No todos los curas son trigo «olímpico»

03-10-06.
Ilustres amigos y estimados cafeteros:
Como suspiro de monja pasó el verano. Entre el canguelo de que me volasen los puntos del carné, mi inquietud por los incendios en Galicia, la inagotable riada de cayucos a Canarias, el envío de tropas “caritativas y humanitarias” al Líbano y el miedo a encontrarme el piso desvalijado a mi regreso, he pasado las vacaciones con preocupación y nerviosismo. Tres kilos he perdido. Pero gracias a Dios ya he vuelto a la paz del trabajo diario, a los viajes, a las exigencias inexplicables y a los madrugones. ¡Esto es vida!

Con especial interés leo vuestros comentarios en el Rincón del Café y muchas veces me quedo con ganas de participar en la tertulia, aunque sólo sea para enviaros un fuerte abrazo sentido y sincero. Hace unos días llamé a Antonio Villanueva, antiguo alumno de la Safa de Andújar y amigo de Paco Fernández y del padre Natera, que vive a unos quince kilómetros de Barcelona. Casualmente, venía a tramitar unos asuntos muy cerca de mi despacho y pasó a saludarme. Más de dos horas de charla y de recuerdos. Qué maravilla evocar los ideales de nuestra juventud. La tragedia del padre Natera, su vida y su final en un accidente de tráfico. Antonio marchó a Paraguay a ser un cura obrero. Pasó más de seis años trabajando en el campo con los más pobres, porque creyó ciegamente que tampoco él había venido a ser servido sino a servir. Quedamos en volver a vernos la próxima semana con fotos y papeles y, si no surge ninguna dificultad, juntos estaremos en Úbeda en la próxima Asamblea de Antiguos Alumnos.
He leído hoy con sumo interés el artículo de nuestro compañero Mariano Valcárcel, “A vueltas con lo mismo”.
Mi amigo Baltasar, que de cosas de campo sabe un montón, dijo al enterarse de que habían detenido a un franciscano y a un jesuita por colaborar con Eta: «No todos los curas son trigo “olímpico”». Estoy de acuerdo con él y seguramente Mariano lo estará conmigo en lo que viene a continuación.
Me parece bien que los gobiernos no intervengan en materia de creencias, de fe o de espiritualidad; que no manipulen conciencias y que no otorguen privilegios de forma arbitraria. Sí señor. Pero que cumplan la Ley. ¿O no? Pues bien, en nuestro Código Penal existen leyes que tipifican los delitos contra los sentimientos religiosos; son leyes que no se aplican. Según parece, es más importante perseguir a los que tienen la osadía de encender un cigarrillo en zona de no fumadores, o a los conductores que usan el móvil en el coche, o que aparcan en doble fila. Que caiga sobre ellos todo el peso de la ley y de la multa. Que la pasta siempre viene bien.
En cambio se celebran y se subvencionan películas que atacan con refinada mala fe la educación en los colegios religiosos, y las representaciones de obras de teatro blasfemas; se permiten los programas televisivos en que “se cocina” un Cristo; se ve con buenos ojos la exhibición en público de una muñeca Nancy crucificada; y se aplaude que dos representantes de un gobierno autonómico se burlen y se fotografíen con una corona de espinas. Se fomentan y se festejan los programas televisivos que ridiculizan a los católicos, calificándolos de meapilas, casposos, retrógrados, fascistas, reprimidos sexuales y otras lindezas semejantes. Decía, no hace mucho, Manuel Jiménez de Parga que en España hay un clima asfixiante contra lo religioso. Y añadía: «En Suiza, Francia y Alemania sería inconcebible que nadie se atreviese a hacer este tipo de manifestaciones».
No quiero decir que no se pueda ironizar o satirizar sobre la Jerarquía Eclesiástica o acerca de sus fieles. Eso puede tener alguna gracia; lo otro no. Si un día surgiera un Gobierno que castigara tanta falta de respeto, cesarían de inmediato las profanaciones, las blasfemias y las ofensas. Pero saben que eso no sucederá y por eso se jactan de sus irreverencias y presumen de ellas impunemente.
Nosotros estudiamos en un colegio de jesuitas y nuestra educación tuvo enormes lagunas; pero siempre se nos permitió exponer nuestros desacuerdos y nuestras dudas. Que yo sepa, a nadie se le sancionó por discrepar en materia religiosa o incluso política. No podemos aceptar la patraña de que la educación en los colegios religiosos era perversa y humillante; o que en ellos se denigraba y anulaba nuestra personalidad. Sencillamente porque es mentira.
La mayoría de nosotros pensamos hoy de forma distinta porque hemos evolucionado, hemos madurado y hemos optado libre y responsablemente por una determinada línea de comportamiento. Eso forma parte de nuestra libertad y de nuestra actitud ante la vida; porque la vida es libertad, responsabilidad y compromiso. Y, si esto es importante para todo el mundo, lo es mucho más para los que hemos elegido la formación de los demás como profesión.
«El hombre sólo puede hacerse hombre mediante la educación. El hombre no es más que lo que la educación hace de él». Immanuel Kant.
Todos sabemos que educar no es enseñar a leer, conjugar verbos y apañar cuatro palabrejas con adjetivos elegidos al azar; que luego salen en la tele los profesionales de la comunicación pronunciando “cónyugue”, “discursión” y diciendo que tal o cual político se encuentra en estado “tomatoso”; y los jóvenes tomando la calle por la taberna, la borrachera por los juegos del recreo y los jardines públicos por fumaderos, meaderos y cagaderos.
Amigo Mariano, no destierres la enseñanza religiosa ni de la escuela ni de ningún otro sitio. Te lo dice tu amigo que ha vivido siempre en la emigración, que es la más cruel forma de destierro. En la enseñanza cívica, de derechos y deberes, de convivencias y relaciones, de respetos, normas y sacrificios, de la que nos hablas, tienen cabida la cultura y la educación religiosa en la madurez, en la honradez y en la responsabilidad. Sin beaterías ni puritanismos intolerantes.
Una vez, tú me diste un tirón de orejas porque me metía con el padre Juan Tamargo al que yo recordaba en su etapa de hermano. Acepté la corrección y hasta me gustó que defendieras a una persona que había dedicado su vida a nuestra educación. Permíteme que sea yo hoy quien te invite a reflexionar. No hace daño a los niños conocer el Padrenuestro, el Ave María, el Credo o los Mandamientos de la Ley de Dios. Al menos para que no crean que el sexto mandamiento dice: “No fornicarás a tu padre ni a tu madre”.
Barcelona, 2 de octubre de 2006.

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