Átropos…, 1

04-09-2008.
Verdaderamente aquellos días estaba desesperado. Deambulaba de la Sierra a la ciudad, de la ciudad a la Sierra, como ruina itinerante, buscando piedras letreras, necrópolis ibéricas, restos que analizar al carbono, mariposas miocénicas atrapadas en resinas piñoneras, lagares y tinajeros roídos por la filoxera, cualquier quincalla oculta o sumergidas ánforas de terracota orinadas de olvidos. Los Escoriales, Peñallana y la Atalaya eran los puntos cardinales de mis búsquedas; Pepe Cruz, mi consejero.

Pero la historia estaba bien desnuda y despojada. Desde Ampurias hasta Emérita, desde Cástuló a Cartago Nova, cada día quedaban menos leyendas para los poetas, menos losas para los coleccionistas de epitafios.
Los buitres, una especie en eclosión, bien pertrechados de garras detectoras, pululaban tras los denarios imperiales, removiendo tumbas, saqueando ajuares, mermando la abundante historia de nuestra tierra, clavando sobre la piel vieja de la diosa Gaia, la avaricia de sus entrañas.
Entre la abundancia de estos chamarileros, destacaba un triste personaje que no se conformaba con remover la tierra, sino que se aferraba al cielo. Afanaba cobres viejos al mantillo de nuestros abuelos, a la vez que adhería marbetes con el símbolo más sagrado de nuestros hijos, la Virgen de la Cabeza, para disimular las sisas en los pesos escurridos de sus productos.
Ignoro el paradero de sus tesoros terrenales; sólo sé que es público y consentido el currículo de sus hazañas. Pero como la misericordia de la Madre es infinita y el éxtasis de los andujareños secular, a Ella pido lo perdone, aunque se olvide de restituir las ánforas a los dioses y las mermas a los hombres.
Pasaron unos meses. Una mañana, tras una incursión por los Cerrillos, me repuse tomando mermeladas en el Ateneo. La crisis, propia y extraña, hacía que la concurrencia fuese escasa. Desde que las lenguas bífidas me habían despellejado, dudando de mi inocencia, me encontraba en paro ruinoso.
Con más tiempo que un vejete del asilo, me releía la prensa, parsimoniosamente, repasando detenidamente las ofertas de trabajo.
En esos días, tenía la querencia, vista la primera página, de saltar sobre los artículos de opinión, deportes y política, hasta los anuncios por secciones, en la esperanza de encontrar trabajo.
Nunca he sabido la causa de que junto a las ofertas laborales aparezcan las esquelas enlutadas. A veces, por cada RIP que adornaba el fatídico rectángulo, daba un hurra taimado, con la ilusión contenida de poder ocupar la oquedad que el difunto dejaba en las listas del paro.
Aquel día observé una mortuoria fuera de lo normal. Tenía ciertas peculiaridades. Era una reseña con perímetro de doble luto y sin la cruz, que tildaba el «Rogad en Caridad». Me llamó la atención su heterodoxia. No era un reclamo para pésames y repiques de finados. Allí se ofertaba un extraño puesto de trabajo, con un diseño muy especial.
En cada una de las esquinas del anuncio, aparecía un vaso crematorio, un cáliz que enmarcaba este mensaje: «Señora solitaria, sin problemas económicos, de usos esotéricos, necesita hombre joven, serio y sentimental. Sueldo a convenir. No se requiere experiencia. Dirigirse personalmente a esta dirección: Puente Romano s/n».
Me quedé atónito. Aquello me pareció, en principio, broma de mal gusto, contraseña de cita o reclamo para sádicos. Sospeché que alguna buscona ajada, en los estertores de sus vicios, buscaba poetas muertos para las llanuras de sus noches; o quizás alguna parapléjica pudiente para que empujasen su carroza cromada por los salones de sus manías.
No lo pensé tres veces. Desde la cafetería salté a la Plaza de España, tomé la calle de la Feria, torcí buscando el Altozano del Alcázar y bajé por el torreón de la Fuente Sorda hasta las cercanías del Puente Romano. Junto a los enterrados jardines de Colón, antes de pisar los tajamares del Puente Viejo, observé un edificio disonante con las naves industriales del entorno.
Unas acacias, que no cipreses, daban penumbra al atrio del caserón, al que se entraba por una verja de hierro fundido.
En el frontispicio de entrada y en arco de medio punto, una bóveda baida en la que se leía: TANATORIO.
Un mundo casi olvidado, el de los epitafios, me volvía a salir al encuentro.
Allí se apilaba el silencio, se mullían los ruidos, perdía la luz su esplendorosa penumbra y, sobre todo, lo que más me embargó fue la total ausencia de pájaros sobre aquella mansión, mientras que en las arboledas vecinas abundaban los trinos.
Una campanilla, de la que colgaba una cadena desgastada por el tiempo, fue el santo y seña con que, al tirar de ella, pude acceder al edificio.
Atravesé un pequeño jardín sembrado de hojas caídas, subí tres escalones y empujando con un suspiro, me adentré en las sombras de aquel mundo desconocido.
—¡Suba, suba, por favor! —fue la voz que oí procedente del piso superior.
Un pasamanos, suave como la cera, me condujo hasta una puerta, blanca hasta el cansancio, tildada con un nombre violáceo: ÁTROPOS.
Sin tener que violentar aquella quietud, penetré por un larguísimo pasillo, un túnel tapizado de terciopelo granate. Al fondo, muy al fondo, en el límite de las violetas, se vislumbraba una figura cetrina, de delgados contornos, nieblada de velos, vestida con túnica satinada en lutos, que exhalaba, incluso en la distancia, el embriagador perfume de los siglos.
Aquella figura, desde la profundidad del tránsito, me llamó por mi nombre.
—Pablo…, ¿por qué abandonaste la poesía? ¿Ya has olvidado los Juegos de Maya?
Tal fue mi pasmo, que decidí volver escaleras abajo. Pero antes de que pudiera sacudirme de la sorpresa, recibí la primera orden:
—¿Ves ese armario a tu izquierda? Abre el primer cajón. Toma la primera cartulina.
Tiré de la gaveta y saqué la primera ficha, a la que estaba grapada, con una laña oxidada, la foto amarillenta de un hombre.
 
