Empapados en la guerra

02-10-06.
Pero la muerte cae, cae
sobre los pueblos
como gota de rencores.

O. Cerruto
Sin risas, sin pendientes de ámbar y zafiro, el Amoroso se quedó solo. Ni tordos ni cigarras que le animasen. Berreonas y famélicas entraron las ovejas a desnudarle a mordisco limpio. En pocos días de pampanera, la viña se reducía a un osario vegetal como de arácnidos gigantescos ordenados a tresbolillo.
La escuela tenía el techo más bajo que cuando estudiaba en ella. El suelo parcheado de cemento seguía igual. Iguales los bancos de los niños pequeños, adosados a la pared con respaldo de cemento lustroso. D. Delfín, que ya era bajito, le pareció a Burguillos un poco más disminuido. En la mesa, la vara de negrillo. D. Delfín era un gran maestro, pero repartía más cera que su padre. Seguían los mismos textos, Enciclopedia Grande y Enciclopedia Pequeña. Le colocó junto a Néstor. Néstor Blanco y Miguel de Prado eran los más listos de la escuela. Burguillos les admiraba porque ardían las Matemáticas…

A la escuela también había llegado la política. Se señalaba a los hijos de los rojos. Pero a la hora de los recreos no había exclusiones, aunque se jugase a la guerra y hubiera rojos y nacionales, los bandos estaban mezclados. Para Burguillos fue un año en blanco. Ni un trabajo de Castellano, ni lectura interpretativa, ni siquiera cartas ni poesías de memoria. Los miércoles se cerraba la jornada cantando. Sabían muchas canciones, que crucificaban: «Montañas nevadas / banderas al viento…»; «Yo tenía un camarada», y muchas más. A él le gustaban mucho, por la música y por la letra.
Los sábados, más animados, seguían recitando la tabla de multiplicar y aquello de «la i vale uno, la v, cinco…». Y él se acordaba a rabiar del colegio de Murguía. Todos los días lecciones nuevas, cosas nuevas que, algunas, les sorprendían.
Su vida espiritual, en baja. Cuanto más iba con los compañeros, más revuelto se sentía íntimamente. Burguillos se daba cuenta de qué el espíritu colegial, del que tan a gusto se había impregnado, se le iba destiñendo. No decía palabrotas ni hacía las guarradas que de pequeño vio hacer en la escuela a unos grandullones, que parecía que les iba a dar algo… La educación del colegio, además de los estudios y las clases, se ocupaba de todo, hasta de los pensamientos. Si estudiabas bien y amabas a Jesús y a todo el mundo, vivías feliz y no tenías nada que temer. Si fallabas en algo, pues a vaciarlo en el confesonario del P. Campomar, que era viejo y sordo. Sólo que eso de amar a los rojos…
Ahora en su casa comía bien, no abría un libro, estaba con sus padres y hermanos cuanto quería… pero no estaba contento. Y no sabía por qué. Se sentía como inseguro o algo así. Siempre oyendo hablar de la guerra, que si los nuestros van muy lentos… que aún estaba la pelota en el tejado…
Se esperaba al cartero como al maná. Y casi siempre era el desespero de cada día. Y ya su madre: «Oye, hijo…»; y Burguillos cogía la burra y los perros, y a Berrueces:
—Señora Felipa, que dice mi madre que si ha escrito Román.
¡Nada! Otro día a Ceinos… Los silencios epistolares se correspondían con las ofensivas. Un día le mandaron a Belmonte. Nada más llegar dio una vuelta al castillo. ¡Si hubiera uno así en Moral! Volvió a casa con un encargo. El compañero de su hermano Manuel en el Alto de los Leones «había caído gloriosamente en acto de servicio». Le dieron una nota para que su padre le hiciera seis cirios, los mejores y bien gordos.
El negocio de la cera, siempre saneado, le desbordaba a su padre. Cada "caído" era un lucero en los cielos y un juego de luminarias, de cirios en la iglesia. Y cada combatiente muchas velas protectoras. Los sacristanes, que eran sus sucursales bien comisionadas, acudían por cera de muchos pueblos a la redonda.
