Por las rutas del sol, 1

 

22-06-04.

¡Penas al viento! Y con veinte de los míos nos echamos a las carreteras… Granada, Málaga, Almería… En mi afán de curtirles, proyecté unos días de bohemia. Además de practicar dureza espartana, probaríamos técnicas de supervivencia… Que muy apropiadas son para la propia seguridad en sí mismos. ¡Bendito Dios! Que hasta del vagamundeo bien llevado se puede tomar gozo y crecimiento.

 

 

No había más dinero que trescientas pesetas por boca. Y con ellas había que ir, estar y volver… Se gastó demasiado porque hicimos poco autoestop y mucho tren.

En El Jau, bíblico huerto el de Escolano. Y ¡qué cabritillo…! Qué leche y qué queso… A dos pasos, Granada… Granada en fiestas. Algunos hubieron mucha suerte y cenaron de hotel… Otros hubieron de conformarse hartándose de bollos y café con leche…

Teníamos nuestro código ético. Todo estaba reglado. Las binas, veinte pesetas para emergencias… Rotaban cada día, para que todos tratasen con todos. Sólo en necesidad acuciante —previa demanda cortés frustrada— se podían tomar cautelosamente los frutos de la próvida bandeja de Dios, la Naturaleza.
En Málaga, por mediación del padre Mendoza —pagantibus illis—, nos hospedaron en el colegio de El Palo. Y comimos un día, invitados, en el restaurante de Pedro. Pero la gente quería aventura. Y dejamos Málaga y al padre Mendoza, y palmo a palmo y coche a coche nos metimos en Almería. A Nerja yo llegué mesiánico. Montado en una borriquilla… Cosas de Márquez y el genial diablillo que lleva en la sangre. Las cuevas nos deslumbraron.
Yo, que ya andaba por la licenciatura en el arte del autoestop, al iniciar la jornada no lo tomaba nunca hasta no haber colocado o embutido a todos… Aun así, muchas veces, a través del recorrido, me sentía como un río padre recogiendo afluentes dispersos.
Un mal día, apurado, hube de forzar al conductor de un biscúter. Qué gozo sentí, sombrero en mano, al adelantar saludando a algunos náufragos que pateaban el asfalto.
Mucha gente buena nos echó Dios al camino… Con solo vernos estaban prestos a ejercitar las Obras de Misericordia. Que bien seguros estaban de dar de comer al hambriento, y limonada o cerveza al sediento y techo al vagabundo. En Torredelmar, las monjitas de Auxilio Social. Las encantadoras de Poveda, en Nerja… Que Dios se lo pague.
A Almería llegamos sudorosos, extenuados… Con pocas horas de diferencia y muchas anécdotas y penalidades que contar.
La madre de Márquez, espléndida en ternura y comida, nos devolvió vitalidad y euforia. Nos bañamos cerca de las Conchas. Y dormimos en un bajío entre cañizales. Solo el rasgar de las olas oíamos. A quien sí oímos esa noche esa noche en la plaza de toros fue al Dúo Dinámico… Por supuesto, gratis.
El nunca bien ponderado director del Grupo Escolar Sagrada Familia, padre de nuestro amado Homo Maximus —Paco Fernández—, nos arrastró a su escuela. Nos instaló y nos proveyó de cumplido bastimento.
Un día, en la playa, me encontré gozosamente con Mari-Alba. En El Sardinero nos habíamos conocido el verano anterior. Desemparejados ambos, entretuvimos algunas horas en las tardes y noches santanderinas. Animados estábamos recordándolo en la playa almeriense… Y Márquez —siempre Márquez— se nos acercó…: “Papá —me dijo—; que te espera mamá con los peques…”.
Cansados, grasientos y felices volvimos al colegio. Todavía nos sobró dinero para ver en el cine Palacio de Granada Espartaco. Y para el viaje de cada trotamundos a su casa. Nos despedimos con pena, pensando en las rutas del próximo verano… Y es que fueron veinte días inolvidables.
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