NOMBRE Y APELLIDOS:
RAMÓN HERVÁS LÓPEZ.
ÓRBITA DE ESPERA:
20-12-30 a123-9-94.
DOMICILIO AZUL:
C/ Las Parras, 5.
PROFESIÓN:
Prestamista.
ECONOMÍA:
Excelente.
ÉTICA:
Negativa.
OMEGA:
Infarto.
 
—Este va a ser tu trabajo. Avisos a domicilio. Hasta hoy, en mis destinos anteriores, los hacía yo. Siempre me agradó visitar personalmente al cliente. En Andújar, la ciudad de los tarandos, será distinto. Serás tú quien notifiques la cita inevitable.
—¿Qué citas ni qué tarandos? —le pregunté, totalmente desconcertado, al tiempo que una angustia profunda reeditaba, en mi memoria reciente, aquellos días vividos en el Cáliz de Cristal que ahora, a los pocos meses, intentaba taparlos con olvido.
—No te preocupes. No son citas de encuentros para el secreto. Aquí se acabaron los masones y los poetas, las brujas y los sueños. Aquí fenece la mudanza de los falsos profetas. Cuando llega la hora de convocarlos, se despojan de ornatos y abandonan sus artimañas. Son obedientes. Algunos se resistirán, se cubrirán de oro, se disfrazarán con hábitos de monjes, te ofrecerán sus cetros, taparán sus corazones con medalleros, pero no temas. Acudirán a la hora exacta, a su última cita.
—¿Y cuántos avisos tendré que hacer?
—En esta ciudad tendrás dos o tres avisos al día. La jornada que se quede en blanco, cobrarás un mínimo garantizado. Si el aviso es en festivo, tendrás un plus. Me dejarás anotado tu número de teléfono. A veces, en la paz de la madrugada, me lamina el insomnio, repaso la lista y adelanto el encuentro para el amanecer.
La patrona, a la que me era imposible ver el rostro con claridad, se explicaba como la presidenta de un Consejo de Administración.
Me advirtió que allí no existía contrato laboral. Las condiciones estaban avaladas por su intachable ética y mi necesidad. Mi trabajo comenzaría inmediatamente. Cuando me despedí hasta la mañana del día siguiente, me rogó que cogiese un sobre de luto e introdujese las fichas del día.
—Llévate esa nota y dejas el aviso algo antes del desayuno.
 

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