De la guerra no sólo se beneficiaba el negocio familiar. Que los peligros serios y prolongados sangran y avivan la fe y la piedad popular. Don Nicolás consiguió que la vida del pueblo pivotase en torno a los actos del culto. Don Nicolás era el párroco del pueblo. Un sacerdote ejemplar, austero y muy piadoso. Su celo hacía raya con el fanatismo. Apoyado en la angustia general metió en tromba a ricos y pobres, rojos y azules, en el redil de la iglesia. Suscitó vocaciones de seminaristas y de monjas.
Aquella Cuaresma ‑el pueblo dolorido, ávido de consuelo y alivio sobrenaturales‑, don Nicolás montó unas misiones como las de antes de la guerra. Más exitosas porque nadie las cuestionó. Novedad y bálsamo. Que el pueblo se moría de aburrimiento y angustia esperando al cartero. No importaba que las predicasen aquellos curas y frailes de la libertad; libertad que no clamoreaban desde el púlpito. Los actos fuertes se celebraban de noche para que pudieran acudir los hombres del campo. La iglesia de bote en bote, sumida en la oscuridad y en silencio vivo, ferviente. Un padre de almas, fuerte, de buen ver y bien decir, salió de la sacristía enarbolando a dos manos un crucifijo. Ya en el púlpito enmantelado de puntillas y festones, una luz misteriosa iluminaba de abajo a arriba la silueta de la cruz y el rostro en sombras del Reverendo. Tenía algo de tétrico. Ralentizaba la respiración. Con voz grave, bien entonado y sin moverse cantaba:
Alma, Cristo te habla en mí.
Si no le oyes ¡ay de ti!
Los que están en el infierno
allá no quisieron ir.
Y en no más de una hora, en todos los tonos, lúgubres, sugerentes, patéticos, conminatorios, amedrentaba a hombres, mujeres, viejos y niños con el fuego eterno.
Al día siguiente, el escenario de los encajes y el público hecho una breva correspondió a otro misionero. Longilíneo, nervioso, impositivo y buena voz de contralto. Estuvo oportuno. Habló del odio y del perdón. Aplicó el esquema pastoral urgente y común a todos los pueblos de España.
Enfrentamiento, odio. Al remate, a la hora de las conclusiones prácticas, les mandó rezar el padre nuestro, sintiéndolo con vehemencia, y enlazando las manos con las personas más próximas, fueran quienes fueran. El predicador lo inició y todos al unísono «que estás en los cielos». ¡Qué hermoso, todos a una! «El pan nuestro de cada día…». A Burguillos se le saltaron las lágrimas de emoción. Sería algo contagioso o así. El predicador subió la voz en la petición de «perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores…».
—¡¡Mentira!! ¡¡Mentira!!
Se espesó el silencio. La gente se miraba. A Burguillos le pareció que todos se soltaban las manos. Como muy enérgico y emocionado el predicador añadió:
‑¡Mentís! No os habéis perdonado. Os odiáis. No imploréis perdón de Dios si antes no habéis perdonado de corazón. No recéis hasta entonces el padre nuestro, porque en él estáis firmando vuestra propia condenación…
A la salida del templo la gente elogió mucho el sermón… Y mucho se oyera «yo perdono pero no olvido». Hombre, por lo que a Burguillos hacía, él, odiar como odiar, no odiaba a nadie. Y bien lo demostraba siendo amigo de hijos de algunos rojos… y bien rojos. Pero como decía el tío Sinisio, siempre sentencioso: «Una cosa es perdonar y otra descargar el pistolón…». A Burguillos casi le parecía verdadero, con perdón del padre predicador. A ver si no… que estaban en el II Año Triunfal y de la guerra quedaba mucha tela por cortar. Y si cambiaba la tortilla, ve ahí que a su padre…
La gente quedó muy contenta. Se confesó y comulgó hasta el marido de la Tetas. Contaban que, al ir a tomar la comunión, le dio un hipo y apestaba la iglesia a orujo.

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