Carta abierta al «pater» Dionisio

15-10-06.

Querido Dioni:

Intuía que algún día ibas a escribir sobre la religión. Que el Señor me perdone, pero te estaba esperando con la escopeta cargada.
En tu primera parrafada ya te pones en contra de este gobierno. Cuentas todo lo malo que le está pasando y nada bueno de lo que hace. Al final enfatizas un, ¡esto es vida!, entre la ironía y la desesperanza, presintiendo que los tuyos van a tardar algún tiempo en gobernar.

Después del abrazo para todos, de rigor ‑que espero no sea el de la boa constrictor, que primero te abraza y luego te engulle‑, nos pones los dientes largos con lo bien que te lo has pasado de charleta con tu amigo Antonio Villanueva, recordando tiempos, anécdotas pasadas de tus tiempos en la Safa y amigos comunes.
Inmediatamente pasas al ataque. Con cierta palabrería, más propia de un cura que de un hombre de negocios, contestas al artículo de Mariano Valcárcel sobre la enseñanza de la religión en las escuelas, asunto este polémico y que está en los medios un día sí y otro también. Primero niegas la mayor, asegurando que el estado no debe intervenir en las creencias y en el alma de las personas y luego, ese mismo estado tiene que hacer cumplir la ley. Imagino que será la ley del Concordato de la Santa Sede con el Estado español de 1953 y los posteriores acuerdos de 1979, ratificados el 4 de diciembre del mismo año. Y esta ley, como es divina, no se derogará nunca y persistirá por los siglos de los siglos, amén.
También recuerdas en varios de tus artículos algunos curas que fueron nuestros preceptores. Al Tamargo lo pusiste de vuelta y media y a otros los elevas a los altares. Desde aquí quiero romper una lanza en favor del hermano Julio Artillo, profesor de Literatura que nos descubrió a Sartre, Camus, Miguel Hernández, García Lorca, Neruda y algunos otros a los que se obviaban, porque escribieron cosas de comunistas y contrarias al régimen. La historia siempre la escriben los vencedores.
Aseveras de nuevo que los gobiernos no deben inmiscuirse en los sentimientos más íntimos de las personas. Pues no sé a partir de qué fecha, porque la historia nos ha demostrado lo contrario desde que el mundo es mundo. ¿Dónde estabas cuando lo del nacional catolicismo, de “finde”? Tampoco recuerdas lo de Franco bajo palio y lo de que tenía el poder de vetar nombramientos de obispos, como en los mejores tiempos de los Borgias.
El siguiente párrafo es de juzgado de guardia. Existen leyes penales que tipifican delitos contra los sentimientos religiosos. Las veces que nos recalcaron que los judíos habían crucificado al Señor, y nadie fue a la cárcel. Y ¿te acuerdas de la canción que cantábamos en las acampadas?: «Mahoma, Mahoma es un té muy rico / que se hace con hierbabuena / […] que no hay cristiano que se lo beba». Como para cantarla hoy día. Luego, unas fruslerías sobre el uso del móvil, la ley del tabaco, aparcar en doble línea, y otras leyes que se han sacado de la manga los socialistas.
De tu última intervención sobre las subvenciones a películas, obras de teatro, programas de TV que atacan lo más profundo de la fe religiosa católica ‑que erradicarías de un plumazo‑, dejo para otro día las subvenciones que estamos pagando todos los españolitos a esa Iglesia que a muchos de nosotros ni nos va ni nos viene.
Y como colofón, la amonestación a Valcárcel, haciendo hincapié en lo del sexto, mezclándolo con el cuarto y el quinto. No es digno de un “pater” que se precie. La penitencia de credos y avemarías la tendrías que hacer tú, que no te sabes ni los mandamientos. ¿No terminaban con aquello de que amarás a tu prójimo como a ti mismo?
Para despedirme, te tengo que dar un disgusto. Siento haber comprado ya mi parcelita en el cielo y no acudir a tu despacho para ver si me hacías precio de amiguete. La he permutado por otra que tenía en el limbo, pero como ya no existe… Ya me hubiera gustado que te hubieras llevado tú la comisión, pero esta vez no ha podido ser. La propiedad está al lado de un campo de golf y cuando nos veamos allá, echaremos unas partiditas. Mi handicap es de 12. ¿Y el tuyo…?
Un abrazo,
 
Antonio Pedrajas.

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