con el vestido!
Y ella contesta sin azararse:
—¿Te gusta? Pues mira si la gente será mala, que dice que es un regalo de quien tú sabes.
Risas y aplausos, porque todos saben quién pagó el vestido.
Manel, el camarero de la barra, no para de servir cervezas, cubatas, “gin-tónics” y “vodkas con naranja”. Con el vaso en la mano y el cigarrillo en la boca, los jóvenes otean el panorama. Las copas empiezan a surtir efecto y la densa nube del humo de los cigarrillos hace la atmósfera irrespirable.
Uno de los clientes más asiduos es Juan García. A Juan García le gusta que le llamen Juanito Barcelona, porque dice que García es poco comercial. Juan García ha descubierto en la sala una chica que le gusta y a ella se dirige sonriendo. Juan siempre sonríe.
—¿Cómo te llamas?
—¿Por qué lo quieres saber? —contesta la muchacha.
—Porque… ¡tienes unos ojos asesinos y una cara tropical! —dice Juan, orgulloso de la frase. A la chica, que le ha gustado eso de los ojos asesinos, calla y se dispone a otorgar.
—Y tú, ¿cómo te llamas?
—Juanito Barcelona.
—No me lo creo.
—¿Cómo que no? Oye Miguel: ¿cómo me llamo yo?
—Juanito Barcelona —responde el aludido.
—¿Lo ves?
Y Juan, que es un experto, la coge por el hombro, y se acomoda muy cerca de la muchacha.
Mareko sube al estrado y canta, en catalán, “La estaca” de Luís Llach. No habla catalán demasiado bien, porque es paraguayo; pero toca la guitarra como los ángeles y el público le aplaude entusiasmado. Mientras, la relación entre Juanito Barcelona y la chica de los ojos asesinos progresa a buen ritmo. Mareko canta ahora “Memorias de una vieja canción”, y el público, en voz baja, tararea con él algunos versos:
«¿Por qué no olvido tu canción?
Será porque tanto te amé.
Que aquí sentado en esta “piesa”,
sobre esta misma mesa,
anoche te lloré».
Han pasado casi dos horas. El ambiente en el local se ha vuelto denso y dulzón. Juanito susurra lindezas al oído de la chica de los ojos asesinos y ella coquetea emocionada como una princesa. El público solicita otra canción y acompaña en algunas estrofas:
«Vuela mariposa del amor, juguete del destino.
Hoy te toca reír a ti, mañana a mí.
Piensas que eres muy hermosa; vives engañada.
No tienes corazón, tu amor no vale nada».
Sin levantarse del asiento, Juanito Barcelona besa apasionadamente ‑como si fuera esta noche la última vez‑ a la chica de los ojos asesinos. La función ha terminado. Matías, el mejor barman de España, dice a voces:
—¡Señores, ha llegado la sagrada hora del bocadillo!
La gente, poco a poco, abandona local. En la puerta espera “Filigrana”. “La Charo” le abraza y todos les contemplan embelesados. En el interior, Manel y Matías recogen los vasos, los ceniceros y ordenan los taburetes para la sesión de la noche. Tímidamente, se van encendiendo las luces de la calle y desde el mar sube un vientecillo fresco y agradable. Miguel y un numeroso grupo de jóvenes continúan a la puerta del local, charlando animadamente. Los últimos en salir son Juanito Barcelona y la chica de los ojos asesinos. Al verlos, Miguel dice en voz alta, para que todos le oigan:
—Juanito: ¡Preséntanos a tu novia!
Y Juan García se hace el distraído.
—¿Para cuando es la boda?, —insiste el gracioso. Juan no contesta.
 Miguel, que ‑como se ve- es un portento de tacto y discreción, vuelve a la carga:
—¿Ya le has dicho que tiene unos ojos asesinos y una cara tropical?
Juan no aguanta más. Mira a Miguel y a sus amigos, y responde a voces:
—¡Os podéis ir todos a hacer puñetas! ¡Cabrones; que sois unos cabrones y unos envidiosos!
La carcajada de los bromistas es de campeonato.
Con las manos entrelazadas, mirándose tierna y dulcemente, la pareja se dirige al coche de Juanito Barcelona (un SEAT 600), para ir a bailar ritmos lentos en el “Cactus”, una discoteca hoy desaparecida. Luego, a lo que Dios quiera.
Un murciélago vuela vacilante a ras de los tejados. Es agosto de 1975. España camina con paso firme hacia su libertad.
San Pol de Mar. Septiembre de 2008.

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