Safistas y sofistas

Dijeron que iba a llover y sobró la luz; la luz y el aire limpio, el aire y el abrazo fuerte, el abrazo y el beso entre hombres, hombres hermanos, curtidos en muchos otoños con memoria de esplendentes primaveras.
Amanecía temprano, amanecía con desasosiegos de encuentros por los Cerros de Úbeda. Andaban en silencio contenido los campos de deporte de la Safa y los mármoles del atrio que antesala la Escuela de Maestros tiritaban de recuerdos.
Dejé el coche junto al viejo calvario de la familia Castillo. Quería entrar por la verja de “Fernando hijo mío”, a pie, con mi hijo mayor y mi Carmela de siempre. Tenía que apostar fuerte, demostrar con hechos, que allí, bajo los relieves de la Iglesia de Cristo Rey, los que estábamos convocados al reencuentro, no lo hacíamos para una “quedada”, ni para unas “bodas de oro”, ni para “una asamblea de maestros”, que a lo que allí fuimos tuvo un mágico motivo: confirmarnos y afirmarnos como hermanos que fuimos y en fraternidad permanecemos.

Allí, nada más llegar, me dolieron los hombros y se me desatinaron los brazos. Allí, desde Luis Molina, casi patriarcal, hasta Rafael Sánchez Montoro, permanentemente joven, volvimos a reencontrarnos bajo la memoria santa y resquebrajada de Jesús Mendoza, los hermanos de ayer, hermanos casi de sangre, pues que no hace falta mandar al laboratorio nuestros ADN(s), para autentificar que en el “Libro de Familia” de la madre SAFA, familia numerosa por cierto, tenemos hoja y sello todos los que allí estuvimos el 29 de octubre y también los que no estuvieron, que ya saldremos al encuentro de ellos o ellos vendrán a nuestro abrazo.
Mi hijo Diego, incrédulo por años, en su estado de desarrollo y bienestar, sorprendido, me preguntaba cómo después de casi medio siglo, con los soles que han amanecido desde 1963 a 2005, nada más pisar el albero de aquel patio, las miradas se humedecían, los pies se aligeraban, aspeaban los brazos y las mejillas crujían a besos nuevos entre hombres de canas nobles, calvas amplias y frentes surcadas.
En su estupor, Diego, mi hijo, sólo pronunció una frase: “¡Vaya estafa la de Almodóvar!”. Y es que esa película de La mala educación, en su día, lo dejó tan marcado como a mí indiferente. Marcado a él por parecerle inasumible que tales pedagogías existieran e indiferente a mí, por haberlas asumido, que no padecido, sin ira ni rencor, antes al contrario, agradecido de por vida y, ello, sin darle cancha, ni mucho menos, al síndrome de Estocolmo.
Allí, en el Aula Magna, se adivinaba en los ojos de Berzosa el esfuerzo derrochado a la vez que flotaba la gratitud de todos para con el más inquieto de nuestros hermanos, al organizar algo inaudito en estos tiempos: ¡que la familia se junte y no para duelos, ni quebrantos; no para repartir herencias, sino para compartir las vivencias; para preguntarse por el presente, pidiendo permiso al futuro, mientras brindábamos por las penurias del pasado!
Llevaba años, creedme, compartiendo mesa y mantel con conocidos y allegados; llevaba años también sin arrodillarme ante un altar (excepto en ocasiones fúnebres o eventos matrimoniales); llevaba lustros sin sentir un brazo noble sobre mis espaldas; llevaba décadas sin que alguna mano limpia me pellizcara la mejilla; y ese último sábado de octubre, como si la sociedad hubiese abundado en una metamorfosis invertida, se alejaron de mi entorno todas las cucarachas, llegó el maremoto de la amistad fraterna y como el milagro de las bodas de Caná, hubo vino que refrescaba como el agua, misa que me supo a noche de jaculatorias pidiendo que no se cerrara el colegio, palmadas que trajeron a mis espaldas las guerrillas bufanderas con las que solucionábamos los cierzos de Sierra Mágina y, la caricia limpia de don Jesús, apretando mis mejillas para que me naciera una sonrisa en aquella aherrojada y plena adolescencia.
