Mucha gente

 

01-07-07.

Las calles estaban llenas de personas que deambulaban de un lado para otro. En Tetuán, todo el mundo camina deprisa ‑sobre todo al atardecer‑ y en especial por la medina y sus vías adjuntas, repletas de comercios y de viandantes que no compran, pero lo miran todo. Hablan de forma contundente. Se saludan con la mano en el pecho, se besan en las mejillas, se desean paz y suerte. Había mucha gente aquella tarde del día nueve de junio. Tetuán bullía con más mujeres de lo habitual. Los hombres, entre los veinte y cuarenta años, sentados en las teterías, en las callejuelas, en los rincones de los ensanches… Todos mirando a un punto fijo que no tardé en averiguar.

—Debe haber algún acontecimiento importante en Marruecos —sugerí a mi acompañante.
—Nada de eso. ¡Hay fútbol! El Barça y el Madrid se juegan la liga.
          Tienda de bobinas de sedas
multicolores en la medina.

 

Me pareció increíble. ¿Cómo un país podía paralizarse por un partido de fútbol de dos equipos extranjeros? Me costaba trabajo creerlo, pero no había duda. Los tetuaníes, igual que los nadoríes, trepidan con la liga de fútbol española como si de la suya se tratara. Los televisores en las calles y en las teterías eran los protagonistas de aquella tarde de primavera.

Me contaron unos amigos de la Universidad de Tetuán que, hace dos años, visitó la ciudad Florentino Pérez, presidente del Real Madrid por entonces, y fue un gran acontecimiento. Las calles se llenaron de banderas blancas y todo el mundo, chiquillería incluida, salió de fiesta a vitorear al magnate del fútbol español.
Volviendo al día en cuestión, he de decir que aproveché la situación para entremeterme en los ambientes populares. Me harté de hacer fotos, lo que era bien recibido por los apasionados hinchas. Incluso aplaudían y me preguntaban de qué equipo era; a lo que respondía según que el grupo fuera del Madrid o del Barça, fácilmente reconocible por algunas camisetas y emblemas que unos cuantos privilegiados lucían. Así, aquella tarde fui culé y merengue al mismo tiempo, cambiando de “chaqueta” según la situación lo requería.
Curiosamente, para evitar discusiones inútiles, los aficionados de uno o de otro equipo no se mezclan. Los unos y los otros tienen sus teterías y lugares fijos en los que no hay intrusos del equipo contrario. Cuando el Barça creaba situaciones de gol, los gritos de entusiasmo retumbaban en la fachada del Palacio Real. Pero si era el Madrid el que disparaba a puerta o introducía el balón en la red, los ecos sonaban en fachadas colindantes.
        Feria del libro en Tetuán con la
colaboración del Ateneo de Málaga.

 

Mientras observaba tan insólito ambiente, seguí paseando entre vistosas chilabas. La Casa de España nos esperaba para cenar. Buen vino marroquí y excelente pescado, mientras comentaba la experiencia vivida con mis compañeros del Ateneo de Málaga. Allí vimos el apasionante final de los dos partidos. Los camareros, sexagenarios, decían que ellos eran del equipo que mejor jugara. ¡Sabio criterio! Sobre todo en un lugar en el que es imprevisible la tendencia de los visitantes ocasionales como nosotros.

Al día siguiente, al amanecer, me levanté para ver el despertar de esta bulliciosa ciudad. Las calles vacías invitaban a respirar el aire fresco de la montaña, que parecía limpiar las pasiones vividas en la tarde anterior. Las mujeres bereberes, con sus típicos trajes, caminaban en dirección a una de las puertas de la medina. Los vagabundos se movían bajo las harapientas mantas que les servían de cama. Un nuevo día en el que la lentitud del tiempo histórico me devolvió a la realidad de esta mágica ciudad de manantiales, encuentro de culturas, ejemplo de respeto y tolerancia: “Blanca Paloma”, como la llamó el escritor granadino Ruiz de Alarcón.
De vuelta, en el helicóptero, al que ya he perdido el respeto, el viento de poniente parecía empujarnos suavemente, mientras atravesábamos el Estrecho y bordeábamos la luminosa Costa del Sol.
            Clausura de Interreg III A
en el Parlamento.

 

En Tetuán hay un ambiente entrañable que siempre invita a volver. Aunque sólo sea para pasear por las estrechas y coloristas calles de sastres y tiendas de bobinas de sedas multicolores, en la zona sur de la medina. O para escuchar la llamada a la oración del almuédano, al atardecer, seguida del rezo en las mezquitas. O para sentarse en una tetería de la avenida Mohamed V, viendo pasar el tiempo mientras saboreas un vaso de té verde. O para aceptar la invitación a la mesa de alguna casa, abierta a la hospitalidad de esa medina andalusí, Patrimonio de la Humanidad. O para disfrutar del tercer día de alguna boda en la que la ceremonia de al ammariyya provoca las más exóticas sensaciones…

Mi gratitud a Fatima Zorha, a Dounia Rouchdi, a Abdeslam Chachou, y muy especialmente a Abdeslam Damoun, porque siempre nos regalaron el precioso don de la amistad, ofreciéndonos lo mejor de su generosa y apacible ciudad.
Chucran de todo corazón.

 

 

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