¡Y todo ello, con la certeza de la reciprocidad, con la grandeza de sentirse hermanado con aquellos que permanecen siendo hermanos en las encrucijadas de la vida!
El tiempo se ha detenido, no avanza, seguimos compartiendo afanes de futuro sin renunciar al pasado. ¡Y eso ennoblece, pule nuestras rutinas, abrillanta nuestros óxidos, esplendorea sobre los días grises, pone rimas a nuestras prosas, ventanales a nuestras cárceles, estrellas a nuestras noches y fuerza a nuestras flaquezas!
¡Qué borbolleo de gloria el toparse con la sonrisa limpia “del niño querubín de Ballesta Maqueda” o con la mirada añeja y sabia de Jesús Mendoza! ¡Qué gozo el contemplar la inocencia impoluta de la hija de Fernández Arévalo junto a la sosegada pose de Luis Batanaz! ¡Qué orgullo para los safistas que un alumno trabajador y ambicioso haya metamorfoseado su maleta de cartón por unas alforjas de oro, como son los odres pedagógicos de nuestro conferenciante de lujo!
Podemos afirmar que conformamos un caleidoscopio donde los distintos elementos no renuncian a la coherencia en variedad; donde cada cristal tiene su propio color y a la vez se adorna del cromatismo del entorno; donde cada piedra tiene facetas tan nobles como variopintas; donde hayas sido arenisca, yeso, piedra o roca granítica, la amalgama del carácter safista, al fin y a la postre, nos transforma en brillantes de facetas que si rozan no sajan ni se esquirlan, si se rompen no se astillan, si triunfan no avasallan y si argumentan sus valores en los estrados del mundo, lo hacen en los amaneceres de la humildad, desprovistos de los arreboles de la petulancia.
Y allí, junto a nosotros, nuestras mujeres amantes, nuestras musas amatorias, nuestras hadas amorosas, nuestras amadas compañeras, fieles a nuestras luces y cómplices de nuestras sombras, asumiendo los tiempos y testificando las témporas, conservando ese aroma especial, ese sello indeleble, esa rebeldía propia y de amplio espectro que llevamos los safistas, que no los sofistas. Ese marchamo de libertad, de altivez, de decir pan al pan y al vino vino, de plantarnos ante los toriles del mundo a portagayola y poner garapullos a los cómodos, de mordisquear a bocado limpio la esponja empapada en vinagres, de hacer versos de guerra en la paz y en la paz no renunciar nunca a las guerras.
Así nos nacen, nos viven y nos laten los pulsos con ese Rincón del Café, donde cada párrafo es una parcela a la autenticidad, cada línea un aldabonazo a la convivencia, cada palabra un yunque, jamás martillo pero tampoco estafa.
Safistas de los pies a la cabeza y de la frente al calcañar, lejos de los amanerados sofistas, lejos de los trápalas de la palabra, a leguas mil de los monipodios del chanchullo, a muchos soles de los satélites del entreguismo, a cara limpia, sin máscaras ni mascarones, tal y como nos parieron, lejos de las heráldicas pero cerca de la honradez y el trabajo, soñadores y ligeros de equipaje.
Estos son mis hermanos, esta es mi familia, la gran familia de la Safa de ayer, que espera con los brazos abiertos próximas reuniones familiares para ir conociendo las novedosas aventuras de quienes sin haber saboreado un “papajote”, ni saber lo que es tiritar en una “camarilla”, tienen, con la que está cayendo, la suerte de formarse en la SAFA.
Y hasta pronto, hermanos, en la certeza de que Dios guardará por muchos años a ese safista de oro que es José María Berzosa, príncipe y jefe de filas de esta tropa de niños maduros e indomables que dimos ruido y sonrisas a los callados patios de nuestra vieja casona, la casa grande de nuestros sueños, sueños posibles.
Os abraza este que lo es, hermano vuestro.
Pablo Utrera.
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Publicado en: 2005-11-19 (87 Lecturas).

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